Marinetti y los macarrones

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de marzo de 1931 en la sección «Glosando la actualidad» del diario madrileño «El Liberal». El texto procede de un recorte de dicha publicación conservado en el archivo del autor. 

El fascista Marinetti, esforzado paladín del futurismo, se cree en la obligación de emprender una cruzada contra los macarrones, sobre los cuales lanza la acusación de «plato indigno de la magnífica nación italiana». También lanza su anatema contra los tenedores, cuchillos y cucharas. Hay, según él, que comer con los dedos. En esto concreta su teoría futurista gastronómica.

No sabemos qué contestará si se le objeta que la supresión de adminículos de mesa nos colocaría en similitud con el hombre prehistórico, que desgarraba la carne con la mano y los dientes.

Ignorábamos que fuera achacable a los macarrones el debilitamiento de los compatriotas de Mussolini. Confesamos ingenuamente que al comer la exquisita sopa estábamos lejos de sospechar que fuese un plato indigno de una nación magnífica. Y después del sensacional descubrimiento hemos comenzado a pensar que acaso sin los macarrones no sería posible el fascismo, dueño y señor de la nación hermana.

Pero aquí viene la contradicción. ¿No es fascista Marinetti? ¿Sobreviviría el fascismo, una vez abolidos los macarrones? Serio es el problema, de cuya solución depende la vida de un pueblo. El escritor futurista habla del plato único, fórmula admirable para el porvenir. Desconfiamos de su eficacia. En nuestro país hemos experimentado el remedio, y hasta ahora el resultado es desfavorable. El cocido no ha logrado dotarnos de las virtudes bélicas, cuya aparición preconiza el apóstol del futurismo rupestre. Por el contrario; los anhelos de dignificación, las ansias de libertad, cuanto —en suma— forma el bagaje de la ciudadanía, va surgiendo en nosotros mientras nos independizamos de la tiranía secular del plato único.

Créanos el Sr. Marinetti. Ni está en los sabrosos macarrones la clave de la degeneración de un pueblo, ni su campaña, por fructífera que le parezca, hará de Italia un país «magnífico». La virtud no está en los estómagos; la decadencia no está en los tenedores; el valor no está en la camisa negra.  Comprendemos que, en la necesidad de justificar ortodoxamente («sicut fascio») las claudicaciones de unos millones de seres humanos, doblegados hasta lo inverosímil ante un gesto de anacrónica teatralidad, hayan de recurrir ustedes a esos absurdos, incurrir en tamañas contradicciones y colocar en el porvenir lo que, con justicia, fracasó en épocas pasadas que sólo viven en libros y museos.

Ni la ciudadanía brota de un plato  ni un pueblo es magnífico cuando gasta en desafiar a los demás las energías que no sabe emplear, dentro de sus fronteras, para vivir dignamente. Sobradamente conocemos lo que hay que desterrar de Italia para que sea un país respetable. Pero el fascismo, para subsistir, apela —¿cómo no?— al truco de moda, y presenta el dilema: él o el comunismo. Los cobardes y los que ignoran los más elementales derechos humanos, soportan los horrores bien conocidos de un régimen odioso, antes que afrontar los hipotéticos peligros de lo ignorado. Ahí, en la cobardía y en la ignorancia, está la clave de la degeneración.

Aun cuando el fantasma con el que se amenaza viniera envuelto en la violencia, la opción no es dudosa. Fuerza por fuerza, ¿cuál es preferible? La que se emplea en mantener indefinidamente la injusticia, la arbitrariedad, la opulencia para unos cuantos a costa del hambre de los demás, o la que sirve para implantar y sostener un nuevo régimen sobre las firmes bases de una justicia verdaderamente humana y un derecho —el de vivir—, primero de los exigidos por la Naturaleza?

He aquí a Marinetti, el apóstol de un seudofuturismo fracasado, representando su papel en la comedia cuyo protagonista es un «duce», de ademanes heroicos y gesto pretoriano, que sueña, en su megalomanía, resucitar el imperio de los Césares, muerto y enterrado bajo el polvo multisecular.

El pueblo (público espectador de la farsa) comienza a cansarse de ella, y probablemente no esperará al final del último acto. El telón, que puede ser de fuego, caerá sin el permiso de los autores.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 27 octubre 2012.

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