Juventud (34)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 8 de septiembre de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Paradoja.

Los jóvenes, dolorosamente sorprendidos por el fracaso de los ideales más sinceramente profesados, vacilan y sienten el latigazo de la desilusión. Ven temblar el edificio de la cultura, que amenaza ruina, que parece próximo a desmoronarse con estrépito. ¿Para esto han vivido los sabios? ¿Para esto se han escrito millares de volúmenes? ¿Para esto, en fin, se han afanado las generaciones en Universidades, laboratorios y talleres?

La obra de pensadores inmortales, la admirable labor de químicos, ingenieros, médicos y juristas, ¿no se efectuaba para hacer más feliz la vida de los hombres? ¿No perseguía el noble fin de dominar la Naturaleza, de arrancarle sus secretos y convertirlos en instrumentos del bienestar, individual y colectivo, eliminando sufrimientos, disminuyendo fatigas, apartando, en suma, del camino de la vida los obstáculos capaces de anularla o envilecerla?

La inmensa colmena de la sabiduría era, para los jóvenes de hoy, un templo sin deidades crueles; un templo sin tinieblas, sin anatemas, sin odios, lágrimas ni rencores. Cada cual aportaba su esfuerzo, desinteresado en cada individuo, para enriquecer el acervo común con nuevas conquistas. Guerra, sí; pero guerra contra el dolor, contra la ignorancia, contra la miseria, contra los males que durante milenios enturbiaran el horizonte.

De retortas y matraces salían substancias que mataban gérmenes patógenos. De las máquinas salían objetos que ahorraban sudor y penalidades. De aulas y seminarios surgían ideas, leyes y procedimientos que contribuían a hacer el vivir más sencillo, más grato…

Y he aquí que de esas retortas salen líquidos que corroen miembros humanos, gases que producen la ceguera, virus que destruyen organismos; que las máquinas producen armas homicidas; que en aulas y seminarios se elaboran teorías que rezuman injusticia y destilan odio.

Las grandes victorias del genio, los magníficos triunfos de la perseverancia, las legítimas glorias de la sabiduría, lejos de facilitar y dar alegría a los hombres, sirven para destruirla o entenebrecerla. El benemérito esfuerzo de tantos cerebros y tantos brazos —estimulados y movidos por un sentimiento de solidaridad y un deseo de superación sublime— se convierte en verdugo de quienes esperaban de él la felicidad.

Si los hombres de laboratorio han contribuido, contra su voluntad, a envenenar el mundo, tampoco han logrado sus puros propósitos filósofos ni apóstoles: Zoroastro, Sakia Muni, Cristo, Aristóteles, Séneca, Confucio…, ¿dónde está el fruto de sus doctrinas? ¿Va a ser inútil su talento, estéril su sacrificio?

Fecundidad.

Los jóvenes meditan, confusos aún por el rudo contraste entre las convicciones grandes y las realidades mezquinas. En algunos —pocos, por fortuna— a la fe ciega sustituye la desconfianza sistemática, el escepticismo amargo… Si todas las conquistas humanas se vuelven contra el hombre mismo, ¿para qué entregarse a una labor infecunda o nefasta? Si no son más que palabras el progreso, la fraternidad, el amor al prójimo, ¿de qué servirá sacrificar deseos, contrariar instintos, disciplinar la voluntad, renunciando a los egoísmos propios para satisfacer los ajenos?

Mas la juventud reflexiona, y si antes su fe era ciega, ahora no lo es; se recobra, mira el camino andado, estudia el que sigue, y sabe que ningún esfuerzo es estéril, que toda la siembra fructifica, que todo sacrificio es fecundo.

No es posible que la obra de la abnegación se convierta en instrumento de las bajas pasiones. Cada día crece en los jóvenes el anhelo de la paz, de la felicidad, de la alegría; el anhelo de una vida mejor, sin angustia, sin llanto, sin horrores.

Labor.

Los jóvenes no olvidarán —si lo olvidaran se negarían a sí mismos— que todos los hombres caben sobre el planeta; que todos tienen derecho a vivir; que para que vivan cada vez mejor, filósofos, médicos, artistas, ingenieros, químicos, maestros, juristas…, han laborado sin descanso desde que la razón alboreó en el mundo. No olvidarán, no, que retortas, matraces, máquinas y aulas se han hecho para salvar y proteger vidas, no para atormentarlas o destruirlas.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 27 agosto 2011.

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