Juventud (32)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 4 de agosto de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Diez jóvenes.

Cuando estas líneas sean publicadas, diez muchachos de veintitrés años, estudiantes de la Universidad de Oxford, habrán emprendido ya una de las más arriesgadas y meritorias aventuras. Y no es busca de tesoros que se traduzcan en comodidades materiales para su vida futura ni en necio alarde de temeridad para establecer records deportivos que den satisfacción a vanidad pueril.

Esos diez jóvenes emprenden un largo viaje (durará, según los cálculos hechos, catorce meses, aunque bien pudiera durar una eternidad) a las regiones árticas, siguiendo las gloriosas huellas de los Franklin, los Davy, los Ross, los Peary, los Nansen, los Amundsen… Alcanzarán el Spitzberg, recorrerán la Tierra del Noroeste, acamparán en los hielos, escalarán icebergs, estudiarán el Fiordo de Lost, levantarán planos…

No van sólo provistos de juventud y de entusiasmo: llevan aparatos científicos y saben usarlos. Su empresa está preparada hasta en los menores detalles, y cada miembro de la expedición se ha ocupado de lo concerniente a su especialidad. Van un físico, un médico, un ornitólogo, un glaciólogo, un radiotelegrafista, varios exploradores, etc. De este modo, el trabajo se distribuirá eficazmente y se lograrán mayores frutos.

Programa.

En dos partes puede considerarse dividido el programa de los expedicionarios: una, de especulación científica (observaciones atmosféricas, meteorológicas, electromagnéticas, biológicas, geológicas, geográficas, astronómicas, planimétricas…); otra, romántica, sentimental: la busca en los hielos de los restos de la infortunada expedición Schroeder-Stranz, desaparecida hace veintitrés años en aquellas regiones y de cuyos miembros no ha vuelto a tenerse noticia ninguna.

Difíciles son los trabajos que han de efectuarse; innumerables los peligros; rigurosas las penalidades, inevitables en marchas de esta índole. Los bravos estudiantes ingleses lo saben, y van hacia esos obstáculos con la serenidad de quienes sienten la responsabilidad de la misión que se les confía.

Capacidad y esfuerzo.

No conocemos las circunstancias personales de los expedicionarios, salvo lo indicado anteriormente; pero no es aventurado suponer que, a fuer de jóvenes y de estudiantes, amarán los deportes y la diversión. Jugarán al tenis, nadarán, y, probablemente, habrán usado el smoking para entretenerse bailando. Lo que no les ha impedido capacitarse para altas empresas científicas, ni decidirse a emprender aventuras tan arriesgadas como la que ahora comienzan.

La gloriosa lista de hombres heroicos —en la que eran excepción, por su juventud, los Cagni y los Evans— se ve aumentada con estos muchachos de Oxford, que renuncian contentos a los placeres y las comodidades para, acaso, morir como los Scott y los Shackleton, o tal vez volver victoriosos, como los Charcot, los Peary, los Nordenskjold… a costa de sufrimientos inverosímiles.

Cierto es que en esas expediciones polares hubo también jóvenes que tuvieron a su cargo funciones de responsabilidad. Fueron colaboradores, subalternos, auxiliares de hombres maduros o viejos, cargados de experiencia, y que sólo pedían de sus jóvenes compañeros lealtad y resistencia física. Ahora dirige la expedición un muchacho; otro es su segundo, y muchachos son también los técnicos que han de realizar la importante labor científica planeada.

Beligerancia.

Prueba de la mayor capacitación de la juventud es ésta. Y lo es también el hecho indiscutible de que se concede a los jóvenes una beligerancia que nunca hasta ahora tuvieron. Los estudiantes de Oxford que emprenden este arriesgado viaje han encontrado apoyo material y moral del Estado Inglés y de los particulares. Incluso utilizarán un barco —La Polar— que ha puesto a su disposición el Gobierno de Noruega. Entidades oficiales y privadas les han proporcionado aparatos, utensilios y víveres por valor de miles de libras esterlinas. Y en los medios intelectuales se esperan con impaciencia los resultados de la expedición estudiantil. La Prensa británica y la de otros países han dedicado mucho espacio a informarnos de los pormenores de la iniciativa.

Hace años, ésta hubiera suscitado comentarios irónicos y augurios de pesimismo desdeñoso. No se concebía entonces —acaso con alguna justificación— que unos estudiantes jóvenes fueran capaces de algo más que aprobar asignaturas, jugar al billar y cantar sus más o menos leales amores a las muchachitas incautas y sentimentales.

Hoy, por fortuna, la juventud, sin perder su más preciada cualidad, la alegría, se atreve a empresas de altos vuelos. Y las realiza con el entusiasmo que antes malgastara en actividades no siempre plausibles y pocas veces útiles a la sociedad.

Por medio de nuestra humilde pluma, CRÓNICA saluda con entusiasmo a los estudiantes de Oxford y hace votos por su éxito, para bien de la Humanidad y gloria de la juventud contemporánea.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Viernes 26 agosto 2011.

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