¿Fracaso?

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de agosto de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Es lamentable que nuestros más autorizados escritores acojan con júbilo la menor noticia desfavorable para la socialización, y sin comprobarla la utilicen como base de ataques a lo que no es, a fin de cuentas, sino una elevada y noble apetencia de justicia social.

Los defensores incondicionales del individualismo y la propiedad arremeten contra cualquier doctrina que no admita sus principios, y para ello no aducen razonamientos, sino que, elevando a la categoría de tales la rutina y el egoísmo de los privilegiados, califican de «absurdo» cuanto no entre en el estrecho horizonte de su arcaica concepción de la vida.

Bien está que los ignorantes, los que no saben más que lo que ven y no ven más que lo que les dejan ver, rechacen como imposible todo aquello que, rompiendo viejas costumbres, señale caminos nuevos. Mas eso no es admisible en personas que por su cultura y sus actividades deben aceptar como «posible» cuanto no rechace en definitiva la razón o no se halle en pugna con las leyes naturales. Negarse a admitir en hipótesis un mejoramiento de la Humanidad es practicar el peor de los «nihilismos».

Así se da el caso peregrino de que los que combaten el materialismo por considerarlo vacío de contenido espiritual, demuestran carcer de fe en la obra redentora del hombre. Cristóbal de Castro, en su artículo «El viraje ruso», publicado recientemente, tras de afirmar que los Soviets han fracasado en su intento de socialización de la tierra, escribe: «… Los grandes (cultivos) van de capa caída, porque representan el mayor absurdo del Mundo, que es el cultivo espontáneo, voluntario, de una tierra que no es del cultivador».

En cambio, defienden el reparto, siendo así que tal medida sólo puede remediar el daño provisionalmente, puesto que según aumente la población, las parcelas habrán de disminuirse en sucesivos repartos, además de entrañar las desventajas inherentes al cultivo en pequeña escala.

Combaten los intentos de colectivización realizados en Rusia, y aseguran su fracaso interpretando erróneamente los hechos. Admitamos que tales ensayos presenten multitud de lagunas y no pocas equivocaciones. ¿Cómo se atreven a deducir de las deficiencias que haya en un sistema que sólo lleva meses en práctica su definitivo fracaso, mientras no reconocen el del capitalismo y la propiedad privada, que se hallan cada vez en peor estado, no obstante contar con muchas centurias de existencia?

Veamos ahora el fondo de la cuestión. Analicemos los hechos y obtengamos de tal estudio las consecuencias que lógicamente se desprendan. El mencionado escritor —cuyos méritos reconocemos— afirma que Rusia hace un viraje hacia la propiedad individual; se basa para opinar así en las declaraciones de Stalin: «No es posible edificar por la fuerza economías colectivas». Y también: «En la determinación del ritmo y de los métodos de construcción de esas economías hay que tener en cuenta la adhesión espontánea, voluntaria, de los campesinos…».

Mas no existe ese viraje, puesto que Stalin no ha intentado nunca la colectivización obligatoria de las tierras. Cierto que algunas comunas se crearon por la fuerza; pero no por orden de las autoridades soviéticas ni porque así estuviera proyectado por sus técnicos.

A. L. Strong, en su obra Cómo se colectiviza el campo en Rusia, expone los hechos que han dado lugar al equívoco. «Muchas colectivas —escribe— se organizaron a fuerza de amenazas y ahora se deshacen. También hubo casos de confiscación de bienes de familias [palabra de difícil lectura]». Y tan contrario era todo esto al plan establecido, que, según Strong, tales extralimitaciones determinaron, sólo en la región de Hopiorsk (Bajo Volga), la destitución de ciento ocho funcionarios. Nadie puede juzgar un sistema por lo que, apartándose de él, hagan unos individuos que han sufrido sanción por su poco fiel cumplimiento de las órdenes que recibieran.

Claramente se deduce de aquí lo sucedido. Las palabras de Stalin en su artículo «Los éxitos nos hacen perder la cabeza», no denotan que exista viraje o cambio alguno en la dirección colectivizadora. Expresan, sencillamente, que alentados por la eficacia del trabajo en común, algunos funcionarios pretendieron hacer obligatorio el ingreso de campesinos en los «artel» que se crearon y siguieron como voluntarios. La lucha contra los «kulak» no ha tenido por objeto obligarles a entrar en las «kolkoses», sino combatir a los adversarios de la socialización. «El kulak posee los instrumentos y medios de producción, los cuales emplea para avasallar a los campesinos pobres», decía Stalin en su discurso de 27 de Diciembre de 1929.

Claramente se infiere de lo que el mismo estadista ruso expone en el citado artículo que las imposiciones de los funcionarios son ajenas y aun contrarias a la doctrina defendida por las autoridades soviéticas: «¿Puede afirmarse que el principio de la espontaneidad y el de la observancia de las condiciones locales no han sido violados?. Desgraciadamente, no».

*

Respecto a las ventajas de la colectivización sobre la propiedad y el cultivo individuales, bastará citar algunas cifras. Leamos el ejemplo señalado por Strong. «En el pueblo de Naikova vive Margarita Klaus, una viuda con cuatro niños, dos de los cuales son ya bastante crecidos para trabajar… Un día su hijo trabaja transportando agua; otro, su hija desmenuza mijo; otro, toda la familia trabaja en el desgranador. Con un total de trabajo de ochenta días por un adulto (o veintidós días por tres adultos de su familia), Margarita gana su parte en la cosecha. En la época de ésta le dan bastante pan, mijo, grano y verduras para alimentar a toda la familia durante el año, y, además, le dan 74 rublos en dinero. Esto es, aproximadamente, lo mismo que sacaba antes trabajando continuamente durante todo el año toda la familia. Cada adulto —agrega—, a cambio de un mes de trabajo, recibe comida para él y para un niño». Porque el cultivo en común ahorra gran cantidad de energías y permite el empleo de maquinaria y la aplicación de planes únicos de explotación en grandes extensiones. Estas positivas ventajas las comprenderán antes o después todos los hombres. Y la obra del escritor debe consistir en facilitar esa comprensión, no en fomentar y aplaudir el apego atávico a la eterna penuria perpetuada en lo porvenir en torno a un título de propiedad que no garantiza siquiera la subsistencia de sus beneficiarios.

Tal vez un mendigo se resista a abandonar sus harapos llenos de suciedad, contaminados de gérmenes morbosos, rechazando las vestiduras cómodas, nuevas e higiénicas que se le brinden; pero ningún amante del progreso aplaudirá esa lamentable y perniciosa obstinación. No; si los campesinos «ceden los tractores y la maravillosa maquinaria por el cultivo de una tierra suya, aunque la labre con vacas» y —añadimos— aunque se muera de hambre sobre ella, debemos llevar a su inteligencia la necesidad de que se redima y disfrute de una vida sin miseria, sin esclavitud, sin ignorancia, sin penalidades.

Por otra parte, la colectivización no ha fracasado en Rusia. En un año ha habido comuna que ha aumentado de 35 a 957 familias. En mucho menos tiempo, las tierras colectivizadas se han elevado de 77 millones a 206 millones de acres, es decir, desde el 16 hasta el 52 por 100 del terreno arable de la U. R. S. S. El ganado colectivizado varió desde el 5,5 al 44 por 100. Regiones hay en que el 48 por 100 de los campesinos están colectivizados, y la proporción sigue aumentando incesantemente.

Finalmente, se ha iniciado algo de inmensa trascendencia por marcar un avance formidable en el camino de la socialización: la ciudad-hacienda de Filonova. Pero de eso trataremos en un próximo artículo.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Martes 6 diciembre 2011.

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