Roma vieja y Roma nueva. Accesos de la Ciudad Eterna: la Vía del Mar

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso (el titular trae José H. A., error subsanado en el sumario que abre el número) en el n.º 11 de la revista «Oasis», correspondiente a septiembre de 1935. Texto, titular y  fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Los habitantes de Roma han sentido desde tiempos remotos el anhelo de comunicarse rápida y fácilmente con el mar mediante un cómodo acceso a esa faja costera del Tirreno comprendida entre Orbetello y Gaeta. Allí, en la desembocadura del Tíber (río tantas veces ensangrentado por motines y discordias intestinas durante los pretéritos siglos), se alzó en las épocas de la República y del Imperio la floreciente ciudad marítima de Ostia, puerto que, en lamentable decadencia, fué convirtiéndose en pequeño suburbio, pobre recuerdo de su pasada gloria.

A él se iba desde Roma por una polvorienta carretera, nada agradable por su deficiente estado de conservación y su imperfecto trazado, hasta que las autoridades italianas decidieron resolver de manera definitiva el problema que se creaba a los romanos, deseosos de acercarse al mar. A la vez que facilitaban tan lógico afán abrían al turismo un nuevo y provechoso camino.

Emprendióse, en consecuencia, el trazado de una pista que, naciendo en Roma, fuese a morir en las proximidades de su antiguo puerto, en el arrabal que, para distinguirlo de aquél, se denominaba Ostia nueva y que hoy lleva el nombre de Lido de Roma y pertenece, con igualdad de derechos, a la capital.

Se sale de ésta por la magnífica «Porta San Paolo», donde comienza la antigua Vía Ostiense, a cuyo fondo se eleva la gran basílica de cinco naves (en granito del Simplón sus columnas y con un curioso mosaico de la época de Honorio), edificada en el lugar en que, según la tradición, la matrona Lucinia depositó el cadáver del apóstol a raíz del martirio.

La calle Ostiense en la arteria principal del barrio y sirve de divisoria del tráfico. A su izquierda se abre una vía que conduce al distrito obrero denominado la Garbatella. A la derecha comienza la «Vía del Mar», pista de veintiocho kilómetros de longitud formada por largos trazados rectilíneos, unidos entre sí por amplias curvas, que conduce al Lido de Roma y que está considerada como calle de la capital, de cuyas obras de urbanización forma parte. En realidad, aunque su mayor parte está fuera de la urbe, comienza en el corazón de la misma, ya que tiene su arranque en la plaza de Venecia, junto al monumento a Víctor Manuel II; pasa por el Aventino (uno de los siete montes o colinas de la Roma primitiva y célebre en su historia por haberse allí retirado los plebeyos, en lucha con los patricios); sigue por la puerta de San Pablo, y, abandonando la ciudad, corre hacia la costa por la extensa llanura del Tíber, interrumpida por pequeñas elevaciones que, sin entrañar dificultad alguna para el tráfico, dan variedad al paisaje.

Uno de los puntos más interesantes de la nueva vía es su confluencia con la plaza de Bocca della Verità, donde se admira el templo de Vesta. Es notable el contraste entre la antiquísima construcción, vencedora de los siglos, y la modernísima pista que junto a ella pasa.

La Vía del Mar, cuidadosamente asfaltada y bordeada de árboles que le prestan agradable sombra en los rigores estivales, se ve frecuentadísima ordinariamente, y de modo especial en los domingos y otras festividades. En estos días es tal la afluencia de vehículos de turismo (los dedicados a transporte de mercancías no pueden utilizar este camino), que se forma una verdadera cinta de automóviles entre Roma y Lido.

Merced a la estrechísima vigilancia ejercida por la denominada «Milicia Nacional de Caminos» (en posesión de atribuciones de policía), la circulación por la «Vía del Mar» puede verificarse de manera normal y sin entorpecimientos. Se exige la rigurosa observancia de las normas establecidas respecto a señales acústicas y luminosas, velocidad, etcétera, imponiéndose sanciones severas a quienes infringen las referidas disposiciones. Al efecto, los miembros de la «Milicia» prestan servicio en casillas convenientemente distribuidas a lo largo de la pista y están provistos de motocicletas rápidas.

La «Vía» no es simplemente un paseo sin otra finalidad práctica que la de conducir a los habitantes de la ciudad a Lido, puesto que también es utilizada por los viajeros que se trasladan a la base de hidroaviones. Pero sin duda de ningún género la mayor parte de los vehículos que por la moderna pista ruedan desembocan en las anchas plazas de Lido, junto a la playa, o en los «lungomare» de Cayo Duilio y Julio César (hermosas avenidas que se extienden a lo largo de la costa) para dejar allí a sus ocupantes entregados a las delicias de la natación.

De este modo los habitantes de la Roma del siglo XX, a despecho de las arenas acarreadas por el Tíber al correr de las centurias, van, como sus remotos antepasados contemporáneos de los Césares, a recrear sus ojos en la contemplación de las tranquilas aguas del Tirreno y a respirar a pleno pulmón el aire benéfico y cargado del «olor de mar» que cantara el clásico en sus mejores versos.

[LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO]

~ por rennichi59 en Sábado 4 agosto 2012.

2 comentarios to “Roma vieja y Roma nueva. Accesos de la Ciudad Eterna: la Vía del Mar”

  1. Buenas noches, Pablo: Andaba por aquí…, y he quedado admirada de las fotos de la Roma vieja y nueva, el contraste que se advierte y la majestuosidad del paisaje urbanístico, pero lo que más me ha llamado la atención, asociándolo a una pintura mía de Buñol, es, una de las fotos de Cáceres, Arco de la Estrella, abieto en la muralla que señala el recinto antiguo de la ciudad. En mi pintura, también se representa a través del arco que da acceso a la Plaza de Armas de nuestro castillo, parte del casco viejo de la población.
    En el próximo correo te la mando en una foto representada sobre lienzo de 36 x 49.
    Ha sido un placer comunicarme de nuevo contigo, en este caso, a través de la web.
    Un abrazo.

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    • Buenas tardes, Fina. Te debo correo, por cierto… Me alegra que te hayan gustado estas antiguas fotos que ilustran los artículos de mi abuelo, y me hará mucha ilusión conocer tu cuadro de la Plaza de Armas del castillo de Buñol.
      Recibe, mientras tanto, un fuerte abrazo.

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