Lucha en la Sierra (4)

Reportaje publicado por Luis Hernández Alfonso el 20 de septiembre de 1936 en la sección «Lucha en la Sierra» de la revista «Crónica». Texto y fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Comandancia.

En el hotel donde se encuentra instalada la Comandancia hay un hervidero de gente y vehículos. Entran y salen los milicianos afectos a la escuadra de mando. Los chóferes esperan junto a la escalinata, prestos a saltar a su respectivo coche, en cumplimiento de órdenes que la Comandancia les dé. La sensación es de actividad, disciplina y buen ánimo. Ni un rostro contrariado, ni un gesto de cansancio. En el batallón «Octubre» nadie se fatiga lo suficiente para que su resistencia sea menor que su voluntad, ¡a pesar del enorme esfuerzo que sus componentes realizan!

Nunca con más razón que ahora puede afirmarse que «querer es poder». Desde el comandante —el pequeño y dinámico Etelvino Vega, que ha demostrado un tesón y una capacidad poco comunes— hasta el último de los que ejecutan servicios auxiliares, existe un lazo que une al batallón entero. Hay fe en el ideal que se defiende; conciencia de la responsabilidad; esperanza firmísima en la victoria; decisión inconmovible de conquistarla aun a costa de los mayores sacrificios.

Por eso el batallón es vivo ejemplo de «unidad absoluta en la más compleja variedad». Y es en estos momentos de actividad febril cuando más claramente se percibe ese fenómeno confortador.

Se está preparando una «demostración» en la Sierra.

Desfile.

Por la carretera, otros años paseo de niñas bien y pollos cursis, desfilan hoy los recios y curtidos mocetones de las Milicias populares. Aunque no caminan con el rígido compás de un Ejército netamente militar, el desfile es impresionante. Pasos firmes, labios sonrientes —en sonrisa de serena confianza—, ojos iluminados por la fe en la justicia de la causa. No hay alharacas; sin estrépito, mesuradamente, los voluntarios del pueblo van hacia el frente, con la cabeza erguida, el pie seguro y el corazón fuerte.

Infantería, ametralladoras sobre mulos, cajas con bombas de mano. Y casi ninguna impedimenta. El miliciano se acostumbra a llevar sobre sí lo imprescindible.

Los niños del pueblo, ya habituados al triste espectáculo de la guerra, los ven pasar con ojos casi indiferentes. En los primeros días, cuando el estampido de los cañones era cosa insólita en los pintorescos rincones de la serranía, las criaturas iban por la calle atemorizadas, temblorosas, con los dulces ojitos dilatados por el terror, buscando siempre, con ansiedad que ponía angustía en nuestro ánimo, la protección de sus familiares.

Ahora, ya no; cuando suena los cañones, los niños no abandonan sus juegos; el lamentable estrépito de la guerra forma parte de su vida cotidiana. Se oye el cañón como se oye el viento entre los árboles o el canto de los pájaros en el jardín.

Continúa el desfile; la columna sale del pueblo y trepa hacia las cumbres por las abruptas laderas; lentamente se aleja. Desde nuestro lugar, al final de la columna, ya no vemos la cabeza de ella, perdida entre pinares y riscos.

Cuando también nosotros salimos de la población, un viejecillo, de cabeza blanca y rostro arrugado, nos mira con ojos envidiosos, y, alzando temblorosamente el puño, nos grita:

—¡Salud!

En las avanzadas.

La voz de ¡alto! se lanza cuando hemos llegado a un picacho desde el cual se dominan los valles contiguos. Poco más lejos de un kilómetro están los reductos enemigos. Desde aquí pueden verse los movimientos del adversario.

La Milicia come, y come con buen apetito. El largo camino es el mejor estimulante. En animados corrillos, las escuadras van dando cuenta del rancho —un substancioso cocido—, que se les sirve con prodigalidad. También hay vino —vino de Arganda, enviado por el Ayuntamiento y el Comité del simpático pueblo—, al que, naturalmente, se hace honor.

Terminada la comida, cada cual busca acomodo (quién bajo un pino, quién tras un peñasco) para dormir a la sombra. El sol abrasa, y el aire pasa en ráfagas de bochorno. En este momento de calor olvidan todos que, apenas anochezca, el frío intenso de la montaña atenazará nuestros miembros.

Las chicharras cantan sin cesar. No se oye un solo tiro. El grupo de milicianos que a pocos metros de distancia reposa parece un grupo de excursionistas domingueros. Armas y correajes han sido depositados en un rincón y encomendados a la custodia de un compañero, y ahora no vemos los arreos bélicos. Reina una paz octaviana durante dos horas. ¡Qué bien se está aquí, a mil ochocientos metros de altura, divisando un panorama bellísimo, de obscuros pinares y claros peñascales!

La acción.

Pero hay guerra. Guerra que nosotros no quisimos; mas a la que vamos con el fervor de nuestro ideal y la firmeza de nuestra razón.

Pronto los durmientes despiertan. La columna recobra en pocos minutos sus marciales arreos, y cada cual, con exactitud absoluta, ocupa su puesto. No es la disciplina basada en la coacción, en el miedo al castigo; es la admirable disciplina voluntaria, hija de nuestro libre albedrío, sin mezcla de temor ni de rencores. Disciplina alegre y grata: autodisciplina.

Órdenes breves, concisas: movilización ordenada de las Secciones. Las ametralladoras abren el fuego. Las guerrillas, intrépidamente, descienden hacia el valle por la ladera opuesta a su ascensión. Se trata de una «demostración»; pero los muchachos llevan el ánimo que necesitarían para una ofensiva de importancia.

El enemigo, sorprendido por la audacia de los voluntarios, se defiende vomitando metralla, desordenadamente, sobre las peñas del monte. Muchos proyectiles pasan sobre nuestras cabezas. Los cañones hablan. Y un miliciano que acaba de agotar su dotación dice, junto a nosotros, saludando a un obús que zumba para caer a cincuenta metros de nuestra espalda:

—Es un pepinillo del quince y medio. ¡Salud!

Colofón.

Se ha llegado hasta donde se ha querido, sin más bajas que tres heridos leves. Por eso hay alegría en los corrillos de milicianos que, al anochecer, comentan las incidencias de la jornada.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 4 septiembre 2011.

3 comentarios to “Lucha en la Sierra (4)”

  1. Muy buenas esta crónicas de la lucha en la sierra de Madrid por alguien que las vivió, todavía parecía que se podía ganar la guerra.

    He leído el poema a su hija desde la cárcel, una vez acabada la guerra, me ha gustado mucho, desconozco si sería dedicado a tu madre o alguna tía tuya, imagino que le tendrás por el entramado del blog, lo he leído en otro, te dejo el enlace por si no lo conocías:

    http://estrela.over-blog.es/article-luis-hernandez-poema-a-su-hija-68892754.html

    Un abrazo.

    Me gusta

  2. Por supuesto me refiero al blog donde esta publicado, no al poema.

    Me gusta

    • Estimado Eduardo:

      Gracias por tu aprecio de las crónicas de mi abuelo desde la Sierra, que envió no ya exclusivamente como periodista, sino como miembro activo del Batallón Octubre en funciones de sanidad.

      La poesía a la que te refieres, en efecto, está dedicada a mi madre, Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003), que por aquella fecha era ya la única hija de mi abuelo, al haber muerto su hermana mayor Mari Loli, con tres añitos, en 1932. Conozco el blog donde la has visto publicada, que la tomó, en efecto de la siguiente entrada de éste (que es el tuyo):

      https://loshernandez.wordpress.com/2008/07/11/cantares/

      Se titula «Cantares», dedicado «A mi hijita», y como verás se conserva el manuscrito, que reproducimos en la entrada.

      Gracias una vez más por tu interés por la vida y la obra de ese gran amigo de Torrelaguna que fue Luis Hernández Alfonso.

      Un abrazo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: