Ironías

Relato publicado por Luis Hernández Alfonso el 25 de abril de 1926 en el semanario satírico madrileño «Buen Humor». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. En el número de dicha publicación correspondiente al 17 de enero de 1926, y en la sección «Correspondencia muy particular de “Buen Humor”», se acusa recibo a un lector que firmaba como Lhaisul (seudónimo-anagrama empleado frecuentemente por Hernández Alfonso en la prensa de la época) desde Madrid, con las siguientes palabras: «Queda aceptado su trabajo para publicarse cuando se pueda; aunque le juramos a usted que será mucho antes de la inauguración del tercer trozo de la Gran Vía». Se trata, con seguridad prácticamente total, del presente relato.

Manolo Alijar era un excelente literato. Así lo decían sus amigos aunque no estuviese él delante, prueba evidente de que tal opinión era leal.

Las circunstancias exigieron que como soldado hubiese de marchar a Marruecos abandonando su modesto empleo en una oficina de Madrid. Pasada la campaña y libre de compromisos militares, tornó a la Villa y Corte para comenzar de nuevo la odisea en busca de trabajo.

Las redacciones de los periódicos estaban llenas de solicitudes y en ninguna oficina pudo hallar cabida. Así las cosas, una mañana encontró a un concejal conocido suyo, el cual le dijo después de oír sus lamentaciones:

—¿Por qué no solicita usted una plaza de guardia?

Manolo se quedó estupefacto y luego sonrió como cuando se escucha un absurdo. ¿Qué dirían las musas?

Pero dos o tres días después, reflexionando nuevamente sobre su insostenible situación, llegó a formular una conclusión desconsoladora: ninguna de las nueve musas (creo que son nueve) se había dignado enviarle una modesta credencial. Por lo tanto estaba en su perfecto derecho rompiendo toda relación con ellas. En consecuencia, solicitó la plaza y ocho días después su cráneo repleto de lirismos se cubría con un prosaico casco municipal.

Algunos vates amigos le negaron el saludo. Alijar saboreó el amargo fruto de la idiotez humana y en su interior se felicitó de la ocasión que la suerte le había deparado para conocer el contenido cerebral de aquellos bípedos con pluma.

Entre verduleras y automedontes hacía diariamente su servicio y de vez en cuando, arrimándose a un farol comenzaba un soneto que solía quedar sin concluir porque un viandante le preguntaba al autor la situación de una calle o un chófer había penetrado en una tienda con auto y todo por el escaparate.

Era curiosa su intervención en los mercados.

—Haga el favor de quitar de ahí esa banasta.

—¿Por qué?

—Porque no está permitido interrumpir el paso.

—¡Nos ha amolao!

—Ignoro si la habrán amolao a usted, señora. Pero en toda sociedad bien organizada, las leyes…

—Pues no la quito aunque venga el Diretorio

—Me veré obligado a hacerle cumplir las ordenanzas coactivamente…

—¿Usté a mí? Esa banasta se queda ahí; porque pa eso pago álbitro al Ayuntamiento.

—Señora: eso es una falacia. Partiendo de una premisa falsa, la conclusión no es válida, según la lógica.

Afortunadamente intervenía un compañero:

—¡Hale! U quita la banasta u arreando pa la Tenencia. ¿Qué sos habís figurao? ¡Y poquitas voces! ¡Nos ha jeringao la individua!

Y la banasta desaparecía inmediatemente del lugar en que estorbaba.

Pasando el tiempo, llegó la Fiesta de la Raza. El Ayuntamiento organizó un certamen literario y nuestro amigo envió a él una composición que, por sus méritos indiscutibles obtuvo el primer premio.

Y Manolo Alijar pudo leer una mañana estas líneas en un diario de gran tirada:

«Una prueba del progreso: El primer premio del certamen literario ha sido otorgado a un modesto guardia municipal que, tras no pequeños sacrificios, ha conseguido adquirir la cultura necesaria para ser poeta. Alégranos ver cómo del seno de las clases menos cultas surgen hombres que salvando el obstáculo de su carencia de medios de ilustración, saben alcanzar éxitos como el que hoy comentamos. ¡Lástima grande que hombres como éste no hayan tenido más aspiraciones que la de ganarse un modesto sueldo! Verdaderamente es triste esta carencia de ideal».

Manolo Alijar sintió cierta congoja y rompió con rabia el periódico, en cuya redacción había solicitado cabida cien veces, sin conseguir siquiera hospitalidad para sus composiciones.

¡Estúpida sociedad que no acierta a concebir que el casco no hace al guardia!

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 30 junio 2012.

2 comentarios to “Ironías”

  1. Fabuloso. Lo que me he reìdo. Mil gracias por compartirlo.

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