Cotos de caza

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 12 de marzo de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Los hechos «concretos» son doblemente interesantes. Poseen, para quien los estudie con detenimiento, aparte de su valor absoluto, aislado, el que les da su carácter de síntomas. Por eso hoy, al referirnos a «un» caso, hemos de presentarlo como ejemplo vivo y sangrante de injusticia, como muestra de la necesidad de buscar remedio para todos los análogos y adoptar medidas que hagan imposible su repetición.

En tierras de Salamanca existen varias dehesas en las que vivían, desde generaciones atrás, familias de colonos. En cada finca ganaban, con su propio esfuerzo, el pan quince o veinte hombres con sus mujeres y sus hijos. Mas he aquí que un día los propietarios de los terrenos estimaron más lucrativo y cómodo tener un colono que entenderse con doce o catorce; y sin detenerse ante la crueldad de las consecuencias, expulsaron a los demás y convirtieron cada dehesa en un coto de caza con un solo arrendatario.

Los desahuciados hubieron de abandonar sus caseríos, donde murieron sus padres y nacieron sus hijos. Las fincas, antes cultivadas, son hoy inmensos matorrales en los que hallan guarida los lobos, que diezman el ganado de las tierras vecinas. Cuando los perjudicados intentan extinguir a las fieras, los guardas de los cotos lo impiden; fuerza es resignarse: la ley ampara al propietario.

Mientras esto sucede allí, los antiguos colonos van desperdigados en busca de sustento: unos emigraron a América, en espera de fortuna que no hallaron; otros, en fin, viven implorando la caridad pública. Centenares de familias lanzadas a la miseria por criminal capricho; miles de seres arrancados de los campos en que nacieron y obligados a la terrible peregrinación del hambre de pan y de justicia. La maleza reina en las tierras que fueron fértiles y que, si antes proporcionaron bienestar a muchos humildes hogares, hoy sirven de cuna a los jabalíes.

*

No incurriremos en el error de creer que es de ahora el abuso de la propiedad. Ninguno de los tres principios del «jus» justinianeo han sido jamás respetados por ella: especialmente el «alterum non lœdere» ha sufrido constantes ultrajes. No diremos, pues, que los propietarios de ahora sean peores que los de antes; ellos son lo mismo; la propiedad tampoco ofrece hoy características más injustas que en otros tiempos. Precisamente el mal radica en esa casi absoluta inmutabilidad que hace vivir instituciones injustas al través de los siglos, como si no existieran leyes de evolución, que todo, afortunadamente, lo transforma.

Esa ley de renovación permanente ha cambiado el contenido de las frases, respetando éstas, que hoy se ajustan a las exigencias contemporáneas como en remotas épocas significaron la justicia entonces actual. Así, por ejemplo, podemos admitir el principio jurídico de «dar a cada cual lo suyo». Mas ¡qué diferencia entre «lo suyo» de hace siglos y «lo suyo» de un régimen político-social presente y futuro! La que existe entre lo que «legalmente» se posee y lo que «naturalmente» se necesita.

La propiedad pretende que el tiempo no varíe sus fueros y que el proceso de nivelación se detenga ante ella. No comprende que la roca es, al correr de las centurias, pulverizada por el viento, corroída por la lluvia… Todo camina hacia un verdadero equilibrio de creciente estabilidad. Insensiblemente, hurtándose el fenómeno a los hombres que no profundizan en el estudio de la evolución, la colectividad humana va destruyendo privilegios y acercándose indefinidamente a una organización basada en la Naturaleza. Lo cual, lejos de constituir un retroceso, es la realización plana de la ley progresiva que pone de acuerdo la obra del hombre con el ambiente en que ha de desenvolverse su vida.

Por encima de las sutilezas jurídicas, mucho más fuerte que las escrituras notariales, con vigor que no puede detenerse ante minucias de leguleyos, se alza un derecho inmutable, imperecedero, invencible: el que adquiere todo individuo en el instante de ser engendrado. Derecho y deber de vivir, puesto que, en aras de la utilidad social, se le prohíbe renunciar a seguir viviendo.

¿Qué respetos merece un título de propiedad que dé apariencia de legítimo al capricho criminal de privar de sustento a millares de familias para que un privilegiado se divierta cazando tres o cuatro días cada año? El aparato coactivo de la asociación humana ¿puede y debe servir para amparar esa injusticia?

*

Los colonos desahuciados de esas fincas salmantinas piden que se les reconozca el derecho a volver a ellas. Defienden su vida y las de sus familias, infinitamente más digna de ser protegida por la ley que la afición cinegética.

En toda España existen casos semejantes. Esperamos que los encargados de realizar la tan discutida reforma agraria procurarán mitigar esas injusticias, mientras llega el momento de extirpar el mal arrancando sus raíces seculares.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 13 noviembre 2011.

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