Lucha en la Sierra (5)

Reportaje publicado por Luis Hernández Alfonso el 4 de octubre de 1936 en la sección «Lucha en la Sierra» de la revista «Crónica». Texto y fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Relevo.

Después de permanecer entre peñascos muchos días, la fuerza que guarnece el monte va a ser relevada. Al calor sofocante de hace una semana ha sucedido un viento frío y tenaz, que parece contar terroríficas leyendas en las noches sin luna, cerradas, impenetrables.

El otoño —un otoño prematuro y desagradable— ha lanzado contra las cumbres montones de nubes, que las ocultan. Largas vedijas color gris sucio se deslizan por las laderas, y la luz del día se tamiza en aquellos jirones, entristeciéndolos.

El paisaje ya no brinda aquel contraste violento de los días estivales: ni verdes brillantes, ni rojos deslumbradores en la lejanía. Ahora adquieren valles y montañas una tonalidad casi uniforme. Desde los picachos, al través de la niebla, se divisan masas confusas de gris: gris perla, gris humo, gris gris, en desesperante monotonía.

Mediado el día se nota en el campamento actividad inusitada. Los milicianos que vigilan en las avanzadas más próximas comentan la «novedad». Cuando se han de pasar muchas horas entre rocas, lejos de poblado, la menor cosa adquiere caracteres de «acontecimiento».

El relevo significa una considerable suma de comodidades: es la seguridad de poder bañarse, de dormir sobre colchones, de no pasar frío durante las ya largas noches.

Retorno.

En los reductos y parapetos están ya los recién venidos del Cuartel General, tropas de refresco, animosas y descansadas. Los relevados emprenden el camino hacia el pueblo, hablando sin cesar, comentando los incidentes de los días anteriores y haciendo planes para los días de asueto.

Un miliciano —¿el sargento Malacara? ¿el Maño?— empieza, desafinadamente, una copla:

 Tu madre tuvo la culpa
por dejar la puerta abierta. 

—Eres un mal compañero —le ataja un mozo despierto y zumbón—. Ten consideración con los que se quedan arriba, que les va a pillar la nube.

La copla muere entre risas, y otra surge unos metros más allá. Y el «protestante» exclama, con gesto de cómica resignación:

—¡Qué le vamos a hacer! ¡Ya ho hay salvación!

…………………………………………………………………………………………………

—¿Qué llevas ahí, que pesa tanto?

— Una píldora del diez y medio.

—¿Para recuerdo?

—Sí; me la pondré en un dije.

Como los grandes.

La columna regresa al pueblo, donde entra bulliciosamente. Llega al Cuartel General, y entonces se da la noticia. La Comandancia del batallón ha dispuesto una hermosa finca para que en ella descansen unos días los milicianos que regresan del frente. Allí hay un amplio y soleado jardín, biblioteca, campo de tenis. ¡Hasta un estanque rústico, provisto de una barca!

Los bravos milicianos pasean en grupos por los senderos del parque, charlan en corrillos, tomando el sol, o se columpian indolentemente en las veraniegas hamacas. Nada aquí nos recuerda que al otro lado de las montañas, en los rientes valles —el sol ha vuelto a iluminarlos pródigamente—, estallan los obuses y silban las balas.

En torno nuestro, legiones de pinos abren sus nudosas ramas como un formidable ejército de gigantes que trepase a los picos de la serranía esgrimiendo colosales armas. Aquí y allá, en pequeños prados, pastan las vacas, ajenas al estrépito de la guerra. El panorama es delicioso.

Mientras, al trotar cansino de nuestro caballo, nos encaminamos de nuevo a las avanzadas, pensamos en la inmensa responsabilidad contraída por quienes han envenenado la vida española convirtiendo en campo de batalla estos maravillosos parajes, tan adecuados para el reposo, tan apacibles y acogedores.

Buen humor.

Atravesamos la vía férrea, y por azar fijamos la mirada en un poste, indicador de un modesto paso a nivel. Muchas veces hemos leído en sitios análogos los dos letreros: «Paso sin guarda» y «Ojo al tren», cruzados en aspa. Mas aquí alguien, uno de nuestros valientes y traviesos milicianos, ha cambiado de posición la mitad de cada uno de los letreros. Y se lee ahora en ellos: «Paso sin tren» y «Ojo al guarda». Éste es el excelente humor característico del ejército popular. Merced a él se soportan con buen ánimo las penalidades de la campaña.

Cabalgamos, monte arriba, durante largo rato. Pronto una ráfaga de aire nos trae un olor agradable de guiso bien sazonado, y una columnita de humo, que brota de entre peñascos a pocos metros, nos indica la proximidad de la «cocina» de la posición. Minutos más tarde, un coro de alegres voces nos saluda efusivamente. Los milicianos encargados de la preparación de la comida dan a ella los últimos toques, y nos instan a que la probemos. Tiene un aspecto magnífico; por otra parte, el prolongado paseo por la montaña ha aumentado nuestro apetito, y conviene restaurar fuerza. La «prueba» se convierte en un almuerzo en toda regla: un suculento cocido, un filete, mermelada, pan y vino. ¡Ah! Y un aromático café con gotas de coñac. Cierto que el menaje es deficiente y no hay camareros ni orquesta de tziganes.

¡Blanco!

En uno de los parapetos, nuestros muchachos se disponen a bombardear al enemigo. Un teniente (de los más bravos y competentes de nuestras filas) establece con cuidado la puntería. Se trata de ahuyentar a los facciosos de una casa que ocupan en un valle. Se produce la explosión, sorda, y el proyectil zumba sobre nuestras cabezas; con ansiedad centenares de ojos se clavan en el rojo tejado que se divisa más abajo, entre los pinos. Los segundos parecen minutos.

Por fin, otra explosión —que, lógicamente, se ve antes que se oye— nos avisa de que la bomba ha llegado a su destino. Ha hecho blanco en un ángulo de la casa; el enemigo abandona precipitadamente su refugio y es tiroteado por nuestras Milicias, que le causan bajas.

Ha sido un tiro formidable el del mortero. Y el teniente, alegre, pero modesto, exclama:

—Ha habido suertecilla.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 18 septiembre 2011.

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