Billetes de caridad

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 20 de agosto de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Una reciente disposición del ministerio de Obras públicas restringe severamente la concesión y el uso de los llamados «billetes de caridad» (denominación inadecuada, ya que con ellos no se viaja gratuitamente, sino pagando la mitad de lo que cuesta el billete ordinario). Fúndase la determinación, según parece, en abusos comprobados; se alega que los utilizan personas acomodadas, y que algunas de ellas ocupan asientos de clase superior satisfaciendo la diferencia de coste, lo que demuestra que pueden pagar billete entero de tercera clase.

Lamentamos tener que censurar las medidas adoptadas en el mencionado sentido, porque las hallamos absolutamente equivocadas y, lo que es más importante, absurdas cuando quien las adopta es un gobernante socialista (1).

En primer lugar, en los actuales tiempos, viajar es siempre una necesidad, cuya satisfacción no debe ser privilegio de los acomodados. Aun en los casos aludidos en el preámbulo de la disposición, en que un ciudadano se traslada al campo o a una playa para disfrutar, durante unos días, de reposo y distracción, el viaje es, cuando menos, de utilidad individual y social; buena prueba de ello es que el Estado y sus organismos locales organizan y sostienen colonias escolares en beneficio de la salud infantil.

Si para los niños es necesario, ¿no ha de serlo para quienes estén todo el año sometidos a trabajos manuales e intelectuales agotadores? Precisamente los higienistas se han ocupado de esto, considerándolo como un problema de urgente solución. La legislación obrera ha establecido las vacaciones remuneradas, consagrando así como «necesidad» el descanso anual.

Se exigirá en lo sucesivo, para la concesión de esos billetes, que quien haya de utilizarlos esté provisto de cédula «de última clase». He aquí un requisito disparatado. Un modesto escribiente que satisfaga alquiler de vivienda de «quince duros» mensuales, paga cédula de clase superior. Quien tenga familia numerosa, ¿no es «pobre» porque necesite gastar en alquileres la mitad de sus ingresos? Ésa es una de las bases de la clasificación. Y otra es la de los sueldos: de donde resulta que un empleado, con mujer y siete hijos, si gana cincuenta o sesenta duros al mes, tampoco es bastante «pobre» para disfrutar de viajes a precio reducido.

La serie de trámites ahora establecidos exigirá la petición de los billetes con gran anticipación, lo que impedirá que puedan utilizarse para casos de urgencia. Un pobre no tendrá posibilidad de acudir junto al lecho de su padre moribundo; esa necesidad sentimental no están autorizados para sentirla —según parece— más que los ricos.

Donde culmina la injusticia es en la disposición que ordena que los repetidos billetes sólo sirvan para los trenes mixtos y mensajerías. Cuantos hemos tenido que utilizar esos trenes sabemos hasta qué punto son molestos. El peso enorme que arrastran los hace lentos, y son interminables sus paradas, precisas para carga y descarga de mercancías, separación de vagones, etc. El material es antiguo, sin ninguna comodidad, con alumbrado casi inútil y calefacción ineficaz. Por lo que se ve, los pobres son personas de calidad inferior, que no padecen, sin sensibilidad. Un mismo individuo merece comodidades si puede pagarlas; en caso contrario, no; la conclusión es desconcertante.

Supongamos que se trata de un viaje de Madrid a Valencia: el recorrido puede hacerse en once horas, saliendo el viajero después de cenar, para llegar a la ciudad del Turia a la hora del desayuno; lo frecuente es no comer durante la noche. Si el viajero es pobre, mejor dicho, si usa billete de caridad, ha de estar «¡veintitrés horas!» en el tren, lo que implica la precisión de hacer en el camino tres o cuatro comidas. Nos explicaríamos que un ministro de la monarquía, acostumbrado al lujo e ignorante de las miserias ajenas, no concediera importancia a esos «pequeños detalles»; pero nos parece absurdo que haga lo mismo un gobernante que conoce muy de cerca las penalidades y los problemas de los humildes.

*

La dirección señalada por la disposición que comentamos es absolutamente contraria a la que podía y debía seguir un Gobierno socialista. Viajar es necesario muchas veces y conveniente las demás. No hace mucho tiempo, en estas columnas, un estimado compañero afirmaba que nada favorece tanto la cultura social como los viajes. En consecuencia, un gobernante que se precie de amar el progreso debe aumentar incesantemente las facilidades para que viajen los pobres, que son los que menos pueden hacerlo y los que más afán de ilustrarse tienen.

Estas medidas de restricción no benefician a nadie, ni a las Compañías ferroviarias (porque les convienen más mil viajes a mitad de precios que cien ordinarios) ni al Estado, porque éste percibe en todos los billetes los impuestos que le corresponden.

Esperemos que el ministro de Obras públicas rectificará esas disposiciones, que estimamos perjudiciales e injustas. Bien está que se corrijan abusos y se eviten especulaciones ilícitas; pero de ningún modo debe perjudicarse a los desheredados, sino ayudarles a conquistar las comodidades a que tienen derecho todos los hombres.

Es lo menos que puede hacer un ministro socialista de una República liberal y democrática de trabajadores.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

[1] Ocupaba a la sazón la cartera de Obras Públicas en el 2.º gobierno presidido por Azaña el socialista Indalecio Prieto, compañero de prisión de Hernández Alfonso en la Cárcel Modelo de Madrid a raíz de la sublevación de Jaca. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Miércoles 7 diciembre 2011.

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