Luis Hernández Alfonso y Santiago Carrillo

Luis Hernández Alfonso, en su calidad de jefe de prensa de las Juventudes Socialistas Unificadas  al estallar la Guerra —sin poseer nunca carné de ninguno de los dos partidos cuyas formaciones juveniles se habían fusionado—, estuvo naturalmente en estrecho contacto con Santiago Carrillo durante los primeros meses del conflicto, hasta la constitución del Comisariado de Guerra, en cuyo Subcomisariado de Propaganda ingresaba el 1 de noviembre de 1936. Y al seguir al gobierno republicano en su traslado a Valencia unos días después, entró también a formar parte de la plantilla del órgano valenciano de las JSU, «La Hora» de Valencia, dirigido igualmente por Carrillo; un diario en el que, curiosamente, no he logrado encontrar, hasta el momento, ningún artículo que lleve la firma de Hernández Alfonso o alguno de sus seudónimos. En resumidas cuentas, y durante la contienda, por lo menos en dos ocasiones se cruzaron las trayectorias del  ya curtido escritor republicano de izquierda y del jovencísimo dirigente político comunista de meteórica carrera y de verbosidad mitinera, tal vez sólo superada, decenas de años después, por Fidel Castro.

Vivió mi abuelo lo bastante para ver expirar en su lecho al dictador cuyo régimen lo había condenado primero a muerte y después a cuatro años de cárcel por el único delito de haber defendido la legalidad, y también vivió lo suficiente para asistir a los primeros faustos de la Transición, con el regreso en loor de multitud  —una vez pasado el peligro— y el inmediato encumbramiento político de personajes como Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri o Rafael Alberti, cuya discutible conducta durante la Guerra y cuyos no demasiados modélicos exilios le hacían torcer el gesto al verlos convertidos, de la noche a la mañana y por arte de birlibirloque, en «padres» de la nueva España salida de la dictadura. No fue más explícito mi abuelo al respecto en nuestras largas conversaciones de aquellos veranos de finales de los años setenta o en el frecuente intercambio epistolar entre él, residente en Madrid, y yo, que vivía en Turín, pero, sin conocer en aquel entonces el historial político y personal de cada uno de ellos, y señaladamente el de Carrillo, me resultó absolutamente patente y meridiano que dicho currículo no gozaba en modo alguno de su estima política ni humana. Aun me parece verle componer un gesto de desprecio —sentimiento por otro lado rarísimo en él— al encontrar en la prensa alguna noticia del flamante prócer de sempiterno cigarrillo en la boca y sonrisa de batracio, al que invariable y elocuentemente se refería como Santiaguito.

Muchos años después, hacia 2005, cuando empecé a investigar sobre la labor de mi abuelo como jefe de prensa de las JSU en un momento tan crítico como el de los primeros meses de la Guerra, los archivos históricos del PCE me fueron abiertos de par en par por su competente personal; en ellos encontré —como a menudo sucede— mil datos e informaciones interesantes, pero nada de lo que buscaba. Mi frecuentación —durante un tiempo casi diaria— de aquel centro de documentación, y la simpatía con que sus responsables me obsequiaron, me animaron a rogarles que me facilitaran el acceso a Santiago Carrillo, con el fin de conocer cuáles eran sus recuerdos de Hernández Alfonso y de su labor en las JSU y en «La Hora» de Valencia. Por aquel entonces, el vetusto exdirigente comunista aparecía aún, un día sí y otro también, en cuantos foros mediáticos y hasta académicos tuvieran a bien invitarlo a relatar por enésima vez sus recuerdos (¿o más bien desmemorias?) de la Guerra y del exilio… pasando, naturalmente, por caja la institución solicitante mediante la correspondiente aportación a la fundación por él presidida.

Nunca sabré si fue el no ocurrírseme proponer ninguna oferta económica para hacer hablar al «abuelo Cebolleta» de nuestra Santa Transición o el hecho de que el recuerdo de una persona de tan diferente talla humana, ética e intelectual como Luis Hernández Alfonso removiera en él eventuales posos de conciencia, lo que me vetó el acceso a un personaje  supuestamente tan omnipresente, cercano y entrañable. Lo cierto es que los correos por mí enviados a la dirección  que me facilitaron los responsables del archivo  quedaron y quedarán ya por siempre jamás sin respuesta.

Parte de ésta, sin embargo, la encontraría sólo unos años después al leer el único tomo publicado de las memorias del  periodista y escritor Manuel de Heredia, discípulo en su juventud de mi bisabuelo,  Luis Hernández Rico, y gran amigo y compañero de lides periodísticas, teatrales y políticas de su hijo. Al narrar Heredia su llegada a Valencia en 1937 y su reencuentro allí con Hernández Alfonso, que le consiguió un puesto en el recordado diario de las JSU, relata un memorable asalto nocturno con efracción, por parte de los hambrientos trabajadores que ocupaban la planta inferior de la redacción, a un cuarto ubicado en la planta superior de  la dirección, en el que Carrillo y algún otro jerifalte del diario hacian acopio de pan y de alimentos para su personal y exclusivo disfrute, cuando ya cundía el hambre —y hasta se fusilaba por delito de acaparamiento de víveres— en la hasta entonces aún bien abastecida capital del Turia.

Rasgos aparentemente tan elementales como ése son, a mi juicio, de los que bastan para retratar de cuerpo entero a un personaje.

Quien quiera honra —aun fúnebre—, que la gane.

Pablo Herrero Hernández
pabloherrero.hernandez@gmail.com

Madrid, 20 de septiembre de 2012

~ por rennichi59 en Jueves 20 septiembre 2012.

5 comentarios to “Luis Hernández Alfonso y Santiago Carrillo”

  1. Estimado Pablo,

    bravo por tu brillante artículo acerca de tan funesto personaje, ilustrativo exponente de la casta de pseudointelectuales estalinistas, y su relación con tu abuelo, en el que plasmas con tu elegante pluma algunas reflexiones que en sus aspectos esenciales tuviste la generosidad de compartir conmigo tiempo atrás.

    Ayer mismo felicité a Pelai Pagès por otra interesante reseña sobre el mismo tema publicada en el periódico Público. Tan amable como siempre, tuvo la deferencia de agradecer mis palabras, y me comentó que se sintió impelido a escribirlo al comprobar los infumables y a todas luces indocumentados panegíricos que le estaban dedicando desde determinadas tribunas.

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    • Estimado Ramon: Muchas gracias por tu aprecio. He leído el artículo de Pagès que me sañalas y es sano y consolador que en medios de izquierda alguien con autoridad intelectual diga cosas tan sensatas (aunque la mayoría de sus anónimos comentaristas lo linchen por atreverse a poner en su sitio al ídolo de la tribu). En «El País», donde hoy se publica para vergüenza de propios y extraños un artículo firmado por varios personajes en el que, con tal de exculpar a Carrillo de lo de Paracuellos, se reparte la responsabilidad a diestro y siniestro (incluso a anarcosindicalistas) con el procedimiento del ventilador, menos mal que una carta al director —a veces la mejor sección del periódico, como «El buzón del oyente» de Radio Clásica— de un antiguo militante comunista pone también al personaje en su sitio, terminando por decir que como teórico «siempre fue un mediocre». Hasta el calificativo de «pseudointelectual», a mi modo de ver, le queda anchísimo ¡incluso en su primera parte! En este sentido, el doctorado «horroris causa» que le concedió hace unos años la Universidad Complutense fue, como tantas veces pasa con los políticos investidos, un auténtico dislate que terminó de desacreditar a la ya maltrecha institución académica que lo perpetró.
      Gracias una vez más por tu comentario.

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  2. Querido Pablo, todo concuerda con ese recuerdo que yo tambien tengo del abuelo Luis acerca de su falta de aprecio hacia estos 3 personajes y concretamente hacia Carrillo. Es importante que se luche contra unos mitos inexistentes, sobre todo desde la izquierda, y que se vea que los lados oscuros no son solo el fruto de la “obsesion” de la derecha.

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    • Querida Elena: En efecto, celebro que nuestros recuerdos de aquellos años coincidan. Ni en la Guerra ni en el exilio fue modélico el proceder de Carrillo, y tan holgado le quedaba el traje de «modelo de demócratas» como le sentaba a Manuel Fraga, otro ilustre ídolo de la Santa Transición en su versión derechista, pasado ya también al panteón (en la doble acepción de la palabra) hace algún tiempo, al igual que el supuesto «modelo de intelectuales» Peces Barba, otro mito e icono de nuestra izquierda. No soy de los que rechazan en bloque la Transición; la papeleta no era fácil, el peligro era inmenso, y hubo una conjunción —extrañísima en España— que durante unos años permitió sortear el bache. Pero inmediatamente después el mito empezó a fraguarse, el sistema a mirarse al espejo y a dormirse en los laureles, y de aquellos polvos vinieron los actuales lodos.
      En este sentido, vale la pena leer los escritos que nuestro abuelo redactó —sin verlos publicados más que, en algún caso, en forma de cartas al director— a partir de 1975 y hasta su muerte sobre el futuro de España. Algunos figuran en su interesante intercambio con Fernández Figueroa recogido en esta bitácora (https://loshernandez.wordpress.com/2009/04/14/juan-fernandez-figueroa-y-luis-hernandez-alfonso/ y https://loshernandez.wordpress.com/2009/04/14/una-opinion-sincera/), pero entre sus manuscritos he localizado varios más, que naturalmente iremos publicando aquí.
      Gracias por tu comentario, Elena. Un beso.

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  3. Para integrar la respuesta a Elena y a Ramon, ayer publicó al parecer «El Mundo» un artículo sobre la edificante vida de Carrillo. escrito por una persona nada sospechosa de derechismo: Carmen Grimau, la hija de Julián Grimau. No lo he localizado en la web del periódico, sino en una bitácora de cuyo contenido general no me hago partícipe; pero el escrito de Carmen Grimau no tiene desperdicio: http://historiademonesterio.blogspot.com.es/2012/09/carmen-grimau-hija-de-julian-grimau.html

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