Juventud (24)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 14 de abril de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Nuevos valores.

Preocupación primordial nuestra debe ser la exaltación de los nuevos valores en la ciencia y en el arte, máxime si carecen de medios materiales que les permitan intentar, con probabilidades de éxito, la terrible lucha contra la indiferencia del público y la interesada hostilidad de los consagrados. Consecuentes con este criterio, hemos aludido en diversas ocasiones al desamparo en que se ven notables artistas españoles, y abogado por una eficaz ayuda oficial para cuantos por sus primeras obras ofrecen esperanzas de creaciones útiles en el porvenir. En estas columnas hemos estampado ya los nombres de algunos de esos artistas, merecedores del estímulo fervoroso y la ayuda decidida del Estado y de los particulares.

Es lamentable que las aspiraciones juveniles más legítimas, las esperanzas mejor fundadas, se derrumben —y no con el estrépito de un fracaso en lucha, sino calladamente, día por día, en triste proceso de desintegración—, rodeadas por la incomprensión o cercadas por la miseria. En capitales de provincia, en villas y aldeas, viven ignorados muchos hombres de mérito que ocultan sus ideas, temerosos de verlas pisoteadas o prostituidas por espíritus no capacitados para apreciarlas. Podríamos brindar al lector millares de ejemplos; en nuestras andanzas por los rincones de España hemos hallado muchas veces una dolorosa confirmación de cuanto antecede. Hoy queremos hablar de un caso que, por diversas circunstancias, nos ha impresionado vivamente. Trátase de un artista, de un verdadero artista, magnífica promesa y ya admirable realidad.

Juan Vicente.

Ha sido en esa villa maravillosamente pintoresca, llena de recuerdos y cara a Fernán González, conde de Castilla y héroe de nuestros más bellos poemas medievales, donde en una clara mañana de domingo hemos descubierto al artista. Ha sido en esa villa de Sepúlveda, de limpia y noble historia en los anales castellanos, donde callada, oscuramente, un muchacho (apenas tiene veinte años), tras de un rudo trabajo, prosaico y monótono, en las canteras; tras de labrar durante muchas horas losas y bordillos; tras de recorrer seis kilómetros de polvoriento camino, cotidianamente, ha tornado a su humilde estudio y ha proseguido otra labor, su obra, no la que todos hacen y para la que valen todos, sino la que ha nacido con él y seguirá viviendo cuando él muera, como símbolo de lo imperecedero del espíritu humano.

Juan Vicente (que así se llama este humilde obrero y gran artista), familiarizado con la piedra que arranca y labra para ganar su pan, trabaja de noche, febrilmente, con el entusiasmo del creador y la constancia del iluminado (1). En su estudio vemos cosas que llevan el sello inconfundible de la inspiración: tallas directas en piedra, tan admirables como el busto de Julián el Cojo, célebre dulzainero sepulvedano, tipo de recia personalidad, suma y compendio de la socarronería tradicional y de la solemne prestancia, que convierte en un sacerdocio el humilde oficio y hace de un rudimentario instrumento algo tan importante como la flauta del dios Pan. La escultura tiene dinamicidad, vida; la piedra es piedra para representar la altivez de Julián, su orgullo, su reciedumbre de carácter, y es suave y blanda para el detalle de su mirada, para el guiño de sus párpados y para el desgaire de su boina característica, tocado sin el cual no se concibe al Cojo.

Bocetos, ensayos y dibujos llenan el pequeño estudio y nos muestran, junto a las obras ya conseguidas (entre ellas un admirable relieve, retrato del doctor Tapia), las creaciones aún no plasmadas en el barro o la piedra, pero ya en balbuceo real de una fuerza imaginativa.

Un largo paseo por los alrededores de Sepúlveda, en compañía de Juan Vicente, ha dado ocasión para que el joven artista nos confíe sus esperanzas, nos refiera sus vicisitudes y nos permita confortarle en su fe juvenil. Hay todo un mundo de ideas y de sentimientos en aquel muchacho moreno, tostado de sol, curtido por el aire de la campiña segoviana. Aún suenan en nuestros oídos sus frases enérgicas, timbradas de tristeza y de ansiedad, con un deje de amargura y un eco de resolución. Lucha calladamente, en espera de palenque adecuado a sus muchos bríos; el aire puro que llena sus pulmones no basta para que su mente de artista respire.

Envío.

Nos permitimos informar del caso al señor ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, persona de gran cultura y de fina sensibilidad (2). La villa de Sepúlveda, patria de Barral, ha producido un nuevo y admirable escultor. Juan Vicente es un obrero y un artista; en consecuencia, posee lo que la Naturaleza da a sus elegidos, y carece de cuanto dan y quitan los hombres. Hay que ayudarle en bien del arte patrio. Que no pueda decirse que la República abandona a quienes por su capacidad artística son valores en marcha hacia el porvenir.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

[1] Del escultor sepulvedano Juan Vicente López conserva la familia de Luis Hernández Alfonso un hermoso busto de terracota que retrata —según tradición familiar— a una de las hermanas del periodista buñolense, Josefa, testimonio elocuente de la amistad entre el artista y el escritor. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

[2] Ocupaba este cargo en el quinto gobierno presidido por Lerroux desde el 3 de abril de 1935 el jurista ovetense independiente Ramón Prieto Bances (1889-1972), que permanecería en él poco más de un mes, al ser sustituido en dicha cartera por el liberal demócrata Joaquín Dualde Gómez (1875-1963) en el sexto gobierno Lerroux, que tomó posesión el 6 de mayo del mismo año. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Martes 16 agosto 2011.

2 comentarios to “Juventud (24)”

  1. Es muy actual en los planteamientos sobre la ciencia y el arte…

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  2. En efecto, Elena. Este artículo, escrito hace casi ochenta años, sigue siendo —me atrevería decir que por desgracia— muy actual, más aún en época como la nuestra de recortes no siempre obligados y sí casi siempre interesados.

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