Juventud (19)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de febrero de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Wu-Yu-Chen.

Nadie es capaz de predecir hasta dónde puede llegar un espíritu joven saturado de entusiasmo y acariciado por el noble anhelo de realizar una misión. Muchachos de aspecto tímido, insignificante, a quienes se supone desprovistos de personalidad, logran muchas veces lo que no consiguen sesudos varones de amplia suficiencia «oficial», cargados de honores y rodeados de un nimbo de superioridad.

El caso de Wu-Yu-Chen es buena demostración de cuanto antecede. En China ha sido durante siglos y es también ahora un pavoroso problema el de la población rural, abismada en la miseria y cegada por la ignorancia. Todos los esfuerzos para romper ese doble cerco resultaban estériles. En los medios rurales chinos, especialmente en ciertas comarcas de población densa, en las que domina el hambre, las enfermedades se desarrollan con tal vigor, que no parece sino que se hallan reunidas las circunstancias más favorables para su actividad.

El Gobierno, deseoso de acabar con tan lamentable situación, ha puesto en práctica un vasto plan o programa de reconstrucción rural, dedicando a ello buen número de oficinas, múltiples funcionarios y dinero por muchos millones de dólares. La labor se ha emprendido con gran ardimiento, y es de esperar que no se malogre, dado que no falta nada de lo preciso para alcanzar el fin deseado.

Los directores de la magna empresa adoptaron una determinación que desorientó a muchos de los que seguían con interés el desarrollo del plan de reforma. Enviaron a la estación experimental de Tchin-Ho a una mucha estudiante, tímida, modesta: la señorita Wu-Yu-Chen, perteneciente a una antigua familia de intelectuales, pero que no había adoptado ese aire de masculinidad que resta, en no pocas ocasiones, gracia y eficacia a la obra de las mujeres modernas.

Los profetas de fracasos.

Los derrotistas, los que pudiéramos llamar «profetas de fracasos» (sujetos que, incapaces de realizar nada noble y elevado, parecen desear siempre que se malogren las iniciativas ajenas), abundan en todos los países. Los hay en China como en España. No faltaron, pues, personas mezquinas, o simplemente pobres de espíritu, que pronosticaron el fracaso de la señorita Wu-Yu-Chen. Seguramente llegarían a oídos de ésta esos vaticinios. No se arredró por ellos la muchacha. Llegó a Tchin-Ho y comenzó a trabajar, sin pretensiones, modestamente, rodeada de esa discreta penumbra que favorece los grandes alumbramientos intelectuales.

El intento había de tropezar con obstáculos terribles. La ignorancia, el fanatismo, la superstición, los recelos, la rutina… todo concurría a dificultar la empresa. ¿Qué podía hacer —decían los agoreros— una muchachita estudiante entre las mujeres de las aldehuelas míseras perdidas en los campos? Necesariamente fracasaría; estarían contra ella muchos siglos de atraso, millares de prejuicios, desconfianzas y malicias.

El triunfo.

Pero… Wu-Yu-Chen ¡no fracasó! Laboró sin descanso, sorteando escollos, salvando distancias, venciendo —en magnífico alarde de constancia y delicadeza— la hostilidad más o menos encubierta de aquellas pobres mujeres, conquistando con caricias y abnegación el afecto de ellas y de sus hijos. Habituándose maravillosamente a la vida rural, la joven creó una escuela femenina, donde las aldeanas aprenden economía doméstica, labores y otras materias; clubs para niños, donde se ilustran y recrean; estaciones de sanidad y servicios de obstetricia… Por su entusiasmo, su constancia y su habilidad, ha logrado en muy poco tiempo más de cuanto podía esperarse en varios años.

Estudiando las necesidades de la comarca, ha suministrado a los organismos oficiales datos copiosísimos y normas de gran valor para la más eficaz continuación de la campaña. Por su iniciativa de ha construido allí un hospital, en el que los doctores de Yeng-Chin atienden a los dolientes del territorio.

Continuidad.

Wu-Yu-Chen, deseosa de seguir su labor, la deja temporalmente para ir a perfeccionar sus conocimientos en los Institutos sociales de Norteamérica. Y para poderlo hacer sin que su ausencia acarree perjuicios a su labor fructífera, ha instruido previamente a varias jóvenes, las cuales se cuidarán de que los progresos alcanzados no desaparezcan, sino que se amplíen sun interrupción.

Esa mujercita de apariencia insignificante, modosa, modesta, es un admirable símbolo viviente de lo que puede y debe hacer la juventud, fermento maravilloso que transforma, en servicio de la cultura, el ambiente en que se mueve.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 14 agosto 2011.

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