Las sopas de leche

Cuento inédito de Luis Hernández Alfonso perteneciente a su álbum autógrafo titulado Navidad 1940, dedicado a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y escrito desde la cárcel en Granada, en diciembre de ese mismo año.

LAS SOPAS DE LECHE

Cuento de Nochebuena.

I

Los picachos de la sierra destacaban su albura sobre un cielo oscuro, casi negro, en el que brillaban las estrellas como ojos de ángeles en la inmensidad. Pero no solo había nieve en aquellas cumbres: también las laderas y el valle estaban blancos y reflejaban una luz indecisa que parecía aumentar el frío de la noche.

En la parte más escondida entre los montes, junto a un arroyuelo que no se había helado aún, la aldea agrupaba sus casitas humildes, de amarillas paredes y rojos tejados. Y, como un pastor que, inmóvil, custodiase sus ovejas, la torre se alzaba con su aguda techumbre y sus ventanas, en las que las campanas parecían dormir.

A medio kilómetro de la aldea, justamente entre los primeros árboles de un bosquecillo, había una cabaña de troncos. Era muy pequeña; los caminantes apenas se daban cuenta de que estaba allí, tan insignificante parecía en el conjunto del valle. Pero estaba, y en ella vivían una viejecita y su nieto. La mujer era delgadita y los años y las fatigas la habian encorvado, arrugando su piel y haciéndola parecer un haz de sarmientos. El niño era rubio, gordito y colorado; la abuela decía que, por su travesura, parecía más un diablillo que un querube; pero quería mucho a aquella criatura que ahora tenía solo seis años y que había perdido a su madre cuando aún no había cumplido los tres.

Era Nochebuena. El diablillo había ido a jugar al pueblo por la tarde; el reloj de la iglesia dió las campanadas de las ocho y aún no había vuelto. La viejecita, mientras añadía leña al fuego que ardía alegremente en la chimenea y ponía a la lumbre una olla de leche, murmuraba:

—¡Demonio de chiquillo! Las ocho ya y todavía no viene… ¡Con tal de que no le haya pasado nada…!

La ancianita cortó pan para las sopas, echó azúcar en la leche y pronto la olla cantó una canción sobre las llamas del hogar. «Glu-glu-glu». Y un pajarito, descansando un momento en alguna desnuda rama, para tomar fuerzas con que volar hasta su nido, parecía contestar al canto de las sopas de leche con su «Pio-pio… pio-pio».

II

 Juanito, al salir del pueblo un rato antes para ir a la cabaña donde le esperaba su abuelita, había encontrado, al borde del camino, a un niño y una niña. Hacía frío y el diablillo, con su gorra de lana metida hasta las orejas y la bufanda subida hasta el gorro, dejando solo el espacio preciso para mirar dónde ponía los pies, andaba de prisa; llevaba las manos en los bolsillos de su abriguito y pensaba con delicia en el fuego que ardería en la cabaña, y en las ricas sopas de leche que su abuelita le había prometido para cena.

—Hoy es Nochebuena —habíale dicho la anciana— y hay que celebrarlo. Somos muy pobres; pero no nos faltarán pan, leche y azúcar. ¡Verás qué bien cenamos!

El encuentro con los niños le hizo olvidar todo aquello. Eran casi de su misma edad, un poquito mayor la niña. Y los dos iban medio desnudos y con los pies descalzos. Juanito se quedó asombrado. ¡Cuánto frío debían tener!

—¿Adónde váis? —les preguntó cuando pasó el primer momento de sorpresa.

—A cualquier sitio donde haga calor —contestó débilmente la niña.

—¿Y por qué no os vais a vuestra casa? Vuestra abuelita debe estar esperándoos.

—No tenemos casa ni abuelita.

Juanito abrió los ojos, extrañado. ¿Cómo era posible aquello…? Para él, todos los niños tenían una casa con fuego en el hogar y una abuelita que les preparase sopas de leche en Nochebuena.

—Los niños no deben mentir; eso está muy feo. Mi abuelita dice que es pecado —contestó, como enfadado, creyendo que la niña pretendía burlarse de él.

—No miento —exclamó la pequeña con voz muy débil—. Nosotros no tenemos casa ni nos espera nuestra abuelita. Se murió hace mucho tiempo, como papá y mamá.

Y en los ojos de la niña asomaron lágrimas. Juanito, al verlo, estuvo también a punto de llorar; era un buen muchacho y el dolor ajeno le encogía el corazón.

—No llores, niña. Yo no quiero que te pongas triste. Quisiera que tuvierais casa, como yo, y una abuelita que os preparase sopas de leche en Nochebuena…

El otro pequeñuelo, que permanecía callado al borde del sendero, abrió mucho los ojos y contempló a Juanito con admiración.

—¡Sopas de leche! —murmuró— ¡Y estarán calientes y dulces..!

Juanito siente que su alegría se le escapa del cuerpo; piensa que no podrá encontrar dulces ni calientes las sopas de su abuelita mientras aquellos niños, llenos de frío y de hambre, vayan pisando nieve, descalzos.

No duda más; y cogiendo de la mano a los dos vagabundos, les dice:

—Venid conmigo. Os daré parte de mi cena y podréis calentaros en la lumbre de nuestra cabaña.

III

Apenas habían echado a andar los tres hacia la cabaña, se oyeron las campanas del reloj de la torre.

—¡Qué tarde es ya! —pensó Juanito. ¿Qué diría su abuelita, que le había encargado que volviera temprano? El encuentro con los niños le había entretenido. Estaría muy enfadada… Y, además, ¿no le regañaría por llevar a los vagabundos?

El chiquillo, conforme se aproximaban al bosque experimentaba mayor inquietud. En vano buscaba palabras para explicar su retraso y convencer a su abuela de que le hubiera sido imposible dejar a los dos niños andando en la noche por los campos nevados.

Repentinamente, recordó unas frases que oyera una vez a un viejecito que fumaba su pipa al sol, un domingo, en la plaza del pueblo.

«Hay que dar de comer al que tiene hambre y cama al que no tiene dónde dormir. El que come y duerme sin preocuparse de los demás, es malo y nunca podrá estar contento».

Aquella idea le confortó. Desapareció su miedo y la sonrisa volvió a iluminar sus ojos y alegrar su carita, casi completamente oculta por la bufanda y el gorro.

Valientemente, llamó en la puerta de la cabaña. Abrió la abuelita y miró, asombrada, el grupo de los tres chiquillos. Por el hueco, una oleada de aire caliente los envolvió como inefable caricia.

—¡Abuelita! —dijo Juanito—. Estos niños no tienen casa, ni cama, ni lumbre… Yo quiero partir con ellos las sopas de leche que has hecho para mí…

Y mira a la anciana, temeroso aún de que se enfade. Pero no es así. La abuela (que ha cerrado la puerta, después de hacer entrar a los niños) abraza a su nieto, exclamando, cariñosamente:

—¡Dios te bendiga, hijo mío! No necesitas partir con ellos tus sopas; yo haré más de las que podáis comeros.

IV

Al amor del fuego, que arde con llamas rojas, blancas y amarillas, y del que saltan chispas brillantes con alegre ruido, han comido los cuatro las sopas de leche que hizo la abuela.

Después, con pieles de cordero, blancas como la nieve, pero calientes como el suave rescoldo de una hoguera, se ha improvisado una cama para los dos vagabundos, quienes, rendidos de fatiga, se han dormido inmediatamente.

—Abuelita —dice Juanito mientras la anciana lo desnuda—. Mañana los pobrecitos se irán otra vez a pisar nieve…

Hay tal pena en la voz del niño, que la abuela se estremece. Besa a su nieto y exclama, enternecida:

—No; no se irán ya, Juanito. Se quedarán con nosotros…

—¿Y ya no tendrán frío ni hambre, abuelita?

—No… ¿Estás contento?

—¡Sí! ¡Muy contento..!

Juanito se acuesta, pensando que nunca ha comido sopas tan dulces; y, cuando se duerme, sueña que dos ángeles (la niña y el niño que duermen entre pieles en un rincón de la cabaña) le llevan en volandas por encima de un campo lleno de flores y bañado por un radiante sol de primavera que brilla en un cielo azul, sereno y luminoso…

[Luis Hernández Alfonso]

~ por rennichi59 en Domingo 25 diciembre 2011.

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