Juventud (28)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de junio de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Gesto.

Si pudiera aún dudar alguien del progreso extraordinario realizado en la capacitación de la juventud en los últimos años, la hazaña viril de ese muchacho, Pombo, bastaría para confirmar nuestro aserto: los jóvenes de ahora, sin perder la jovialidad y el gusto por las diversiones, estudian con ahínco, se incorporan al movimiento científico, y hay que contar con ellos cuando se pretende juzgar el desenvolvimiento social contemporáneo.

A los ventiún años no se piensa sólo en bailar, en flirtear en los salones de té; se acometen empresas de responsabilidad y peligro. El vuelo de Juan Ignacio Pombo no es un alarde deportivo.

Nos hallamos ante un plan científico, no ante una de esas aventuras en las que sólo interviene el valor ciego, la temeridad —estéril con frecuencia— o el afán de gloria, que arrastra no pocas veces a proezas suicidas. No es, simplemente, una hombrada, una de esas hombradas que dan fama… a cambio de dolor y de sangre, sin que la Humanidad avance un paso en el camino de la perfección.

No; esta proeza es la contribución consciente y abnegada que presta a la cultura un muchacho a quien su sangre (sangre de valientes, sí; pero de inteligentes también) le sirve para mover un conjunto coordinado de capacidades en un sentido de utilidad social.

Plantel.

Tenemos, por fortuna, un plantel de realidades jóvenes, promesa inestimable de madurez magnífica. En todas las ramas del saber, en el arte y en la ciencia, una legión de muchachos trabaja con noble entusiasmo. Deber de la sociedad es animarles en su tarea y rodear de estímulos y ayudas su admirable esfuerzo.

Hombres representativos, verdaderos símbolos de esta generación tan valiosa, tan lejana de ociosidades y desmayos, son Juan Vicente, el notabilísimo escultor sepulvedano (de cuya extraordinaria aptitud tratamos ya en estas mismas columnas), y Juan Ignacio Pombo, el arriesgado aviador que en una avioneta de turismo, callada y modestamente, emprende un largo viaje con la sonriente confianza del que sale a pasear por un parque sin peligros.

Juan Vicente, a los veinte años, trabaja, animado por irresistible y victoriosa vocación, ante la cual el barro se pliega y la piedra se rinde, obedientes a la inspiración del artista. Su fantasía triunfa, allana obstáculos y busca dificultades para gozar del placer que le proporciona vencerlas. Juan Vicente es la potencia creadora, condensada en un cerebro joven.

Juan Ignacio Pombo, a los veintiuno, representa el valor sereno hermanado con la reflexión y el estudio. Es la capacidad, la aptitud asimiladora, la inteligencia puesta al servicio del progreso, de la cultura.

Mientras hombres maduros, que podrían y deberían aportar su grano de arena a la obra común, malgastan su energía en proezas inútiles —cuando no perjudiciales, nocivas—, estos chicos (como los hubieran llamado no hace mucho tiempo) escriben con sus actos la edificante (en todos sentidos, como ejemplar y como constructiva) historia de la nueva generación.

Porvenir.

No podemos ser pesimistas. Los hechos de los nuevos valores van aureolados por la reflexión, por la preparación minuciosa. No es ya época de rasgos «admirablemente infecundos». No necesitamos los García de Paredes (muy útiles en su siglo) que arranquen piedras de sillería para arrojarlas a la cabeza de sus adversarios. No precisamos Sueros de Quiñones ni Vargas Machuca. Han pasado los tiempos en los cuales aquellos alardes de fuerza monstruosa, de desprecio del peligro, tenían un valor moral importantísimo.

Hoy son más útiles las empresas que tienden a mejorar la vida de los hombres, a ahorrarles dolor y esfuerzo. ¿Para qué habría Pombo de jugarse la vida a ciegas, como si se tratase de ganar una de esas estúpidas apuestas entre flamencos de colmado? No; Pombo ha estudiado el camino mejor, y no ha regateado su valor y su esfuerzo.

Su triunfo no es tan sólo un éxito personal. Es el triunfo del progreso, de la cultura, de la civilización.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 20 agosto 2011.

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