Henri Murger, «El Barrio Latino» (1971)

Enrique Murger

El Barrio Latino

Editorial Castro – Madrid, 1971 (Colección Faro)

Versión al español por G. Gallego Maestre

Prólogo de L[uis] Hernández Alfonso.

Enrique Murger nació en el año 1822, en una familia tan modesta que su padre, natural de Saboya, era portero y sastre remendón en un portal de París. Su infancia discurrió, como era natural, en tales circunstancias. Si recibió una enseñanza —y una educación— lo debió a su madre, que procuraba hacer de su hijo algo mejor de lo que eran sus progenitores; tarea nada fácil, puesto que el sastre remendón se proponía que su hijo continuase su humilde oficio, tan honrado y respetable como de escaso porvenir.

El celo de la madre, anhelosa de que su hijo consiguiera elevarse sobre su condición, consiguió la ayuda de un insigne inquilino del inmueble, literato y académico, que gozaba de gran prestigio en París, como autor de muchas obras de muy diversa índole: dramas, tragedias, comedias y libretos de ópera; se llamaba Victor Joseph Étienne, aunque, por el lugar de su nacimiento, se le conocía por «Jouy».

Este hombre de letras, considerando que las dotes intelectuales del muchacho no debían malograrse en una portería ni en un taller de remiendos por todo horizonte, contribuyó muy eficazmente a la educación del futuro literato, y, en cuanto pudo, le proporcionó un empleo más en consonancia con sus aptitudes y sus aspiraciones: el de secretario del conde de Tolstoi, diplomático ruso acreditado en la capital francesa hasta el año 1848. El portero-sastre remendón no se resignaba a semejante «deserción» de su hijo, lo que provocó una ruptura que fue, según testimonios, definitiva.

El joven Enrique Murger se lanzó a la vida bohemia, desordenada y azarosa. No abandonaba sus actividades intelectuales, antes bien, las incrementaba. Pasaba muchas noches en blanco, debido a lo cual su salud, que nunca había sido muy fuerte, comenzó a resentirse profundamente. En tales circunstancias, hubo de emplear su talento en trabajos tan por debajo de su capacidad como el de actuar de «redactor-jefe» de un periódico titulado «El Castor», órgano de los sombrereros parisienses, y escribir cuentecillos para revistas infantiles.

Tuvo, sin embargo, oportunidades que no supo o no quiso aprovechar fructíferamente. La publicación de sus hoy famosas Escenas de la vida bohemia le proporcionó un renombre tan grande como justo: los personajes de ese libro estaban tomados, con sorprendente verismo, del ambiente en que vivía; todos ellos resultaban indiscutiblemente reconocibles…, incluso el autor. El propietario del periódico «El Artista», Arsenio Houssaye, solicitó que colaborase en sus columnas, y, seguidamente, otras publicaciones de la capital —entre ellas nada menos que la célebre «Revue des Deux Mondes», en donde colaboraban los mejores literatos y periodistas franceses— le abrieron sus puertas. Pero él no era capaz de abandonar aquella vida a la que se había entregado. En 1851 publicó EL BARRIO LATINO, con éxito excelente (obra a la que después nos referiremos), y otras novelas que acrecentaron su popularidad. Sin querer darse cuenta del precario estado de su salud, perseveró en su vida desordenada, como si no pudiera desligarse del ambiente descrito en sus primeras producciones. Se hallaba en él «como el pez en el agua», según suele decirse, mas tal agua era como un veneno para su enfermiza naturaleza, minada por los excesos, los insomnios y las zozobras.

A despecho de tan graves obstáculos, escribió, a parte de las obras ya citadas, otras que confirman su poder de observación, de agilidad narrativa y de maestría literaria. Citaremos las siguientes: Claudio y Mariana, Adelina Protat, Baladas y fantasías, La novela de todas las mujeres, Escenas campesinas, La última cita, Las vacaciones de Camila, La señora Olimpia, La zapatilla roja, El fondo de la cesta, Bebedores de agua, El juramento de Horacio, Noches de invierno, La novela de un capuchino, Las astucias de una ingenua, La cena de los funerales, Doña Sirena, Escenas de la vida juvenil, Charlas de la ciudad y del teatro…, a más de artículos periodísticos numerosos. Labor acreditativa de su vocación, habida cuenta de que el autor apenas vivió cuarenta años.

Sintiéndose enfermo, Murger buscó lugar tranquilo y apartado, trasladándose a Marlotte, cerca de Fontainebleau, en 1855. Su salud fue debilitándose, lo que determinó su internamiento en un sanatorio. Seis años después, aquel escritor insigne, que había derrochado su ingenio y malbaratado su vida, murió sin regresar al ambiente que fue para él fuente de gloria y de acabamiento.

Digamos ahora algo respecto al escenario de esta obra y otras del autor: EL BARRIO LATINO. En realidad, el título puesto por Murger a este libro no fue «Le Quartier Latin» (quartier equivale a barrio), sino «Le Pays Latin». Veamos por qué. El «quartier latin» comprendía dos de los actuales arrondissements  o distritos parisienses: el V (Panthéon) y el VI (Luxembourg), ambos situados en la orilla izquierda del Sena, frente a la isla de San Luis, donde se alza el magnífico templo de Nuestra Señora de París, y del Louvre. Es ese barrio se hallan la Sorbona, el Instituto, el Colegio de Francia; las Escuelas Colonial, de Medicina y de Farmacia; el Museo Pedagógico, los liceos de Luis el Grande, de San Luis y de Enrique IV; el colegio de Santa Bárbara, las escuelas Politécnica, de Derecho y de Minas; las bibliotecas Mazarino y Santa Genoveva, el Instituto Agronómico, el museo de Cluny, el palacio del Senado, San Sulpicio, San Germán de los Prados, el Panteón, el Museo, el Jardín Botánico, el Odeón… Es, en consecuencia, un barrio en el que radicaban, y aún radican, gran número de instituciones o centros culturales, científicos y artísticos. Además, en su ámbito alzaron los romanos sus termas y el circo, que hoy se llama «de la rue Monge», por el nombre de la calle que a él conduce.

A mediados del pasado siglo, es decir, cuando Murger escribió sus Escenas de la vida bohemia y BARRIO LATINO (libros que, indudablemente, son total o parcialmente autobiográficos), ese barrio estaba habitado, sobre todo, por estudiantes y lo frecuentaban intelectuales y artistas en general. Por esa circunstancia, el resto de los parisienses lo denominaban, un tanto burlonamente, «el país latino» y no «el barrio latino», por alusión despectiva a los presuntos eruditos que en él desarrollaban —o pretextaban desarrollar— sus actividades de estudio e investigación. Incluso ahora, un siglo después, en ese barrio predominan los estudiantes y los artistas; muchos de éstos, especialmente los pintores, celebran allí sus exposiciones al aire libre, e incluso retratan, al óleo o al pastel, a los turistas en lugares tan típicos como el que ocupa el venerable edificio de Saint Germain-des-Près, punto de reunión de los modernos bohemios, los existencialistas y otros grupos que podríamos calificar —sin menosprecio— de «disidentes». Conserva, en suma, un carácter peculiar, aunque las flores y los frutos hayan variado al correr del tiempo.

L[uis] Hernández Alfonso.

Madrid y mayo 1971.

~ por rennichi59 en Domingo 26 febrero 2012.

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