Charles Dickens, «David Copperfield» (1971)

Charles Dickens

David Copperfield

Editorial Castro – Madrid, 1971 (Colección Faro)

Versión al español por J. Vallés Sierra

Prólogo de Luis Hernández Alfonso.

Carlos Juan Huffan Dickens nació el 7 de febrero de 1812 en Landport, un suburbio de Portsmouth, donde estaba empleado su padre, hombre modesto, apático, buena persona, pero abúlico y despreocupado.

Carlos era enfermizo, débil, y su madre procuraba corregir, con su atención, la falta de vigor natural del muchacho. Al cumplir siete años, ingresó en una escuela elemental, donde estudió durante dos. Pero la familia se hallaba en la penuria: la acosaban los acreedores, y, huyendo de ellos, se trasladó, primero a Chatham, y después a Londres. De nada sirvió esa fuga, porque, con arreglo a la despiadada legislación inglesa de entonces, el padre de Carlos fue encarcelado en la prisión por deudas (Marshalsea), y el humilde mobiliario de la familia se vendió en pública subasta (1824). El padre estuvo preso durante dos largos años, y allí habían de acudir madre e hijo cuando no tenían techo en que cobijarse ni comida que llevarse a la boca. El recuerdo de aquella terrible experiencia de la infancia inspiró a Dickens, años después, una de sus mejores novelas, La pequeña Dorrit, que, por cierto, contribuyó decisivamente a la supresión de la injusta e ignominiosa prisión por deudas en el Reino Unido.

Entre tanto, la abnegada madre procuraba, por todos los medios, atender a la educación de su hijo, el cual leía cuantos libros le era posible hallar. Una inesperada herencia puso fin a la calamitosa situación familiar. El padre pudo abandonar la prisión y reconstituir el hogar. Carlos estudió durante dos años en un colegio de Hampstead Road, y, al cumplir los quince, fue admitido como escribiente en el despacho de un procurador. En sus ratos libres, el jovenzuelo frecuentaba la biblioteca del Museo Británico, pues estaba deseoso de adquirir una amplia cultura. Con miras al periodismo, se dedicó afanosamente a la taquigrafía, en la que consiguió maestría. De ese modo pudo colaborar en la prensa (1828) recogiendo los discursos parlamentarios, labor en que demostró precoces capacidades de redacción y buen estilo.

Ya lanzado de lleno al periodismo, ingresó, en 1835, como redactor en el «Morning Chronicle», de gran difusión entonces. Su porvenir parecía asegurado ya, y ello le movió a contraer matrimonio, lo que hizo al año siguiente con Catalina Hogarth, hija de un compañero de trabajo. Deseando ampliar el ámbito de sus actividades literarias, hasta allí circunscritas al periodismo, comenzó una de sus más famosas novelas: Papeles póstumos del Club Pickwick. El éxito fue rápido y rotundo, tanto que, cuando en 1837 se publicó el libro completo, se vendieron inmediatamente los 40.000 ejemplares. Verdaderamente, los personajes de la obra están pintados de modo tan magistral, que nada tiene de extraño que el público se encariñara con ellos, especialmente con el protagonista, Pickwick, especie de Quijote del siglo XIX, y con su criado Sam.

Carlos Dickens, estimulado por aquel triunfo fabuloso, entregóse con ardor a la novela. Escribió seguidamente Oliverio Twist (o El hijo de la parroquia), obra que valió a su autor 2.500 libras esterlinas. Lanzó luego Nicolás Nickleby (1839), Almacén de antigüedades (1840-1841) y Bernabé Rudge, libros todos que tuvieron gran acogida. El autor fue nombrado hijo adoptivo de Edimburgo (Escocia). Fundó el periódico «Master Humphrey’s Clock» y emprendió su primer viaje a los Estados Unidos, donde fue recibido con los máximos honores y entre el entusiasmo popular. A su regresó publicó Notas americanas, que contenían acerbas críticas de la sociedad de aquel país, especialmente de los potentados, dueños de esclavos y plutócratas. Como era lógico esperar, los norteamericanos le tacharon de ingrato y de parcial.

En 1843 publicó dos nuevas obras: Martin Chuzzlewit (una de las mejores suyas) y el delicioso Cántico de Navidad. El exceso de trabajo empezó a minar la salud de Dickens, el cual se hizo algo irritable. Vivía con holgura, le rodeaba una aureola envidiable; pero él estaba descontento. Creía —y acaso tuviese razón— que los editores abusaban de él, explotándole. Para cambiar de ambiente, y fatigado por aquellas discusiones, marchó a Italia, en 1844, donde pasó una breve temporada. Al regresar, organizó representaciones teatrales y escribió otra de sus obras maestras: El grillo del hogar, que obtuvo gran éxito. Inmediatamente después, añorando sin duda sus días de periodismo, fundó el «Daily News».

En 1849, a pesar del quebrantamiento de su salud, escribe DAVID COPPERFIELD, novela que, según apreciación casi unánime de los críticos, puede calificarse de autobiográfica. Sabido es que la mayoría de los novelistas, voluntaria o involuntariamente, ponen en sus obras rasgos o episodios de su propia vida; mas, en este caso, esa circunstancia resulta demasiado evidente para ser casual. DAVID COPPERFIELD no es, no puede ser en modo alguno, obra de pura ficción: es algo vivido, sufrido, experimentado. Por grandes que sean las dotes creadoras de un escritor, no pueden alcanzar, imaginativamente, la intensidad dramática ni el intenso realismo de lo que se ha sentido en la propia carne y de lo que ha herido la propia sensibilidad. Por eso, DAVID COPPERFIELD puede considerarse la más sincera de todas las producciones de Carlos Dickens. Y acaso fuera esa cualidad, percibida por el público, la que proporcionó a su autor una aureola de admiración y de prestigio. Era ya, definitivamente, famoso.

Venciendo su fatiga, Dickens no quiere abandonar la brecha. Quiere seguir adelante, contra viento y marea. Su voluntad es fuerte, aunque sea débil su salud física. Continúa escribiendo, y publica, en 1854, Tiempos difíciles, seguida, dos años después, por otra novela magistral e inolvidable, La pequeña Dorrit, a la que al principio nos referíamos. Poco más tarde, y por causas no esclarecidas aún, Carlos Dickens y su mujer, al cabo de veintidós años de matrimonio y de haber traído diez hijos al mundo, se separan amistosamente. Este es un episodio aparentemente inexplicable y sobre el que, a pesar de los intentos de los biógrafos, no se ha hecho la luz.

Nuestro autor sigue trabajando: en 1859 publica otra novela magnífica, Historia de dos ciudades, obra que consta de dos partes, tituladas El hilo de oro y El eco de la tormenta. Al año siguiente, el infatigable escritor publica Grandes esperanzas. No obstante, se siente nervioso, irritable y desasosegado; a pesar de todo, prosigue su labor, y en 1864 lanza otro libro, titulado Nuestro amigo común. Tal vez para hallar una tregua en sus desasosiegos, emprende, contra el parecer de sus buenos amigos, una serie de lecturas y conferencias públicas en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, donde, olvidando sus sarcasmos y diatribas de las Notas americanas, fue magníficamente acogido y espléndidamente pagado. Esta última gira se realizó en los años 1867 y 1868.

La salud de Dickens era cada vez menos firme. El exceso de trabajo y también, probablemente, el dolor que hubo de producirle la división de la familia (ya que los hijos se repartieron entre los dos cónyuges), acentuaron su enfermedad. No abandonaba su tarea; se mantenía, con gran esfuerzo, en el camino de su vocación, pero la naturaleza tiene sus leyes y las fuerzas humanas sus límites.

Carlos Dickens, el insigne autor al que no sólo su patria sino todo el mundo admiraba, murió el día 9 de junio de 1870, en una pequeña finca que poseía, situada en la periferia de Londres (Gadshill Place), en el camino de Rochester a Gravesend.

Las obras de Dickens tienen un inmenso valor humano y sus personajes son hijos de una penetrante y sagaz observación. Puede asegurarse que han sido arrancados de la realidad y plasmados insuperablemente por el arte descriptivo de este gran escritor.

Su cuantiosa producción ha sido traducida a todos los idiomas, y sería inacabable la lista de ediciones publicadas a lo largo de más de un siglo.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

Madrid y mayo 1971.

~ por rennichi59 en Sábado 28 enero 2012.

4 comentarios to “Charles Dickens, «David Copperfield» (1971)”

  1. Excelente retrato y repaso de la obra de un autor que llenó de luz el oscuro rincón en que, de niño, me debatía: la lectura fue la rehendija por la que veía pasar la vida, como en el mito de la cueva de Platón, y empecé darle nombre a las cosas.
    Gracias, pues, por compartir lo que tu abuelo sabía y amaba.
    Un saludo

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  2. ¡Cuántos, querido amigo, podemos decir —aunque no tan bien como tú lo expresas— lo mismo! ¡Cuánto supuso en nuestras vidas, mentes y corazones infantiles o adolescentes, la lectura de Dickens, de Dumas, de Salgari, de Verne..! Y uno no puede evitar sentir lástima por las generaciones posteriores que se lo han perdido o se lo están perdiendo.
    Gracias por tu comentario.
    Un saludo.

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  3. ¿ Este interesante artículo no podrías incluirlo en Wikipedia ?. Creo que tiene el suficiente interes para incluirlo.

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  4. Muchas gracias por apreciar el prólogo de mi abuelo. No soy demasiado simpatizante de la Wikipedia, y sólo he intervenido en dos o tres ocasiones en ella cuando he detectado datos inexactos o incompletos. Espero que si por lo menos copian el contenido pongan también el nombre del autor.
    Se me ocurre que resulta muy interesante leer un poco en paralelo las dos pequeñas biografías que de Dickens escribió mi abuelo, una en este prólogo de «David Copperfield» y otra en el de «Historia de dos ciudades», a distancia de dos años y para dos editoriales distintas.
    Muchas gracias por tu intervención.

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