Lucha en la Sierra (3)

Reportaje publicado por Luis Hernández Alfonso el 23 de agosto de 1936 en la sección «Lucha en la Sierra» de la revista «Crónica». Texto y fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Vigilancia.

Nos hallamos, al frente del equipo sanitario del bravo batallón «Octubre» (que de manera firme, callada y valerosa realiza una formidable campaña), en uno de los puestos avanzados de vigilancia establecidos en las cumbres de la Sierra. Los milicianos han buscado alojamiento aprovechando las quebraduras de las peñas y los refugios naturales del bosque. Sorprende, a veces, oír muy cerca el rumor de animadas conversaciones y no ver por ningún sitio a los que charlan. Están quizá en una cueva oculta por el ramaje o entre unos riscos, inaccesibles, al parecer.

En un pequeño barranco, sobre hogares rudimentarios, improvisados con piedras, se cuece, en grandes cacerolas, un apetitoso rancho. Dos milicianas, con traje masculino, cuidan el guiso, activamente secundadas por varios milicianos que acarrean agua, acopian leña o cortan trozos de carne.

Al anochecer, una fila de hombres armados descienden de una cumbre cercana y se cruzan con otra fila que sube. Es el relevo de la guardia. Los bravos muchachos han de pasar seis horas en un picacho a dos mil metros de altura, sin más abrigo que el capote militar. Es éste uno de los más penosos sacrificios a que han de someterse los soldados del pueblo, y lo hacen sin quejas ni desmayo.

¡Rancho!

En la penumbra, de una de las chavolas construidas con piedras y ramaje surge una bien timbrada voz varonil. Las modulaciones de un sentido fandanguillo aumentan, con su hondo y suave dramatismo, la serenidad del crepúsculo. El canto parece resbalar por lo pinares y perderse, como un lamento, en la obscura e imprecisa línea del horizonte, dentada por valles y laderas. Vibra el final de la copla, como si quedara prendida sobre nuestras cabezas en un jirón de sombra.

…a una morena que tengo…

 Hay después una pausa, durante la cual diríase que hombres y Naturaleza duermen abatidos. Y más tarde, otra voz, recia y brusca, llama:

—¡Jefes de grupo!

La poesía se rompe en su colisión con la prosa de la necesidad humana. Es la hora del rancho. Las coplas expiran en los labios, y, por unos minutos, el hombre se dedica a nutrir su perecedera e imperfecta maquinaria.

Entonces recordamos a Perragorda, el muchacho del Cuartel General, en Cercedilla, «heroico soldado de cocina», como fue calificado por un miliciano humorista; nos acordamos de él, siempre solícito, obsequioso, amable, risueño y aficionado —él, que no va al frente de lucha por sus quehaceres culinarios— a retratarse en actitudes cómicamente marciales, como puede ver el lector.

Junto a mí, enfermeras —Victoria, Satur, Maruja, Paca—, y camilleros —Flores, Camaño, Goyeaga, Pérez, González…— consumen su cena. Se comentan los incidentes de la jornada; se habla de los compañeros que están en el cuartel (Zacarías y Botija, practicantes; Soriano, Galán, Menéndez, Monzón, Jiménez, Blanco, camilleros), camaradas todos que habrán de relevarnos. Se aventuran hipótesis sobre el porvenir de la lucha.

Ronda.

De la obscuridad surge una larga silueta; es un hombre huesudo, alto, con una manta sobre los hombros. Es Cuesta, el comandante de la segunda compañía, músico de profesión, que ha cambiado el pentágrama por la Milicia en aras de la libertad del pueblo. Su voz, sorprendentemente profunda, suena en la noche como algo sobrehumano.

—Voy a recorrer los puestos, Luis.

—Te acompaño —respondo.

Y ambos nos adentramos en la pinada por los estrechos caminos, que adivinamos más que vemos. El silencio impone, turbado sólo por algún chirrido de chicharras trasnochadoras o por el rumor inconfundible de un arroyuelo que salta por los riscos y alza su canción milenaria, insensible a la paz y a la guerra. Avanzamos calladamente. En la sombra se recortan los añosos troncos.

Súbitamente, de entre unos pinos, brota una voz enérgica:

—¡Alto! ¿Quién va?

Cuesta da la consigna. Entonces, cuatro o seis bultos se destacan sobre la imprecisa cinta blancuzca del sendero. Son los centinelas de la avanzadilla, firme garantía de seguridad, milicianos que, con su incansable vigilancia, impiden todo golpe de mano del enemigo.

El descanso.

En las primeras noches el intenso cañoneo no nos deja dormir; pero poco a poco, según transcurren los días, vamos acostumbrándonos a esa «música». Regresamos al improvisado campamento, donde no se ve a nadie fuera de las chavolas. Nos acercamos a una de ellas, que, por su aspecto, recuerda las residencias troglodíticas. Un suave concierto de respiraciones nos informa de que los milicianos reposan. Del coro sobresalen dos «solistas»: uno, barítono, y otro, tenor. Hay trémolos, calderones, sostenidos, fiorituras

Entretanto, en las cumbres y en los valles estallan las granadas. En lontananza, una franja roja muestra cómo avanza el incendio por los magníficos pinares, orgullo de esta Sierra madrileña; incendio que devora riquezas, del mismo modo que destruye vidas útiles y fecundas esta guerra, provocada, con alevosa premeditación, por un puñado de megalómanos, incapaces para comprender los derechos y las libertades de un pueblo fundamentalmente bueno y generoso.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

Frente de Guadarrama, Agosto de 1936. 

~ por rennichi59 en Domingo 4 septiembre 2011.

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