Juventud (31)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 28 de julio de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Hay hechos que impresionan dolorosamente a cuantos, conscientes de lo que la vida social debe ser y significar, los contemplan y ven en ellos el más rotundo mentís contra las teorías que pretenden justificar las normas que rigen la convivencia humana. Y uno de esos hechos, brutalmente aleccionador, es el que denunciada hace unos días en las columnas de «La Libertad» el inteligente periodista y maestro don José Guzmán: en un Grupo escolar madrileño, una niña de ocho años cayó desvanecida en la clase. El médico del Grupo, al reconocer detenidamente a la critatura, comprobó que el desvanecimiento era producido por hambre.

Averiguaciones posteriormente realizadas dieron a conocer que la niña llevaba dos días sin comer. Pertenecía a una familia numerosa, cuyo jefe carecía de trabajo desde mucho tiempo atrás.

Esta noticia, que escuetamente expresada sólo ocupa muy pocas líneas en la sección de sucesos de cualquier diario, merece, por diversas causas, ser analizada detenidamente,  porque hay mucho que deducir de ella; mucho y de positiva importancia.

La enseñanza, obligatoria.

Reiteradamente, en diversos lugares, hemos señalado lo absurdo que resulta imponer la enseñanza obligatoria cuando ni siquiera se ha conseguido hacerla posible. Este caso nos revela que, contra lo que suele afirmarse, el pueblo siente muy hondamente el afán de instruirse: el padre de esa pobre criatura ha enviado a su hijita (bien aseada, vestida con su delantalito blanco) al colegio. Ha preferido no comer a poner a la niña en la calle a pedir limosna. Ha hecho, pues, cuanto puede exigírsele.

¿Pero para qué sirve ese cuidado si la muchachita no puede tenerse en pie, víctima de la inanición? La enseñanza es, según la ley, obligatoria. La enseñanza es, según otra ley, la de la necesidad, imposible.

El derecho y el hecho.

Si es cierto que la Constitución vigente, en su artículo 48, párrafo segundo, establece que «la enseñanza primaria será gratuita y obligatoria», no lo es menos que en el artículo 43 se lee: «Los padres están obligados a alimentar, asistir, educar e instruir a sus hijos. El Estado velará por el cumplimiento de estos deberes, y se obliga subsidiariamente a su ejecución». Y más adelante, en el mismo artículo: «El Estado prestará protección a la infancia, haciendo suya la Declaración de Ginebra o tabla de los derechos del niño».

¿Cumple el Estado estos preceptos constitucionales, que no son, en realidad, sino la expresión jurídica de obligaciones elementales para la colectividad? No; no los cumple.

El caso que nos ocupa lo demuestra; ese obrero sin trabajo está obligado a mantener a sus hijos, a educarlos y a instruirlos. Si carece de medios, no hay quien cumpla por él esa obligación. Recordemos, para que no haya duda, el suceso que no hace mucho tiempo fue comentadísimo en Madrid: una madre, sin recursos, hubo de abandonar a su hijito en la calle para conseguir que fuera internado en un asilo. ¡Y fue perseguida judicialmente, no obstante acreditar que antes de adoptar aquella resolución había intentado que algún organismo oficial se hiciese cargo de la criatura!

Labor juvenil.

No nos invade el pesimismo, aunque sean posibles hechos como los indicados, ni aunque, mientras eso ocurre, se disminuyan las cantidades consignadas para Cantinas escolares, privando así de alimento a millares de niños que en sus hogares no pueden comer.

A las jóvenes generaciones les corresponderá la satisfacción de hacer imposible que los niños carezcan de pan y de escuelas. Maestros, médicos, abogados, ingenieros, que ahora empiezan a laborar, tienen, sobre el yunque de su tenacidad y bajo el martillo de su saber, el hierro ardiente de un porvenir fecundo.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Lunes 22 agosto 2011.

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