Una conversación con María Zambrano

Entrevista publicada por Luis Hernández Alfonso el 5 de marzo de 1932 en la sección «Mujeres de ahora» del semanario madrileño «Nuestra Época». Conservada en la colección de recortes de artículos periodísticos del archivo del autor.

Estamos ante una mujer en la que, por encima de toda otra de las muchas cualidades que la hacen merecedora de interés, está su exquisita sensibilidad. Doctora en Filosofía, periodista, autora de ensayos (tan notables como su librito Horizonte del liberalismo, publicado en 1930), propagandista de conferencia y comicio, esta muchacha realiza intensa labor educadora, saturada de humana comprensión, y sabe poner en sus actos, con la espontaneidad característica de las almas grandes, el perfume de su feminidad.

Dotada de sin igual entusiasmo, María Zambrano fue siempre una inteligencia que, por milagro de equilibrio, alumbró frutos gratos al sentimiento. Comprendiendo que la tiranía era incompatible con la dignidad, laboró en las tareas de la F. U. E., siendo, por su generosa rebeldía, perseguida y procesada. Nosotros, que hubimos de estar a su lado, en los difíciles días de la incesante lucha, sabemos cuánto sufrió su espíritu y cómo zozobró la salud de su cuerpo en el choque cuotidiano con la injusticia.

—¿Cuál es tu opinión —le preguntamos— sobre el momento político?

—Es muy confusa —nos contesta—. En general, la obra de los gobernantes de la República dista mucho, hasta ahora, de corresponder a las esperanzas que abrigábamos cuantos peleamos con bríos por derribar la monarquía. El cambio de régimen brindó oportunidad para la creación de un Estado capaz de afrontar la solución de los problemas contemporáneos sin menoscabo de la intimidad del espíritu hispanico. Los tanteos del nuevo mundo oficial constituyen una serie de desaciertos dolorosos.

—¿…?

—Sí; política anacrónica, la del liberalismo y la democracia naturalistas del siglo XIX, que no logró salvar el sentido de respeto a la dignidad espiritual del hombre, único valor permanente de la idea liberal. Los individuos se hallan a merced de fuerzas económicas hipertrofiadas y ciegas; entre tanto, esa política no acertó a comprender la finalidad y el deber del Estado representante y servidor del bien común. Política, en fin, que «deja pasar» cuanto ocurra, sin intervenir, y que, después, sin orientación determinada, hace que el Estado se lance a un intervencionismo extemporáneo y dañoso.

—¿…?

—Los defectos de la Constitución son consecuencia lógica de la manera en que se ha elaborado; tampoco se ha sujetado a un criterio definido. Ha sido el resultado de transacciones entre partidos que no representaban genuinamente la voluntad del país, como si la salud de éste no fuera muy superior a las combinaciones de menuda política.

—¿Opinas, pues, que la obra realizada no es eficaz?

—No lo es, porque los problemas de mayores urgencia y gravedad se hacen más agudos cada día, mientras suenan de nuevo los viejos tópicos de la huera oratoria parlamentaria. Con ello, no sólo quedan estos males sin curación, sino que se ha dado lugar a que, en torno a discutibles principios tradicionales (familia, orden, propiedad, religión…) se desarrolle una reacción que pretende la imposible vuelta de lo que definitivamente cayó.

—¿Soluciones?

—A mi modo de ver, es necesario laborar contra las dos direcciones en que se pretende llevar a nuestra sociedad: el anquilosamiento, por un lado, y la descomposición, por otro. Ni la democracia parlamentaria ni la dictadura de clase permitirán que España se libre de servir el juego de otros países y cumpla la misión mundial que le corresponde. Hay que defender los valores universales del espíritu de los ataques de los dos materialismos, «liberal» el uno, empeñado en perpetuar una explotación criminal; y «marxista» el otro, preñado de resentimiento social y rezumando desprecio hacia toda dignidad espiritual. Es menester separar ideas y valores. El problema económico es eminentemente técnico, y como tal ha de resolverse.

—Con cuanto me dices podía redactarse un programa en derredor del cual se organizase un partido.

Sonríe María Zambrano, como si, en efecto, nuestras palabras respondiesen a algo real.

—No será difícil —exclama— o, quizá mejor, será muy fácil que ese movimiento se realice y que se denomine «Frente Español». Los principios aglutinantes habrían (o habrán) de ser éstos: subordinación de todo interés individual al bien común representado por el Estado. Eliminación del sistema individualista económico del capitalismo; no ha de atenderse como primordial el interés de los individuos, sino el de la colectividad. Afirmación de la unidad económica de España, expresada por el plan de Estado. Que el suelo español sirva al bien común en primer término. Exaltación y defensa de los valores espirituales hispanos. Laicismo del Estado, que no tiene misión religiosa que cumplir ni que estorbar. Consideración del trabajo como deber primordial del individuo para con el Estado y título legítimo para merecer la asistencia estatal.

—Indudablemente, esa enumeración de principios que haces, obedece a algún proyectado documento, ¿no?

— No me considero autorizada para informarte más, y aun temo haber sido excesivamente explícita contigo. Lo que sí puedo afirmar es que hay un núcleo de jóvenes cultos, de hondo y fecundo afán de avance, decididos a emprender esa labor. Como las soluciones de los problemas sangrantes no pueden improvisarse, forzosamente habrán de realizar estudios intensos y cuidadosos.

—¿Confías en el éxito?

—Sí. Hay entre los muchachos a que me refiero valores dignos de confianza.

—Y en cuanto a la intervención femenina…

—Por desgracia, no puede esperarse o temerse que las mujeres hagan variar los rumbos de la política al intervenir en ella. No soy feminista, en el sentido que a esta palabra se le da. Sin duda las mujeres hubieran votado lo que votaron los hombres. Estos son así por culpa de aquéllas.

—No tienes gran admiración por las mujeres que intervienen en política…

—Según. Las hay que han realizado una labor casi anónima, pero admirable. No ocupan altos cargos ni se sientan en la Cámara. En cambio, contribuyeron muy eficazmente a la transformación iniciada en España. Lo peor es que muchos entusiasmos han sufrido golpes terribles con la realidad, tan distinta de lo que se soñaba…

—¿…?

—Se confunden lamentablemente las cosas. Y así, se llega a adoptar lo menos grato de la obra revolucionaria, lo accesorio que sólo tiene importancia relativa y que es lógico «tolerar», por ser necesario. Mas el fondo, el mecanismo, los engranajes antiguos, persisten casi sin variación. Cuantos condenamos el caciquismo que tiranizó al pueblo durante la monarquía vemos doloridos que aún vive y domina por doquiera. Hay que destruirlo, cueste lo que cueste.

—¿…?

—También está todo por hacer en Instrucción Pública. Y no es allí donde menos se advierte la política menuda, muy «antiguo régimen».

—¿Y las misiones pedagógicas?

—Preferible es que no te dé mi opinión sobre ellas. Esperemos a ver si con el tiempo son algo.

*  *  *

La charla sigue, rebasando el marco de la entrevista periodística. María Zambrano habla de su futura tarea cultural, de su cátedra en el Instituto-Escuela. Nos admira su dinamicidad, en eterna victoria sobre oriental indolencia atávica, que convierte la vida de esta mujer en perenne lucha entre su voluntad y su naturaleza.

L[uis] H[ernández] A[lfonso]

~ por rennichi59 en Sábado 1 octubre 2011.

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