Menéndez Pelayo y yo

Texto autógrafo de Luis Hernández Alfonso, escrito a pluma con una corrección a lápiz, asimismo autógrafa, en tres hojas de álbum cuadriculadas y grapadas en el ángulo superior derecho; lleva firma igualmente autógrafa y está fechado en Madrid, el 8-XI-1974. Se conserva en el archivo del Autor. La anécdota a la que se refiere se encuentra narrada también, con pequeñas diferencias, en el capítulo VIII de su novela autobiográfica inédita titulada Casi.    

Desde muy niño, frecuenté la Biblioteca Nacional, en la que, por entonces, solo funcionaba —aparte de las secciones especiales— la inmensa, grandiosa sala central. A llegar, después de recoger una ficha de plástico celuloide blanco, rellenaba mi «papeleta», en la que solicitaba el libro que pretendía leer. Con dicha papeleta, iba a un departamento que se abría a la izquierda de la enorme sala; y allí unos empleados se hacían cargo de las papeletas y otros entregaban los libros a los lectores, una vez traídos por los mozos los volúmenes.

A la sazón leía yo la novela de Julio Verne titulada Dos años de vacaciones (1), narración que me fascinaba. Llegué, como de costumbre, a la ventanilla correspondiente, entregué mi papeleta y esperé que me facilitaran el volumen pedido. Al cabo de algún tiempo, me llamaron por el número de mi ficha… y me dieron otra obra de Verne (creo recordar que era Cinco semanas en globo).

Aunque tímidamente, al percatarme del cambio, protesté, diciendo simplemente que lo que quería era seguir leyendo la novela que había pedido, y que no deseaba empezar otra.

El mozo, agriamente, me respondió:

—La que pides, está servida… Si quieres esa, bien… y si no…

Humildemente, pero con resolución, le contesté:

—No, muchas gracias. Volveré mañana, a ver si tengo más suerte.

Disponíame a marcharme cuando un señor anciano, que me pareció corpulento y que había entrado en aquel instante, me preguntó:

—¿Qué te pasa, pequeño?

Un tanto aturdido, le expliqué, como pude, el caso.

Entonces el desconocido, a cuya aparición los empleados parecían haberse vuelto rígidos, se dirigió a la ventanilla y, en tono mesurado pero rotundo, mientras me cogía por los hombros, le dijo al empleado de la ventanilla:

—El niño tiene derecho a leer lo que quiera.

—Es que está servida la obra que pide —se excusó el otro, de una forma muy poco convincente—.

Entonces, el desconocido, que había cogido mi papeleta, pareció hacerse más alto; y exclamó, un tanto molesto:

—¿Quiere usted hacerme creer que están servidas las doce ediciones que, si mal no recuerdo, hay de esta obra en la sección de «frecuentes»? Haga el favor de buscar una de ellas y dársela al niño…

—Enseguida, señor director —replicó, mohíno, el empleado.

El señor desconocido dio media vuelta y se fue.

Unos minutos después tenía en mis manos un volumen de Dos años de vacaciones, que me entregó el mozo, farfullando:

—¡Menuda la has armado!

Yo, contento de tener lo que buscaba, me pregunté qué había armado, con solo pedir un libro.

Algún tiempo después supe que aquel anciano corpulento, suave y enérgico a la vez, era don Marcelino Menéndez y Pelayo.

Esa fue la única ocasión en que pude verle.

Luis Hernández Alfonso

Madrid, 8 marzo, 1974.

[1] El catálogo de la Biblioteca Nacional de España registra a día de hoy, por desgracia, sólo 3 ediciones de Dos años de vacaciones anteriores a 1911 —año en que suponemos se sitúa la presente anécdota—, publicadas respectivamente en 1888, 1890 y 1900. La segunda, volcada por la BNE para su lectura en Internet, y a la que enlazamos, pudo ser muy bien la que leyera Luis Hernández Alfonso. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Domingo 25 noviembre 2012.

6 comentarios to “Menéndez Pelayo y yo”

  1. Me conmueve este recuerdo de tu abuelo niño. Gracias por enviarlo
    Yo guardo también en la memoria varias anécdotas como usuaria adolescente y joven de la biblioteca nacional, a partir de 1950. Algún día me animaré a escribirlas
    Abrazos
    ms

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  2. Querida Marisol: No puedo sino animarte a que las escribas; será fantástico poder leerlas.
    Muchas gracias por tu comentario.
    Un fuerte abrazo.

    Pablo

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  3. Los grandes hombres se revelan en situaciones como estas, el abuelo, por no haber armado una pataleta, y Menéndez Pelayo por haber ayudado de manera tan firme y amable al joven lector. Un abrazo a todos

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    • Efectivamente, Elena. Y si consideramos que nuestro abuelo era un niño de 10 años, poco más o menos, cobra aún más valor que no armara una pataleta. Y Menéndez Pelayo, además de su humanísimo talante, muestra también en esta anécdota su extraordinaria memoria: causa impresión pensar que podía saber cuántos ejemplares había en la institución por él dirigida, con millones de volúmenes, de una obra concreta. Es algo precioso. Y cuando se piensa que una reciente directora de la BNE, puesta por el PSOE, y de la que lo más noticioso que registró su dirección fue el robo de varias obras de un valor inestimable, centró su acción como directora de esa institución en pretender que se quitara de allí la preciosa escultura que retrata a su más ilustre director (sólo por el delito de ser católico), uno no puede menos de pensar hasta qué punto este pobre país es víctima del peor fanatismo ideológico.
      Un fuerte abrazo, Elena, y gracias por tu comentario.

      Pablo

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  4. Estoy francamente emocionada, querido Pablo: La anécdota de la historia del gran hombre que fue tu abuelo, Luis Hesnández Alfonso, Me ha conmovido, me ha llegado al alma. Es tierna, y al mismo tiempo, enérgica y contundente, con un final feliz, de cuento de hadas. Gracias por mandármela.
    Un fuerte abrazo desde Buñol (Valencia).

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    • Estimada Fina: Agradezco mucho tu comentario. En efecto, la anécdota tiene toda la frescura y la lozanía propia de una iniciación a la lectura por parte de un niño que se convertiría en el intelectual que fue Hernández Alfonso, y la belleza que le da el espaldarazo a esa vocación precocísima por parte de una autoridad como la de un Menéndez Pelayo próximo ya a la muerte.
      Un fuerte abrazo para ti desde Madrid.

      Pablo

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