Una Nochebuena de los Hernández

La siguiente página forma parte del capítulo XI de la novela inédita de Luis Hernández Alfonso titulada Casi, en la que el autor narra fielmente las vivencias de su infancia, adolescencia y primera juventud bajo el nombre de Lorenzo Fanals (que empleó también como seudónimo en varias ocasiones), manteniendo en cambio los nombres de los demás personajes, como, en este caso, el de su padre, don Luis Hernández Rico y el de su hermana Pepita Hernández Alfonso. El archivo familiar conserva dos ejemplares mecanografiados de la novela —escrita posiblemente en los años sesenta—, uno de ellos con erratas corregidas por el propio autor.

A los pocos meses de su traslado al hotel, don Luis, hombre habituado a la vida hogareña, sintió la nostalgia de un refugio familiar, tan distinto del ambiente, lleno de frías ceremonias, en que se desarrollaba la vida en los alojamientos donde coinciden, por azar, muchas personas que se desconocen; e hizo que regresase a Madrid la menor de sus hijas, Pepita, la que, con sus diez y siete años escasos, mostraba ya singular disposición para el gobierno y cuidado de una casa.

Por entonces no constituía un problema el hecho de alquilar una vivienda. Un sencillo paseo por las calles matritenses bastaba para tener ocasión de ver muchos pisos desalquilados, con más o menos habitaciones, de menor o mayor comodidad y con precios al alcance de todos los bolsillos. La dificultad estribaba en escoger, ya que había, sobradamente, donde hacerlo.

Tras de no pocas visitas, dudas y reflexiones, don Luis optó por un anchuroso piso de la plaza de Carlos Cambronero, junto a la calle del Pez, casa que reunía las condiciones de ser céntrica, muy ventilada, económica y hallarse cercana al Instituto del Cardenal Cisneros y a la Universidad Central.

Era un piso lleno de luz, con amplias habitaciones y en cuyo comedor había una hermosa chimenea de mármol, no simulada o postiza (según ahora suele suceder) sino real y efectiva, hecha para que en ella ardiesen, con alegre llama, los troncos de leña.

Don Luis, el padre de Lorenzo, disfrutaba contemplando, en invierno, el chisporroteo de las ramas y la curiosa zarabanda del fuego.

A fuer de hombre caritativo, al aproximarse la Nochebuena, a pesar de no andar muy sobrado de recursos —vivían la familia y una criada «económica» dentro de la mayor modestia, lindante con la escasez— hacía que sus hijos Lorenzo y Pepita llevasen víveres a los humildes moradores de las buhardillas más cercanas. Quería que celebrasen también aquella «noche única», porque don Luis, no obstante su fama de librepensador, conservaba, con entrañable ternura, la tradición de la cena de la Natividad de Jesús,

Aquel año, hiciéronse los adecuados preparativos. Pepita dispuso, lo mejor que le fue posible, dentro de las limitaciones pecuniarias, el «banquete familiar», al que, naturalmente, asistiría la criadita andaluza que estaba a su servicio.

Todo estaba dispuesto. Una hermosa lumbre ardía en la chimenea. La mesa ofrecía un aspecto delicioso, dentro de la humildad, adornada con botellas que rara vez podían verse en su mantel, fruta y fuentecillas de «entremeses». Don Luis, saturado de satisfacción, tras de contemplar, con sus casi ciegos ojos, el conjunto, exclamó, alegremente:

—¡Vamos a cenar, muchachos! No hay más que una Nochebuena en cada año…

En el preciso instante en que iban los cuatro a sentarse en torno a la mesa —eran casi las once de la noche— sonó tímidamente el timbre de la puerta.

Como no era una hora adecuada para visitas, el padre y los dos hijos acudieron en pos de Dolores, la criada, a la puerta del piso. Al abrirse ésta, apareció en el rellano de la escalera un anciano andrajoso, amoratado por el frío, y que plañió:

—¡Una limosna, por el amor de Dios, señores!

Don Luis, impulsivamente, avanzó un paso; e inquirió, con interés:

—¿No tiene usted familia, abuelo?

—Tengo… dos hijos y cuatro nietos, muy lejos… en la Argentina… Hace años que nada sé de ellos… Aquí estoy solo… solo y desamparado… y en la miseria.

—¿Nadie le espera esta noche —insistió don Luis—, ni amigos siquiera?

—¡Amigos! —exclamó, con amargura, el pordiosero—. ¿Amigos los pobres?

—Pase usted, buen hombre —exclamó don Luis, con voz trémula—: pase usted y cene con nosotros, que también somos pobres… Comeremos lo que haya, como buenos hermanos. ¡No nos moriremos de hambre ni de frío, caramba! ¡Es Nochebuena!

Jamás olvidaría Lorenzo aquella alegre cena, en el que el mendigo se sentó junto al dueño de la casa, enjugándose las lágrimas a hurtadillas, mientras comía y bebía, más que con avidez, con una especie de ritual solemne, ceremonioso. Ni tampoco la velada, que se prolongó hasta el amanecer, y durante la cual cantaron, a coro, junto a la confortadora lumbre de la chimenea, todos los villancicos de que tenían noticia.

Bien entrado el día, el mendigo abandonó el humilde hogar de los Fanals, dando las gracias, con voz trémula, por la hospitalidad hallada y por las monedas que don Luis, discretamente, deslizó en su mano, al despedirse.

Luis Hernández Alfonso

~ por rennichi59 en Lunes 24 diciembre 2012.

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