Lucha en la Sierra (6)

Reportaje publicado por Luis Hernández Alfonso el 18 de octubre de 1936 en la sección «Lucha en la Sierra» de la revista «Crónica». Texto y fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Nocturno.

 Hace frío en estos picachos de la serranía; un frío tenaz que agarrota los miembros, que entumece y se adueña de nuestros músculos. Avanzamos a tientas, por entre jaras y peñascos. La noche es excepcionalmente obscura. Hombres y caballos resbalan con frecuencia y provocan la caída, señalada por sordo rumor, de los pedruscos, ladera abajo.

Diríase que no hay guerra, a juzgar por el profundo silencio de las avanzadas. Ni un cañonazo, ni un disparo de fusil. Sólo, de trecho en trecho, la voz de «¡alto!», contestada en voz baja con las palabras que constituyen la consigna.

Aunque parecen dormidos nuestros milicianos, están despiertos y vigilantes, con la mirada fija en el camino por donde pudieran intentar un avance los adversarios. Aquí vemos —adivinamos, podríamos decir— las siluetas de los bravos jóvenes, arma al brazo, en lucha contra el sueño y el viento helado de la montaña.

Doble efecto.

Largo rato dura el fuego de nuestros enemigos, que disparan a ciegas, contra las peñas de las laderas y al aire. Cuando renace el silencio y sólo, con grandes intervalos, se oyen los inconfundibles «pac…co», el locutor habla nuevamente. Y torna el ensordecedor tiroteo. Los milicianos, perfectamente parapetados, siguen sin moverse.

El comandante, que sentado tras de un peñasco fuma tranquilamente, exclama:

—Bien. Que gasten municiones. Eso vamos ganando.

Y al tenue resplandor de su cigarrillo distinguimos la sonrisa irónica que conocemos bien.

La noche se desliza lentamente, sin que ningún suceso turbe la tranquila vigilancia.

Fugitivos.

Al amanecer regresamos al cuartel general. Allí encontramos a tres compañeros, fugitivos de Segovia. Han estado andando toda la noche y acaban de arribar a nuestras avanzadas, con las alpargatas deshechas y los pies sangrando. Uno de los recién llegados es muy joven, casi un niño. Cómodamente sentados en unas butacas de la Comandancia, nos relatan su odisea.

Sonríen contentos. La alegría de verse entre nosotros les ha aliviado su extenuación, y casi han olvidado las horas angustiosas de la fuga y el cansancio del largo caminar por la serranía.

—¡Estamos aquí! —exclama el jovenzuelo—. ¡Eso es lo que importa! Creíamos no llegar nunca.

El de más edad —poco más de treinta años— que ha sido el guía durante la noche, nos detalla el itinerario seguido. Con naturalidad impresionante nos relata los incidentes de la evasión.

—Hubimos de burlar la estrecha vigilancia de los facciosos, que no permiten la salida de Segovia a quienes no vayan provistos de un salvoconducto facilitado por el suedogobernador civil o la Comandancia rebelde de la capital. Ocultándonos como pudimos, logramos salir a campo libre. Por carreteras y caminos era imposible pasar; en todos ellos patrulla la Guardia civil fascista, y aventurarse a encontrarla hubiera sido ir a una muerte cierta. Tuvimos que emprender la marcha cruzando montes y valles. En alguna ocasión, desorientados y rendidos, pensamos que nuestro esfuerzo sería inútil; pero pronto renacía en nosotros la esperanza, y volvíamos a caminar, llenos de entusiasmo.

La vida en Segovia.

—Allí no podíamos vivir. La persecución era cada día más sañuda y encarnizada. Muchos de nuestros familiares han sido encarcelados, y raro es el hogar obrero de Segovia donde no se llora a un proletario fusilado. Escasean los víveres, y su venta está militarizada. No había sosiego, ni trabajo, ni pan; hemos sufrido toda clase de vejámenes y malos tratos. Hemos preferido arrostrar el peligro de que nos matasen en la huida, a permanecer en aquella ciudad, dominada por el terror y el hambre.

—Mucho hemos sufrido en el camino —agrega el tercer fugitivo, un muchacho de unos veinte años—; pero al fin nos encontramos entre los nuestros. ¿Para qué acordarse del pasado? Ahora nuestro deseo es que nos déis un fusil y nos incorporéis a las Milicias que luchan en las avanzadas del frente.

—Tenéis primero que descansar —objetamos—.

—No —replica el más joven—. No estamos ya cansados. Nos encontramos en disposición de ocupar un puesto en la vanguardia. Hemos venido hasta aquí para eso.

Salimos de la Comandancia en unión de los tres muchachos, a los que en la puerta esperan varios milicianos paisanos suyos.

Hay exclamaciones de júbilo, apretones de manos y abrazos efusivos. Luego, un verdadero torrente de preguntas y respuestas.

……………………………………………………………………………………….

Nuestras baterías disparan sin cesar; los cañones enemigos apenas dan señales de existencia, y cuando lo hacen, las bombas caen lejos del campamento y del pueblo, en pleno campo, levantando nubes de polvo, que el aire se lleva lentamente.

Y los tres fugitivos, puño en alto, exclaman:

—¡U. H. P.! ¡A luchar y a vencer!

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 25 septiembre 2011.

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