Juventud (23)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 7 de abril de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Suicidios.

Deber —y gusto— del cronista es destacar, comentándola, una pequeña noticia de entre las muchas que, en pocas líneas, nos suministra la Prensa diaria, y que no suelen fijar la atención de quien lee los periódicos, porque, al parecer, esos sucesos carecen de importancia, y su repetición los hace vulgares. Cada invierno leemos varias veces que en tal o cual rincón de una urbe, o en este o aquel paraje, en un monte, al borde de un camino, un infeliz ha muerto de frío. Es la tragedia que, a fuerza de desarrollarse con reiteración, termina por convertirse, para los espectadores que no gustan de profundizar, en algo normal, corriente. Y, no obstante, es síntoma de un mal monstruoso que aqueja a la colectividad.

Pues bien: en el breve espacio de una semana han abandonado voluntariamente la vida varias personas menores de veinticinco años. La mayor parte de los desventurados suicidas han adoptado tal resolución por «estar cansados de vivir», según sus palabras de despedida. Las causas del «cansancio» no son muchas: contrariedades económicas, desengaños amorosos… Con todo el respeto que nos inspira el fin prematuro de semejantes nuestros, hemos de sustituir, en la apreciación, esas causas por una sola: cobardía, cobardía ante la vida, miedo al sufrimiento.

Difícil es desentrañar el misterio en que se incuban esas resoluciones definitivas; mas, evidentemente, sólo una falta —momentánea, por lo general— de temple y vigores morales conduce a ellas. Quienes tengan la convicción firmísima de que todo ser humano ha de realizar «su» misión, hallarán en ese convencimiento fuerzas suficientes para vencer la desesperación, el fantasma que, según el viejo decir francés, produce más estragos que todos sus motivos juntos, al ocultarnos la solución de nuestros conflictos.

La juventud debe gallardamente aceptar el reto de la desgracia. Y si muere, debe caer en la lucha tenaz contra la adversidad, como los soldados en el campo de batalla. El suicidio es una lamentable deserción, una lastimosa huida. En ocasiones, la desesperación es producto de algo insignificante; véase el caso de esa muchachita de diez y ocho años que intentó ausentarse del mundo de los vivos porque su novio no quiso o no pudo llevarla al cine.

Hay que despojar el suicidio de su aureola; considerarlo tal como es para el individuo y la sociedad. En épocas donde los sacrificios fructíferos son tantos, no es lícito el sacrificio estéril, que, por serlo, daña a todos los hombres y constituye un paradójico egoísmo del suicida.

Voluntad y fe.

Pesimismo y optimismo son perjudiciales, casi por igual. El pesimista acaba por renunciar a todo esfuerzo, porque lo cree inútil; el optimista obra análogamente, porque no lo cree necesario. Seamos «melioristas»; reconozcamos que la realidad es mala, y esforcémonos por mejorarla. Es éste el más noble empleo de la actividad humana. Las nuevas generaciones, forjadas en el taller, en la fábrica, en la Universidad, capacitadas por su afán de superación para caminar con paso firme y seguro hacia el porvenir, no pueden dignamente considerarse vencidas sin lucha. El hombre no es un simple espectador de la Naturaleza, ni un detalle accesorio de la colectividad. Forma parte de aquélla y tiene poder de modificarla en su beneficio, y es elemento básico de ésta, que se creó y se mantiene para mejorar las condiciones de la vida humana.

No uno sólo, sino varios lectores —amigos, por ende— nos han escrito cartas cuya lectura impresiona dolorosamente. «Vivimos —dice uno de nuestros comunicantes— en forma peor que hace mil años, y la vida actual está llena de privaciones». Bastará una simple ojeada a la Historia para sacarle de ese grave error. No la Historia «externa», la que nos cuenta batallas de los grandes Imperios y hazañas de los victoriosos caudillos; no la que se limita a presentarnos las pirámides ya construidas, los templos ya edificados —como por arte de encantamiento— con mármoles y oro. No. La Historia que nos habla de la triste vida de los esclavos, sudorosos y rendidos bajo el látigo de los servidores de Ramsés, de Nerón, de Calígula; las penalidades de los galeotes, víctimas del furor del cómitre; las desventuras de los siervos de la gleba, cuya vida dependía del capricho del señor… Porque las pirámides no se elevaron por magia, sino a costa de muchas vidas tiranizadas; los mármoles y el oro se arrancaron de la tierra por brazos doloridos de hombres famélicos y tristes; las galeras bogaban con gemidos de angustia en la entraña.

Lo que ocurre es que el progreso consiste en el aumento de las necesidades, y conforme el hombre se perfecciona, necesita, de manera imprescindible, cosas cuya posesión o disfrute no soñaron siquiera nuestros ascendientes. El nivel mínimo de vida se eleva sin cesar, afortunadamente; es una ley inexorable de mejoramiento. Si vivimos mejor que nuestros abuelos (merced a la labor de ellos), nuestro esfuerzo ha de lograr que vivan mejor que nosotros nuestros nietos.

Para conseguirlo hay que tener fe en un porvenir luminoso y voluntad para conquistarlo. La juventud contemporánea, consciente de su responsabilidad, plena de vigor, tiene ante sí amplios cauces para su entusiasmo. Soldados de paz, los jóvenes de hoy pueden y deben alcanzar victorias que, en lugar de hacer derramar lágrimas en hogares deshechos, lleven la alegría y el bienestar a una sociedad justa que marche constantemente hacia su propia superación.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

CORRESPONDENCIA

P. G. T. y F. (Zaragoza).— Nos informaremos, y oportunamente le daremos cuenta. Si es factible, gestionaremos el caso, en su obsequio.

Greta (Barcelona).— El refranero español tiene fórmulas para todos los gustos, y al lado de «Al que madruga, Dios le ayuda» está el «No por mucho madrugar amanece más temprano». Crea, señorita, que celebraríamos, en este caso, equivocarnos.

J. L. (Valencia).— Es como usted supone. Gracias.

R. M. (Madrid).— Con mucho gusto le complaceremos.

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Los directivos de la Sociedad cultural y recreativa Los Micos nos ruegan que solicitemos de nuestros lectores el envío de libros con destino a su biblioteca. Así lo hacemos, y esperamos de los amigos de CRÓNICA que contribuirán a aumentar el fondo de biblioteca de la citada entidad (domiciliada en San Dimas, 24), enviándole los volúmenes de que puedan desprenderse.

~ por rennichi59 en Martes 16 agosto 2011.

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