Daniel Defoe, «Robinson Crusoe» (1969)

Daniel Defoe

Robinson Crusoe

Ediciones Alonso – Madrid, 1969 (Biblioteca de Obras Famosas, n.º 22)

Versión al español de Juan Arce Pujol

Prólogo de Luis Hernández Alfonso.

NOTA PRELIMINAR

Daniel Defoe, autor de la celebérrima obra que hoy publicamos, nació en Londres, el año 1661. Su familia pertenecía al ámbito menestral; su padre ejercía la profesión de carnicero, y su situación económica no era muy holgada. Quiso, no obstante, que su hijo Daniel siguiera la carrera eclesiástica; pero, bien porque el muchacho no sintiese tal vocación, bien porque sus medios económicos no le bastaran… o tal vez por ambas causas, el hecho fue que el futuro gran escritor hubo de abandonar aquellos estudios.

Ocurre, con frecuencia, que la frustración de un proyecto —estimada como un fracaso cuando se produce— dé lugar a insospechados triunfos en otros campos de actividad, confirmando la vieja frase que asegura «no hay mal que por bien no venga». El joven Defoe, al abandonar sus estudios eclesiásticos, intentó resolver su porvenir dedicándose a negocios comerciales. Pero antes se enrola en el ejército del duque de Monmouth, junto al que lucha contra Jacobo II, no sólo con las armas sino también con la pluma. Vencido el duque en Sedgemoor, en 1685, por el conde de Feversham, Defoe se vio en grave peligro, del que logró salvarse. Tres años después, declarose partidario de Guillermo III de Nassau, rey precario de Inglaterra, considerado por muchos como usurpador.

Tras de no pocos riesgos, bélicos y políticos, dedicose, como era su deseo, a los negocios, en los que no le favoreció la fortuna. Su espíritu aventurero no le permitía concentrar su atención en el comercio; viajó por varios países (España entre ellos); y, siendo armador de buques, tuvo que declararse en quiebra y huir de sus numerosos acreedores.

De regreso en Inglaterra (1694), se dedicó plenamente a la literatura, no sólo narrativa, sino también política, social y crítica. Perseverando en su adhesión a Guillermo III, publicó numerosos escritos defendiéndole, entre los cuales deben citarse Ensayo sobre los proyectos (1698), El verdadero inglés y Petición de la Legión (1701). Siguieron otras obras cáusticas, como El más breve modo de acabar con los disidentes, cuya publicación (ya muerto Guillermo) le acarreó verse en la picota y que le cortasen las orejas, amén de sufrir cárcel y fuerte multa. Aquel castigo, que en un ánimo menos firme hubiese significado el fin, en el de Defoe actuó como acicate y le valió un triunfo popular sin precedentes. Su Himno a la picota fue repetido y coreado por todos.

Al salir de la prisión de Newgate, fundó una revista en la que prosiguió sus sátiras y que le ocasionó nuevos procesos y prisiones. Sería demasiado prolija la enumeración de tales vicisitudes, por lo que nos limitaremos a indicarlas, sin entrar en pormenores. Diremos, no obstante, que aquella labor ingente, que contribuyó en gran medida a elevar el nivel cultural del pueblo inglés, le proporcionó un envidiable renombre y le aseguró un considerable desahogo económico.

La reina Ana le amparó contra sus enemigos políticos (a quienes, justo es decirlo, Defoe no dejaba de fustigar duramente con sus sátiras); y el gobierno le encomendó algunas delicadas cuestiones diplomáticas, que llevó a cabo con excelente éxito. Entre tanto, escribió algunos libros notables, como Historia de la Unión de los reinos de Gran Bretaña y Las guerras de Carlos XII.

Pero su consagración literaria definitiva la obtuvo con Vida y aventuras de Robinson Crusoe, novela que es considerada por muchos críticos como iniciación de un nuevo género, llamado a desarrollarse frondosamente. Esta sugestiva narración no es puramente imaginativa, sino que se basa en un hecho real, aunque, como es lógico, su desarrollo y las interesantes incidencias que en ella se describen son debidas a la capacidad creadora del autor.

El hecho real que sirvió de base a la novela de Defoe es el siguiente: un setiembre del año 1704, el contramaestre escocés Alejandro de Selkirk se rebeló contra el capitán del barco en que navegaba; y el capitán, no queriendo ahorcarle en una verga, según solía hacerse por entonces en tales casos, optó por abandonarle en una isla desierta, en el grupo llamado de Juan Fernández, océano Pacífico, a unos setecientos kilómetros de la costa de Chile. El archipiélago, que consta de tres islas bastante separadas entre sí, debe su nombre al marino español Juan Fernández, que lo descubrió en el año 1572; y las islas se denominan Más afuera (o Selkirk), Más a tierra (Robinsón) y Santa Clara. En la de Más a tierra, permaneció Selkirik durante cuatro años, abandonado a sus propios recursos; hasta que, en febrero del 1709, el capitán inglés Wood Roger, al advertir fuego en una isla que siempre había estado deshabitada, se acercó a ella en su buque y rescató al solitario Selkirk, llevándoselo a Inglaterra.

Esta aventura, rigurosamente histórica, le inspiró a Defoe la narración que había de inmortalizarle: ROBINSÓN CRUSOE, obra aparecida en 1719 y que tuvo tan clamorosa acogida, por el concurso de las circunstancias, que en un año se agotaron cuatro ediciones copiosas. A partir de ello, se multiplicaron las imitaciones e incluso las parodias, algunas de ellas ingeniosas y divertidas. El nombre de Robinsón se ha aplicado, desde entonces, en todos los países, a los héroes solitarios y aventureros de cualquier isla.

Traducida a todos los idiomas, esta novela ha sido editada constantemente y constituye un libro imprescindible hasta en la más humilde de las bibliotecas. Pocas obras han tenido y tienen tan extraordinaria difusión. Y casi ninguno ha dado lugar a tan enorme cantidad de plagios, continuaciones, glosas y críticas.

Daniel Defoe no fue tan afortunado en sus obras posteriores, ni siquiera en las dos que escribió como segunda y tercera partes de su ROBINSÓN: bien dice el adagio que «nunca segundas partes fueron buenas»… salvo en dos casos, en los que la segunda supera en calidad a la primera: El Quijote, de Cervantes, y Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro.

Escribió El capitán Singleton (1720), Moll Flanders (1721), El coronel Jacque (1722), Diario del año de la peste (1722), Memorias de un caballero (1724), Lady Roxana (1724), Nuevo viaje alrededor del mundo (1725), Historia política del Diablo (1726), Sistema de magia (1727) y, además, ensayos sobre política, economía, religión, etcétera. Obras meritísimas todas ellas, por su estilo de admirable sencillez; pero que no pudieron eclipsar el éxito de su gran novela, ni lograron —como hubiera sido lógico— sacarle de la pobreza.

Murió, en circunstancias un tanto misteriosas, el 26 de abril de 1731, en el arrabal londinense de Moorfields.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

Madrid, julio 1969.

~ por rennichi59 en Sábado 19 mayo 2012.

2 comentarios to “Daniel Defoe, «Robinson Crusoe» (1969)”

  1. Ha sido estupendo volver a leer este prólogo que aparece en un libro tan apreciado por mí como es “Robinson Crusoe”. Saludos cordiales.

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    • Gracias a Ud. por habernos traído a la memoria, con su cita, este prólogo de Luis Hernández Alfonso que aún no habíamos reproducido en la bitácora. Y también gracias a Ud. hemos conocido que hubo como mínimo una segunda edición de la obra por él prologada, esta vez además con el añadido de las ilustraciones.
      Reciba un saludo muy cordial.

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