Juventud (36)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de noviembre de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Restricciones.

Nos parece bien que los Gobiernos eliminen del Presupuesto del país cuantas partidas no tengan a su favor una utilidad, esto es, una eficacia, como servicio público indispensable o conveniente. Mas hubiéramos creído un error funesto la supresión de gastos que, como los originados por el funcionamiento de los Institutos de nueva creación, nos parecen de indiscutible necesidad.

Afortunadamente, el nuevo ministro de Instrucción Pública (1) no es partidario de la supresión proyectada por su antecesor. «No quiere —ha dicho la Prensa diaria— suprimir ni uno solo de los Centros de enseñanza existentes». Y a fuer de leales y sinceros, aplaudimos sin reservas esta decidida actitud del ministro.

Muchas veces hemos oído, como argumento para justificar la desaparición de un Instituto, estas palabras: «No es remunerador. Cuesta más de lo que produce». No acertamos a comprender cómo puede aplicarse a un Centro pedagógico oficial este criterio, muy lógico cuando se habla de un establecimiento mercantil, ya que el propietario de éste lo instala con un afán de lucro o ganancia.

Lo remunerador.

En Instrucción Pública todo gasto que sirve para aumentar el grado de cultura del país. Son remuneradores si cumplen ese objetivo, aun cuando el balance de sus gastos y sus ingresos arroje déficit. Las bibliotecas públicas no tienen ingresos; sin embargo, ¿quién se atrevería a afirmar que no son verdaderamente remuneradoras?

De todos los servicios públicos, sin excepción, el de más importancia para los pueblos es el de la enseñanza. Ningún país encontrará nunca «su verdadero camino» (ese camino al que tirios y troyanos aluden en sus discursos y sus manifiestos) mientras no se capacite a sus ciudadanos para que lo busquen.

El ideal, en este aspecto, es llegar a la gratuidad de la enseñanza en todos sus grados, para que la cultura deje de ser un privilegio de unos cuantos y se convierta en un efectivo servicio público. Entonces será cuando la hermosa frase del gran Ramón y Cajal («En España muchos ríos de inteligencia se pierden en el mar de la ignorancia») dejará de tener una dolorosa vigencia.

Lejos de suprimir Centros de enseñanza, es necesario crear nuevos, a medida que lo permita el estado del Erario, sí; pero no subordinando la satisfacción de esta perentoria necesidad a la de otras atenciones de mucha menor utilidad pública.

Un error.

Permítasenos, a este respecto, lamentar que las restricciones hayan alcanzado tan rotundamente a las llamadas Misiones Pedagógicas. No es oportuno aquí examinar si toda su labor era útil. Personalmente, opinamos que sí. Mas aunque así no fuere, creemos que la mayor parte, cuando menos, de su actividad era no ya útil, sino imprescindible. Hay que llevar «aire de fuera» a las aldeas olvidadas, abandonadas a la calma venenosa y nostálgica de los medios rurales. Esa pretendida quietud de la que salen violentamente los pueblos mediante sucesos tan lamentables como el asesinato de la molinera de Pinarejo o el del niño de Llanos de las Brujas, hechos que llevan el marchamo de la barbarie (2).

Es imprescindible ayudar a los beneméritos maestros españoles (paladines infatigables de esa cruzada contra la incultura) mediante visitas, que obliguen suavemente, con la agradable coacción de la curiosidad, a los campesinos, a los aldeanos, a encontrar dentro de sí mismos el ansia de aprender, de asomarse por encima de las bardas y mirar más lejos de su mezquino y limitado horizonte.

Tanto más cuanto que esos aldeanos han respondido con admirable unanimidad al esfuerzo de los «misioneros» y del Estado, mostrando una extraordinaria comprensión, un respeto hidalgo y un entusiasmo confortador. Puede afirmarse que no se ha malgastado un minuto ni se ha tirado un céntimo.

Señálense deficiencias, corríjanse; adóptense nuevos procedimientos si los hasta aquí usados no satisfacen; déseles, en una palabra a las Misiones la eficacia máxima. Pero consérveselas y que actúen, para bien de la cultura, en un país donde existe aún tan lamentable número de analfabetos.

Cautela.

Hay que proceder con gran cautela en esas podas, ya que algunos gastos que a primera vista son «no remuneradores», resultan ser, en realidad, indispensables. Ningún partidismo nos anima; queremos sólo exponer nuestro criterio y cumplir así lo que estimamos un deber inexcusable, que no pretendemos eludir.

Téngase en cuenta que, aunque mucho se ha progresado en el establecimiento de matrículas gratuitas, queda más aún por hacer para poner la realización de estudios al alcance de todos. Y no se olvide que lo que se gaste hoy en esto se ahorrará mañana con creces en otras atenciones a cuya desaparición como necesidad han de tender los esfuerzos de las jóvenes generaciones.

Y se lograrán economías, al lado de las cuales no tienen importancia las del dinero; se ahorrarán sufrimicentos, miserias, crímenes… Se creará una colectividad humana mejor, más justa, más consciente de los fines de su vida. Las cifras de un Presupuesto no deben jamás convertirse en obstáculo que nos oculte el camino del porvenir.

El ministro de Instrucción Pública lo sabe. Confiemos en que seguirá demostrándolo.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

[1] Ocupaba este cargo en el segundo y último gobierno presidido por Joaquín Chapaprieta desde el 29 de octubre de 1935 el republicano radical José Bardají López (1880-1942), quien había sucedido a su correligionario Juan José Rocha García (1877-1938), que había venido desempeñando esa cartera desde el 25 de septiembre del mismo año, en el primer gabinete presidido por Chapaprieta. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

[2] Refiérese aquí el autor a dos crímenes particularmente brutales, acontecidos en el medio rural español, que habían sacudido recientemente la opinión pública [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Domingo 28 agosto 2011.

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