Juventud (18)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 27 de enero de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Confirmación.

Al comenzar nuestra obra en esta sección afirmábamos que la juventud española contaba con elementos valiosísimos, de cuya labor entusiasta cabía esperar magníficos frutos. Decíamos entonces que la sabiduría, antaño reservada exclusivamente a los ancianos, anidaba ya en cerebros juveniles, a los que una paulatina pero incesante capacitación ponía en excelentes condiciones para la percepción de la verdad y la resolución de los arduos problemas que la vida plantea en nuestro derredor.

Diariamente asistimos a la confirmación de tales asertos. Ingenieros, abogados, arquitectos, médicos, artistas… jóvenes, demuestran que no es necesario peinar canas para contribuir en gran medida al progreso de ciencias y artes, y, con ello, al mejoramiento social. No se trata, pues, de una tendencia injusta, ni —menos aún— de una absurda preterición de los legítimos valores que entre los hombres maduros y viejos hay, y que respetamos, proclamamos y aplaudimos. Es. simplemente, la destrucción de algo tan inexplicable como la costumbre de discernir méritos por rigurosa antigüedad.

Hoy, unas palabras, suscritas por el ilustre catedrático de la Facultad de Medicina doctor Jiménez Díaz, y que se refieren a un médico muy joven, nos brindan tema para este artículo. La autoridad de que goza, con harto motivo, el docto profesor, nos libra de todo riesgo de ser juzgados como débiles al apasionamiento. Y la obra llevada a cabo por ese joven facultativo —obra fecunda y de frutos evidentes— legitima el fervor de nuestros elogios.

¿Quién hubiera admitido hace veinte años la posibilidad de que un hombre que rebasara un poco la treintena desempeñase un cargo de tan alta responsabilidad social como es la Dirección de un Dispensario Antituberculoso del Estado en la capital de la nación? ¿Quién creería que ese hombre alcanzara en plena juventud el prestigio suficiente para señalar nuevas normas sanitarias en materia de tan vital interés para la higiene pública?

Símbolo.

No ya por lo que este caso en sí vale —con ser muy digno de tenerse en cuenta— sino, principalmente, por lo que simboliza, queremos traerlo a estas columnas, para que sirva de estímulo y, al propio tiempo, sea plena demostración de cuanto venimos afirmando sobre la transformación experimentada por las nuevas generaciones. Hemos visto al joven doctor Carlos Díez Fernández (1) —que de él se trata— luchar denodadamente, día por día, con admirable constancia y gran fervor. Le hemos seguido en su brillante carrera, y podemos certificar su afán de aprender, su capacidad de asimilación y su vocación inquebrantable. Cuando alguien exponía dudas sobre su éxito, callábamos, íntimamente convencidos de que la realidad las desvanecería.

«El doctor Díez Fernández —escribe el profesor Jiménez Díaz— constituye un ejemplo para todos los que como él adquieren en plena juventud un puesto de importancia: procedente de una escuela brillante y moderna, trabajador perseverante e inteligente, ha sabido utilizar los medios a su alcance y responder a lo que su cargo le exigía».

Estas sobrias frases (escritas con motivo de la aparición del libro La tuberculosis pulmonar en el adulto y en el niño, donde el doctor Díez Fernández ha puesto su saber, su experiencia y su entusiasmo) reflejan y sintetizan nuestro objeto: los jóvenes de hoy están capacitados para ocupar los puestos de mayor responsabilidad.

Propósito.

Esta sección fue creada para servir de tribuna a las palpitaciones juveniles, honradamente recogidas por nosotros. Los diversos aspectos de la vida de los jóvenes, sus problemas, sus obstáculos y sus triunfos desfilarán por estas columnas, a ellos dedicadas.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

Recibimos una amable carta suscrita por don Víctor Llorente, en nombre de un numeroso grupo de alumnos libres de diversas Facultades de la Universidad de Valencia. Tras dedicar elogios (que agradecemos) a nuestra campaña, nos ruega insistamos en la petición de que desaparezcan las trabas impuestas, por decreto de 7 de noviembre último, al ingreso en las carreras universitarias. Las pruebas —dicen nuestros comunicantes— «no pueden demostrar fielmente la suficiencia de quien se examine, y, en cambio, además de haberse dictado —el decreto— ya empezado el curso, cuando habíamos adquirido los libros de texto, satisfecho los derechos por las prácticas y asistido a clase en concepto de oyentes», resultan patentemente injustas, ya que «no se nos excluye de ellas como a los alumnos oficiales y se nos causan considerables perjuicios, entre ellos el esfuerzo considerable de preparar simultáneamente, antes de Febrero, el ingreso y el preparatorio».

Trasladamos lo que antecede al señor ministro de Instrucción Pública y esperamos de su rectitud y de su comprensión que subsanará esta evidente injusticia.

CORRESPONDENCIA

F. R. M. (Valencia).— No hay necesidad de eso. Le basta hacer una instancia y presentarla en esa Universidad.

Mesalina (Barcelona).— Se publicó en un número anterior. Nos permitimos aconsejarle que cambie de seudónimo.

L. H. A.

[1] El doctor Carlos Díez Fernández moriría fusilado por los franquistas. Debemos a la amabilidad del profesor Marc Reynés, estudioso de la obra y figura de María Zambrano, la confirmación de que estuvo casado con Araceli, la hermana menor de la filósofa. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Domingo 14 agosto 2011.

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