Paz imprudente

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 15 de septiembre de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

«Si vis pacem, para bellum.»

He aquí una máxima olvidada hasta ahora por nuestra República. Ahíta de entusiasmo, convencida de su fortaleza, creyó posible eliminar de su camino toda violencia. Sin una sola mancha de sangre enemiga en su blanca túnica, sin el menor acuciamiento íntimo a la venganza y aun sin el justiciero afán de castigar ultrajes, la República ha caminado al descubierto por un sendero en cuyos bordes viven y esconden sus odios los que no hace aún mucho eran dueños y señores del territorio que ha de cruzar.

El 14 de Abril fue una batalla en la que el vencedor enarboló bandera blanca, mientras el vencido se limitaba a arriar la suya en espera de mejor ocasión para desplegarla. No fue preciso que los monárquicos suplicasen la paz; los republicanos la ofrecieron, magnánimos y torpes, permitiendo que la hidalguía semejase temor y la benevolencia incapacidad.

¡Cuántas veces oímos decir, a personas situadas en las alturas del nuevo régimen, que la República no necesitaría adoptar medidas de excepción! Nosotros sabíamos que aquella confianza encubría un abismo de temeridad. Los hechos han venido a demostrar que también en la paz hay imprudencia. Sin guerra fuerte no hay paz duradera. Por ley natural, el vencido no la acata sino cuando se le priva de posibilidad para seguir luchando y de esperanza en verse triunfador.

Pecó la República por exceso de buena fe y un poco también por exagerada estimación de su potencia ideológica. Creyó que para todos los hombres son respetables por igual conceptos que sólo comprenden quienes tienen el corazón limpio y la conciencia exigente. El quijotismo —que es, entre nosotros, una virtud y una enfermedad— nos lleva a situaciones peligrosas. Es muy hidalgo, pero muy imprudente, esperar, sin moverse, a que el adversario, tendido por un bote de lanza, vuelva a ponerse en pie; seguramente él nos remataría si una vez lograse derribarnos.

¿Cómo explicar ese «pacifismo» extraño? Para el pueblo, basta el triunfo; no mide los peligros que oculta, porque no se detiene a examinarlos. Ahí están los gobernantes, en quienes delega provisionalmente su soberanía y a quienes concede un amplio margen de confianza. Las revoluciones las hace el pueblo; pero las inician, dirigen y encauzan los caudillos. Nosotros no hemos tenido revolución. Los encargados de acaudillarnos han preferido discurrir por el camino momentáneamente más fácil; mas ese camino es simplemente el de la mediocridad. Un país no puede entrar en nueva vida por tan mezquina puerta.

Nada varió radicalmente en nuestra política. La suave pendiente, el untuoso plano inclinado, siguió haciendo su oficio. Continuó el «modus vivendi», la política de «ir tirando», ya consuetudinaria en España. Las máquinas siguieron funcionando con todos sus ya clásicos defectos, con sus ejes torcidos, sus engranajes imperfectos, sus ruedas averiadas…

Lo peor es que, en este caso, las ruedas y los ejes tienen voluntad y, a sus defectos inevitables, unen la acción malintencionada, fuente de sabotaje continuo, anulador del esfuerzo útil del mecanismo. Entre tanto, hay ruedas y ejes sin tacha olvidados por doquiera, enmoheciéndose en la forzada ociosidad.

La obra revolucionaria consta de dos procesos: el primero es el de destrucción de lo inútil y, sobre todo, de lo perjudicial; el segundo, el de construcción del nuevo mecanismo. Los dirigentes de una revolución pueden quizá dejar a sus sucesores el segundo proceso, sin que ello signifique negligencia grave; mas no cumplen la misión que se les confiara si no realizan enérgica y definitivamente el primero. Por lo general, no son los caudillos revolucionarios los que han de asumir después el poder; su obra es la más ingrata, y se comprenden que sientan la tentación de resarcirse de sus sacrificios. Sin embargo, nadie está obligado a conducir revoluciones; si lo hacen, no deben abandonar la lucha penosa por la «paz imprudente», dejando en pie aquello que tienen obligación de destruir.

Ocurre en este último caso que o no se construye nada o lo poco que puede edificarse se alza sobre viejos e inútiles cimientos, lo que hace inestable y precaria su existencia. Ahora, a los diecisiete meses de República, ha de emprenderse una depuración que pudo y debió estar concluida en los primeros días del nuevo régimen, cuando cualquier medida, por rigurosa que fuere, es acatada sin protestas merced a la natural excepcionalidad de las circunstancias.

Se ha usado de excesivo legalismo; los enemigos han sido respetados con benevolencia que no agradecen porque les humilla; los verdaderos amigos han de encontrarse en el caso de sostener a la República sin recompensa y aun sin compensación de sus sacrificios. ¿Es así como se robustece una institución que da sus primeros pasos? Estamos seguros de que no.

Lo acontecimientos, obligando cada instante a «tejer y destejer», se encargarán de demostrar que no nos equivocamos, que al opinar así no hacemos sino advertir un peligro y pedir que se conjure, si aun es tiempo.

Y no olviden los encargados de gobernarnos que no puede ponerse cada quince días en pie de guerra a un pueblo a quien se le ha hecho permanecer en pie de paz cuando era natural y conveniente la lucha. Se pondrá un día; indudable. Mas entonces irá, espontáneamente, hasta donde quiera, ya no hasta donde pretendan llevarle los que antes lo contuvieron.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 10 diciembre 2011.

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