Los ladrones misteriosos

Cuento inédito de Luis Hernández Alfonso perteneciente a su álbum autógrafo titulado Navidad 1940, dedicado a su hija María Consuelo Hernández Rodríguez (1931-2003) y escrito desde la cárcel en Granada, en diciembre de ese mismo año.

Los ladrones misteriosos.

El dueño de una tienda de comestibles estaba muy disgustado porque diariamente advertía la desaparición de varios huevos; vigilaba la entrada y salida de los parroquianos, sin lograr descubrir nada. Y pronto pudo convencerse de que la sustracción de los huevos se verificaba durante la noche.

Los contaba cuidadosamente alguna vez, al cerrar la tienda; y, al abrirla por la mañana, comprobaba que alguien se había llevado cuatro o seis huevos. Era para desesperarse: estaba seguro de que en el establecimiento no podía entrar nadie y, además, nunca había señales de qie se hubiera forzado la cerradura. Todo aparecía en orden, la barra de hierro puesta y sin rastro de los ladrones nocturnos.

Se lamentaba el tendero amargamente un día delante de su mujer, la cual le replicó:

—Eso no puede ser, Manolo. Si no entra nadie en la tienda ¿cómo van a desaparecer los huevos? Sin duda es que no los contáis bien… a no ser que Juan, tu dependiente, los coja al abrir, antes de contarlos tú.

—No, María; no es eso. Juan es un muchacho honrado y por nada del mundo me engañaría.

—Entonces ¡como no sean los ratones..! —exclamó la mujer en broma.

—Si fueran lo ratones, se comerían los huevos —contestó muy seriamente el marido— pero dejarían las cáscaras en el lugar del robo.

Dispuesto a aclarar el enigma, el dueño de la tienda decidió quedarse de guardia una noche en el establecimiento; cerró éste como de costumbre y, tras de apagar las lámparas, se situó en un escondite desde el cual, a la claridad de la luna, que penetraba por un montante, veía perfectamente el cajón lleno de huevos, que formaban una pirámide blanca en la oscuridad circundante. El dueño permaneció más de una hora inmóvil, respirando muy quedamente, en evitación de que los ladrones misteriosos se dieran cuenta de que se les esperaba.

Al cabo de ese tiempo, cuando ya el pobre hombre comenzaba a cansarse de su forzosa inmovilidad, un ruido insignificante le hizo ponerse en guardia. ¿Qué era aquello..?

No parecía el estrépito de un cerrojo saltado, ni siquiera el sonido que produce una llave al girar en la cerradura. No; era muy distinto.

Esforzóse en descubrir la causa; y se quedó mudo de sorpresa al ver dos ratoncitos que, saliendo se un agujero, se encaminaban al cajón. Una vez allí, uno de los animalitos, saltó ágilmente sobre la pirámide, mientras el otro se quedaba [a]bajo, levantando el hociquillo. El ratón que había subido, cogió con sus cuatro patitas, un huevo; y así, abrazado a él y protegiéndolo con su cuerpo, se dejó caer de espaldas al suelo; entonces el otro ratón, cogiendo con sus dientes el rabo de su compañero (que continuaba abrazado al huevo) lo arrastró hasta el agujero, por donde desaparecieron ambos. Cuatro veces más se repitió la maniobra.

Y así comprobó Manuel que, a fuerza de ingenio, los ratones habían encontrado la manera de robarle huevos, sin que hubiera roturas.

[Luis Hernández Alfonso]

~ por rennichi59 en Domingo 8 enero 2012.

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