Juventud (27)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 26 de mayo de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Lo intolerable.

Muchas son las causas que determinan la huelga forzosa de los intelectuales. No es éste el momento indicado para analizarlas, ni ése, por hoy, nuestro propósito. Es indudable que millares de licenciados, doctores, maestros y bachilleres se encuentran sin trabajo y, lógicamente, buscan empleos que les permitan ganar el sustento.

Los cargos del Estado, las vacantes de los centros oficiales, son la meta de los afanes de quienes en tan crítica situación se hallan. Y forman legión los jóvenes de uno y otro sexo que a costa de innumerables sacrificios, no pocos a largas distancias, acudiendo a centros particulares de enseñanza, pagando profesores y comprando libros, se preparan para actuar en las oposiciones convocadas.

Pasemos por alto el absurdo de que —como ya en otras ocasiones hicimos notar— se exijan conocimientos extraordinarios para desempeñar cargos tan humildes como los de escribientes, por ejemplo, y se convierta esa exigencia en recurso para eliminar a los centenares de aspirantes que han de quedar sin plaza.

No indiquemos siquiera la posibilidad de que las vacantes sean objeto de granjería por parte de quienes hayan de otorgarlas. Preferimos dar por indiscutible, a priori, la incorruptibilidad de jueces y funcionarios.

Aun eliminando todo esto, con los opositores se cometen verdaderas iniquidades, algunas de las cuales (como muy bien decía no ha mucho un diario madrileño) debieran figurar como delitos, con su respectiva sanción, en nuestro Código Penal. Y esto se hace en nombre del Estado, institución que en cualquier país civilizado debe rodearse del más alto prestigio y la máxima autoridad.

No contentos con abrumar a los candidatos con ejercicios numerosos y severos; no satisfechos con pedirles una sabiduría en evidente desproporción con las funciones que han de desempeñar después, y, sobre todo, con los sueldos que en el caso más favorable les serán asignados… los tribunales de oposiciones recurren a procedimientos indiscutiblemente ilícitos para, sorprendiendo la buena fe del examinando, hallar pretextos para suspenderle, aunque domine las materias cuyo conocimiento se pide.

¿Ortografía o adivinanzas?

Constituye una burla de la peor especie, una defraudación literaria, una falta grave de seriedad, el hecho de que se dicten en un ejercicio de ortografía frases como ésta: «De Barcelona, los baúles, y deshebilla las maletas». Ni la frase en cuestión tiene sentido común ni puede nadie defender su valor sintáctico. Y lo que es más grave, si con ello se pretende conseguir que los opositores escriban: «…y de Sevilla las maletas», sólo mediante la más censurable arbitrariedad puede esto considerarse falta de ortografía, máxime si se tiene en cuenta que con la peor intención el que dicta el párrafo comete la falta prosódica de no distinguir, al pronunciarlos, los sonidos be y ve.

La célebre frase «Avía cena para cuatro», preferida de cierto tribunal, dio lugar a anomalías semejantes. ¿Es que el opositor tiene obligación de resolver adivinanzas? Si no se pronuncia debidamente Avía, ¿puede considerarse falta escribir «había»? Otra cosa fuera poner «abía» o «havía», palabras con las que el examinando demostraría su ignorancia.

Es lamentable que esto ocurra, entre otras cosas, porque no se puede evitar que alguien crea que los opositores que «descifran la charada»… conocían de antemano la solución.

Dilema.

O tienen razón los maledicentes y el Estado no puede amparar tales amaños, o se premia con destinos públicos la habilidad en solucionar acertijos. Ambas cosas son inaceptables. Jugar de ese modo con los intereses de honrados ciudadanos es cosa que en nuestra opinión va contra el decoro del Estado español.

Es necesario que esa pública vergüenza no continúe. Bastante triste es ya el hecho de que haya millares de aspirantes que —por falta de vacantes— hayan de quedar sin empleo, perdiendo así energías, esfuerzo, tiempo y dinero. Y puesto que por fuerza ha de ser así, que no se añada a la desgracia la burla arbitraria, ni se otorguen destinos por favoritismo, por habilidades ajenas al estudio o… por cualquier circunstancia indigna del respeto y la seriedad que deben presidir las resoluciones estatales.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO 

~ por rennichi59 en Viernes 19 agosto 2011.

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