Lucha en la Sierra (1). La vida de los milicianos en el frente de batalla

Reportaje publicado por Luis Hernández Alfonso el 9 de agosto de 1936 en la sección «Lucha en la Sierra» de la revista «Crónica». Texto y fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

El maravilloso paisaje de la Sierra no tiene ahora, en pleno estío, la placidez que constituye su mayor encanto. Locomotoras blindadas lo cruzan; en los pinares, el sol no alumbra claros vestidos veraniegos, sino que arranca destellos de los bruñidos cañones de los fusiles. El rápido vuelo de los pájaros se quiebra hoy en extraños ángulos, cada vez que el sordo estampido de las bombas pone agitación de sobresalto en valle y montaña.

Cercedilla ha visto sustituida su colonia estival por pelotones de muchachos armados, serios y decididos, que recorren el pueblo y montan guardia en sus alrededores. Muchachos a quienes la guerra civil ha convertido prematuramente en hombres maduros, reflexivos, responsables; muchachos que han tenido que abandonar talleres, fábricas y oficinas para empuñar el fusil y jugarse la vida.

La noche.

Aquí y allá, en la carretera, vigilan parejas de milicianos. En las terrazas de los hoteles, en los jardines de las «villas», envueltos unos en mantas, tendidos otros sin ellas, los voluntarios comentan las incidencias de la lucha, los pormenores del último combate, las noticias transmitidas por la radio, las dificultades halladas para el alojamiento de los recién venidos…

En la obscuridad prosigue el éxodo de quienes no se resignan a dormir en el suelo y buscan, desparramándose por la colonia, un colchón cobre el que tender su cuerpo, fatigado por largo caminar en los montes. De vez en vez, una voz varonil, resuelta y bien timbrada, entona canciones regionales, repetidas por el eco en las quebraduras de los peñascos que cierran el horizonte.

En la verja de una extensa finca se lee, pintado en blanco sobre tela roja, este cartel: «Batallón Octubre. Madrid.». Dentro, en el frondoso jardín, hay el confuso rumor de centenares de voces. Allí acampan los milicianos de Madrid, Chamartín, Vallecas y otros pueblos de la provincia. Allí están también los supervivientes de la heroica Milicia de Arganda, que tan briosamente entró en fuego, apenas desembarcada.

Arma al brazo, cenan en grupos, bajo los árboles, o pasean por los senderos del jardín, en el que, de trecho en trecho, bailan las llamas de las hogueras, iluminando fantásticamente el pintoresco y emocionante cuadro del campamento. De la algarabía se destacan voces distintas:

—¡Aquí, los del radio Sur!

—Juan, ¿tienes mi cantimplora?

—¿Nos vamos esta noche al frente?

—¡Dile al jefe de grupo que haga el vale para el tabaco!

En la penumbra, las conversaciones se animan; casi todas se refieren a las operaciones pasadas o a las venideras. Se lanzan conjeturas; se aventuran profecías: se hace la crítica de todo y de todos, con admirable espíritu democrático. Lentamente, conforme el sueño va cerrando los ojos y el cansancio relajando nervios y músculos, el estrépito disminuye y el Cuartel General de la Milicia madrileña se hunde gradualmente en el silencio.

Por la carretera pasan, veloces, los autos-ambulancia de la Cruz Roja. Algunos milicianos, arma colgada del hombro, recorren los hospitales de sangre, para ver si en ellos se encuentran los camaradas que no hayan regresado aún del frente y cuyo paradero se ignora.

Más tarde, pueblo, colonia y campamento duermen en un bien ganado descanso. Hasta que, mucho antes del toque de diana, el tableteo, seco e impresionante, de las ametralladoras, el zumbido de los aeroplanos y el estallido de las bombas, los despierta, en formidable obertura de un acto más de la tragedia.

Alborada.

Toque de cornetas. Voces de mando. Rostros somnolientos. Estirar de brazos, en desperezo desentumecedor.

—¡A formar los grupos!

—¡Cabos de escuadra!

—Faltan tres de Vallecas.

—¿Adónde vamos?

—A las seis sale la columna. ¡A formar!

En pocos minutos, el campamento recobra la febril actividad de la víspera. Gritos, ruido de motores en marcha, silbidos de locomotoras en la estación… Las Milicias forman en diversos lugares del pueblo. Va a salir una columna para atacar las posiciones del enemigo en las cercanas cumbres. Comienza el apresurado ir y venir de los muchachos, a quienes ha sorprendido el toque de llamada cuando tomaban el café en este o el otro hotel de la colonia. Cada uno busca a sus compañeros, ya en formación. El improvisado botiquín y tres camillas rudimentarias —construidas a toda prisa durante la noche precedente— son incorporados a la columna por los voluntarios de Sanidad.

Lentamente, los grupos emprenden la marcha. El desfile es pintoresco y nos haría sonreír si no nos impresionase tan hondamente el fervor de los milicianos populares, algunos de ellos casi niños, que caminan llenos de optimismo y radiantes de seguridad y firmeza. Sonreír, decimos, por lo arbitrario de los indumentos y lo incongruente de los pertrechos. Quién viste guerrera caqui y pantalón negro, de paisano; quién, blusa azul, pantalón de uniforme, polainas de piel y alpargatas; unos se tocan con el clásico gorro cuartelero de dos puntas; otros, con boina, gorra o sombrero de segador. Difícilmente se lograría un conjunto más heterogéneo, puesto que sólo existe en él, como rasgo de identidad, el detalle del fusil y el correaje.

Los milicianos abandonan la carretera y penetran en la montaña, por la que avanzan saltando de roca en roca, realizando un esfuerzo magnífico. Los grupos cantan La Internacional, La Joven Guardia y otros himnos proletarios… Hasta que el jefe de la columna ordena que se avance en silencio, por hallarse ya próximo el enemigo.

Una bala perdida pasa silbando a un metro de nuestras cabezas.

—¡Buenos días, «paco»! —saluda un miliciano de cara picaresca, tocado con gorrito de roja borla.

Y todos los que le rodean acogen la frase con una carcajada.

La columna se detiene y el capitán lanza una orden breve y rotunda. Sin un comentario, la Milicia se abre en abanico y trepa en guerrilla hacia las crestas. Suena el ruido seco de los cerrojos y el chasquido de los proyectiles en las recámaras. Apenas se oye después otra cosa que el crujir de las ramas bajo los pies de los muchachos.

Parece haber concluido la guerra: tal es la serenidad del paisaje y el reposo de la Naturaleza. Mas, de repente, a una voz del jefe, cien fusiles disparan sin inerrupción durante varios minutos. Los milicianos, coronando la cumbre, descienden por la opuesta ladera, parapetándose en las rocas, aprovechando los accidentes del terreno, para tirar eficazmente sobre el enemigo.

Éste, por su parte, barre la falda del monte con el fuego de sus ametralladoras, que vomitan ráfagas de balas sobre los asaltantes. Aquí y allá caen los milicianos heridos, mientras sus compañeros, con indomable ímpetu, prosiguen su avance, ladera abajo; llegan al valle, y comienzan la ascensión por el lado opuesto, en medio de una verdadera lluvia de metralla.

Llevados de su entusiasmo, ciegos de furor, los milicianos de la vanguardia —entre los que van cuatro o cinco muchachas, fusil en mano—, continúan el avance, dejando tras de sí el rastro dramático de su sangre generosa. Tan grande es el estímulo, que cuando el capitán ordena el cese del fuego, hay milicianos que siguen trepando, hasta que los jefes de grupo, pistola en mano, les obligan a retroceder y situarse en posiciones de menor peligro, a prudente distancia de los reductos de los rebeldes.

Durante varias horas continúa el tiroteo con intensidad. El teniente que manda el ala derecha exclama, entusiasmado:

—¡En cinco años que estuve en el Tercio no he visto valor igual! ¡Bravos chicos los de Arganda! ¡Estupendos los milicianos de Vallecas y Chamartín!

Comida en la Sierra.

En una pequeña tregua del tiroteo, los milicianos echan mano a las mochilas, de las que sacan latas de sardinas, chorizos y pan duro. En aquellos instantes, la línea de retaguardia parece una concentración dominguera de excursionistas, dado el buen humor de los bravos luchadores. Las risas, las bromas y los chistes sustituyen a las voces de mando.

—¿Tienes una llave para abrir esta lata?

—No; pero, si quieres, te la abro de un tiro.

—O vete a buscar un abrelatas a Cercedilla…

Una bala arranca un trozo del peñasco que sirve de resguardo a los interlocutores, y uno de ellos, sin inmutarse, exclama:

—¡Tenemos guindas de postre!

Y otro replica:

—¡No hay derecho a perturbar la fiesta!

—¡Que les impongan una multa! —dice el tercero.

El regreso.

Se ha llegado a cuarenta metros de la línea enemiga. No es posible avanzar más, porque el efectivo de la columna no es suficiente para establecer con garantía una línea de retaguardia. Se impone, pues, retornar a la base, y se inicia el regreso, cuando ya cierra la noche. Las escuadras emprenden el descenso, protegidas por fusileros, que impiden todo movimiento del adversario.

Por terreno desconocido, en plena sierra, descienden los milicianos. Algunos se extravían en el largo camino, y así, al reunirse los grupos en Cercedilla, hay voluntarios que faltan.

Los jefes pasan lista, recorren todos los tres hospitales de sangre instalados en el pueblo y dan momentáneamente por desaparecidos a los ausentes.

Alguien pregunta:

—¿Y Cayetano?

—No ha vuelto.

—Volverá más tarde; se habrá perdido.

—No —interviene un miliciano del grupo, con voz solemne—. No volverá. Le vi caer muerto entre dos riscos. Tenía un balazo en la frente…

Los compañeros del fallecido se miran apenados. Procuramos darles ánimos con esos tópicos de rigor en semejantes circunstancias. Se comentan las cualidades del caído, y luego cada cual va en busca de una colchoneta o una manta sobre la que descansar unas horas tras de la durísima jornada.

A la mañana siguiente se produce el milagro. Apenas salimos del local en que funciona el servicio sanitario, vemos venir por la carretera a un miliciano, cubierto de polvo. Lleva al hombro el fusil y un bulto bajo el brazo derecho. Cuando nos cruzamos con él nos paraliza el asombro. El voluntario es el «difunto» Cayetano, rendido, sí, por varias horas de marcha fatigosa, monte abajo; pero vivo y sonriente, con su cigarrillo en la comisura de los labios y un picaresco parpadeo en los ojillos astutos de campesino castellano.

—¡Cayetano! Pero, ¿eres tú?

—Sí; mejor dicho, somos nosotros: éste y yo.

Y nos muestra el «bulto» que lleva en el sobaco: un hermoso jamón, cogido en una trinchera enemiga. Y agrega:

—Lo llevaré a un veterinario, ¡por si las moscas!

La corneta toca llamada. Otra vez las Milicias se movilizan. Entre afán y afán, las milicianas, que cumplen su deber junto a sus hermanos, ponen al dramatismo de los días guerreros el adorno maravilloso de sus risas frescas y la luminaria adorable de sus miradas francas, nobles, plenas de cariño y de abnegación. En lo alto de las montañas vecinas, el cañón y las ametralladoras, con sus estampidos y tableteos, ponen en fuga a los pájaros y quiebran, a un tiempo mismo, las curvas de sus vuelos y las vidas de muchos hombres jóvenes.

Es la guerra, la maldita guerra…

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

En el frente de Cercedilla. Batallón «Octubre». 31 Julio, 1936.

~ por rennichi59 en Sábado 3 septiembre 2011.

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