Juventud (22)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 17 de marzo de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Muchachas y muchachos.

Un humorista español —al que no se le puede regatear el calificativo de ingenioso— reflejó en una de sus novelas (Relato inmoral) la contenida apetencia sexual que se padece en este país, las trabas impuestas por la tradición y la mogigatería a las relaciones más naturales, y llevando hasta el límite el retrato de la incomprensión zaherida, pintó con vivos colores las funestas derivaciones de tan añejos prejuicios.

Nadie, sin cometer grave e imperdonable injusticia, podría insinuar siquiera que las muchachas españolas hagan vicioso empleo de sus encantos, ni suponerlas dotadas de menor sentido moral que las mujeres de otros países. Sería absurdo y ofensivo, porque en España, precisamente, predomina el tipo de la mujer honesta por inclinación y recatada por espontánea exigencia de su dignidad.

Pues bien: a pesar de esto, es frecuente atribuir a móviles no limpios las más claras y puras relaciones de camaradería, de amistad o de cooperación entre individuos de uno y otro sexo. La maledicencia se ceba en cualquier muchacha y por la menor cosa; el detalle más insignificante basta para desatar las menos lógicas suposiciones y para, con ello, poner en entredicho conductas rectas.

Ésta es la dolorosa realidad y no vale cerrar los ojos del entendimiento, sino abrirlos para dedicar al remedio de ese mal atención cuidadosa. En este aspecto, como en tantos otros, se ha seguido en España el criterio de que «lo que no se ve no existe», defecto acaso el más transcendente de cuantos desvirtúan cualquier intento educativo de la juventud. Lo que es, es aunque pretendamos desconocerlo y rehuyamos darnos por enterados de su existencia. ¿Para qué, pues, perseverar en una absurda negación que, sobre no convencer a nadie, dota a los más naturales fenómenos de la aureola peligrosamente seductora de lo prohibido, de lo pecaminoso?

Para que una moral responda a su finalidad normativa, es necesario que se base en necesidades de orden lógico, natural, apartándose lo más posible de arbitrariedades, preocupaciones artificialmente creadas y disimulos hipócritas. Ha de tener raíces hondas en la naturaleza humana y no ser, como viene siendo, un conjunto de prohibiciones intangibles y no pocas veces inexplicables. La moral no ha de ser negativa, aun cuando su misión sea luego la de imponer abstenciones, como réplica a los apetitos indignos o las inclinaciones bastardas (hijos, aquéllos y éstas, en la mayoría de los casos, de una educación falsa e inadecuada); ha de ser positiva, único modo de hacerla fecunda.

Resulta ya, no sólo ineficaz, sino ridículo, el afán de separar a hombres y mujeres en todos sitios. No por eso —afortunadamente— dejará de existir el recíproco influjo del sexo. Lo único que así se produce es una morbosa concentración de impulsos convertidos en apetitos desordenados, por insatisfechos, y de deseos que abocan en aberraciones, por forzosamente contenidos.

Coeducación.

Decimos todo esto porque observamos un recrudecimiento en las diatribas contra el sistema de coeducación. Prescindimos, al enjuiciarlas, de todo lo que no sea puramente objetivo y damos por bueno que quienes las formulan obran movidos de la mejor fe y con el más honrado de los propósitos. No ignoramos que sería fácil descubrir, en no pocos casos, otros móviles y propósitos menos dignos de aplauso; pero basta para nuestra labor tomar el problema tal como sus «creadores» nos lo presentan.

Y aquí viene el valor indudable de Relato inmoral. Suponed cuál sería la conducta de un hombre privado de la normal satisfacción de cualquier exigencia natural, si encuentra oportunidad o medio de resarcirse y, por añadidura, teme o sabe que, pasado aquel momento, volverá a ser víctima de la forzada abstinencia. Eso es lo que, sin duda, no quieren comprender los defensores de ese aislamiento entre personas de distinto sexo. Los enemigos de la coeducación parten de una base errónea; piensan que es el trato, la convivencia de hombres y mujeres, la que estimula los apetitos y los desordena, siendo así que lógicamente ha de ocurrir lo contrario. Las relaciones de cualquier índole, en la convivencia prolongada, se caracterizan por una serenidad, una pureza y una claridad que excluyen excesos, aberraciones y vicios.

Mediante el trato constante se llega al conocimiento exacto, a la comprensión y, en una palabra, al equilibrio; el impulso sexual, que en virtud de la absurda abstinencia llega a convertirse en obsesión monopolizadora de cerebros y esclavizadora de voluntades y conductas, se reduce a sus naturales límites. Y con ello se forja una moral verdadera, no ficticia, no impuesta por disimulos y convencionalismos, sino basada en algo permanente, justo y normal: en la naturaleza humana.

Ejemplos.

Los enemigos de la coeducación citan casos lamentables ocurridos en Institutos y Escuelas Normales. No vamos a intentar siquiera su comprobación; sospechamos que, al examinarlos, no habrán podido despojarse de su prejuicio y que, en consecuencia, han dado mayores proporciones a simples hechos aislados. Mas aunque así no fuere, los ejemplos que aducen son, precisamente, demostrativos de que produce gravísimos estragos esa absurda separación. Los «casos» se dan ahora, es decir, cuando se comienza un nuevo método, cuando los apetitos, largamente contenidos en todos sitios antes (y aún en muchos) se ven momentáneamente en libertad. Dentro de muy pocos años, cuando los niños de hoy lleguen a la juventud, libres de esas cortapisas antinaturales, las relaciones de camaradería entre muchachas y muchachos estarán limpias de esas máculas, porque serán normales y perfectamente sanas.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Lunes 15 agosto 2011.

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