Luis Hernández Alfonso y los hechos de Casas Viejas

Cuando se cumplen 80 años de los trágicos acontecimientos de Casas Viejas, reproducimos el capítulo adicional que Luis Hernández Alfonso añadió a su libro Verdad y mentira de la República Española (Ediciones Boro, Madrid 1933) —a la sazón ya en prensa—, a raíz de aquéllos y de otros episodios de represión brutal de los trabajadores por parte de las fuerzas del Estado  registrados, asimismo, a primeros de enero de 1933.  

LOS SUCESOS DE ENERO DE 1933

Ya en prensa este libro, el día 8 de enero de produjo un movimiento revolucionario de extrema izquierda en diversos lugares de España. En Madrid (Cuatro Vientos y Carabanchel), Barcelona, Valencia, Sevilla, Sallent, Sardañola, Lérida, Cádiz, Pedralba, Murcia, Tarrasa, Ripollet, Tarragona, Vendrell, Valls, Tabernes de Valdigna, Ribarroja, Málaga, Zaragoza, Cuenca, Granada, Motril, Almería, La Rinconada, y otros puntos, hubo disturbios y colisiones de los que, en total, resultaron más de treinta muertos y unos centenares de heridos.
En torno a estos sucesos se han desbordado la fantasía y la mala fe; indiscutiblemente, los elementos revolucionarios eran en su mayoría pertenecientes a la Confederación Nacional del Trabajo. «C. N. T.», diario que publica en Madrid esa agrupación proletaria, ni afirmaba ni negaba la filiación anarcosindicalista del movimiento, pero sí decía que «la actitud tiránica de los mandatarios del capitalismo obliga a los trabajadores a tomar radicales decisiones en defensa de las organizaciones obreras revolucionarias». Y en una nota que vio la luz en el número correspondiente al día 10 insiste en que «…los trabajadores se levantan en huelga general y seguirán levantándose porque no tienen posibilidad de manifestarse libremente, porque se les cierran todos los caminos de un desarrollo lógico». «Los sucesos —afirma— obedecen a la política intransigente contra el movimiento obrero revolucionario; es, además, fruto del descontento de los trabajadores».
Por su parte, «Mundo Obrero», órgano central del Partido Comunista, en su número de igual fecha, aunque considera equivocado el movimiento, apela al sentido de clase de los proletarios españoles para que no abandonen a sus hermanos, víctimas de la represión. En un enérgico manifiesto del Comité Central del P. C. se preconiza el frente único de los proletarios contra el gobierno burgués, instrumento del capitalismo.
Esta posición de la C. N. T. y del P. C. nos parece lógica: aunque el movimiento no haya sido dirigido por ninguno de los dos organismos, el deber de ambos, como baluartes del proletariado, es actuar contra la represión burguesa e incluso convertir su intervención en una empresa revolucionaria. Afortunadamente, ambas organizaciones han comprendido que era necesario abandonar circunstancialmente sus discrepancias para luchar juntas contra el enemigo común.
Entre tanto, el Gobierno se reúne, y el día 11 de enero aparecen en la Prensa las notas que resumen la actitud de los gobernantes ante la protesta de los obreros. Es doloroso comprobar cuán semejante es la literatura oficial republicana a la dictatorial de los «años indignos». No faltan aquellas frases efectistas denotadoras de la más absurda incomprensión o la más acusada mala fe. El Gobierno republicano, en el cual figuran ciudadanos que intervinieron en procesos revolucionarios calificados por los tiranos monárquicos de «criminales», olvidando su indignación de entonces, afirma que se trata de un «complot criminal»; y agrega que se propone presentar a las Cortes un proyecto de ley que sustraiga al conocimiento del Jurado «varios delitos, como los perpetrados ahora, entre ellos la tenencia de explosivos». En los juicios que formula acerca del movimiento se leen tópicos de la más pura «tradición dictatorialista»; así, dice que «todos los españoles condenan» los hechos a que alude, de donde resulta que se niega la calidad de español a quien los aplauda. «Atentar contra el orden —sigue la nota— es atentar contra la República, y atentar contra la República es atentar contra España».
No faltaba sino asegurar que los revolucionarios de todos los pueblos en que ha habido disturbios estaban pagados por otros elementos que no se dejaban ver. Y, naturalmente, la nota termina con estas palabras, que nos recuerdan demasiado a las «de inserción obligatoria» de otros tiempos: «Frente a enemigos mercenarios, emboscados los unos y descarados los otros, el Gobierno será inexorable y hará que lo sean igualmente todas las instituciones del Estado».
La bárbara «represión» de Casas Viejas (que no fue represión, sino venganza sañuda y repugnante) ha puesto un lamentable epílogo al episodio revolucionario. Casas Viejas no tiene importancia para nuestros gobernantes… Tampoco tenía importancia Jaca en diciembre de 1930 para los gobernantes de la Monarquía.
Adquieren en este momento nuevo valor las palabras de Pestaña, según las cuales, nadie es extremista porque sí; y que, si hubiera personas atacadas del morbo perturbador, no se producirían los resultados que apetecen si no existiera ambiente propicio. Pues bien; eso es lo que ocurre. Que el pueblo ha visto que sus males continúan agravándose; que la crisis de trabajo se acentuaba; que la República respetaba la inicua desigualdad social; que los gobernantes no hacían desde el Poder la revolución que no se hizo en la calle… El malestar es mayor cada día, y en tales circunstancias no han de buscarse explicaciones extraordinarias a los movimientos de rebeldía.
En año y medio de República la situación de los humildes no ha dejado de empeorar, tanto en lo que afecta al orden económico (de urgente resolución) como al político. No se le ha dado contenido social al nuevo régimen y el proletariado español se halla tan a merced del capitalismo como siempre, e incluso carece de posibilidad para vivir aun en malas condiciones, por el intencionado retraimiento del capital.
¿Servirá de lección al Gobierno lo sucedido? Tememos que no; cuando califica de «criminal» ese estallido del descontento del pueblo, es que cree haber obrado bien. Tanto peor para el Gobierno si persiste en su funesta creencia. Es necesario descender al nivel de la masa, conocer de cerca sus miserias, respirar el aire saturado de sufrimientos que la envuelve… y luego, con energía y rapidez, ejecutar las medidas revolucionarias que se le prometieron al pueblo y que no se acuerda nadie de cumplir.
Proceder de otro modo es insensato. No puede haber pacificación de los espíritus donde hay hambre y opresión. Con mayor o menor frecuencia, los sucesos luctuosos se repetirán mientras no se efectúe una verdadera revolución que renueve las bases en que se asienta la sociedad española. El Gobierno, con gran imprudencia, no abandona su dirección burguesa; llega a creer quizá que la República, y aun España, le pertenecen; que quien le ataque a él, las ataca. Incurre en un gravísimo error, porque son muchos los republicanos que, en nombre de España y en bien de la República, han de combatir tenazmente una política tan equivocada como la que siguen sus gobernantes.

Luis Hernández Alfonso

~ por rennichi59 en Sábado 12 enero 2013.

2 comentarios to “Luis Hernández Alfonso y los hechos de Casas Viejas”

  1. Estimado Pablo,

    mil gracias por reproducir este lúcido artículo de tu abuelo con motivo de los sucesos de Casas Viejas. La represión del estado fue repugnante hasta el extremo de detener a cientos de militantes, pensadores y luchadores, que sin juicio de ningún tipo pasaron a engrosar las cárceles en calidad de “presos gubernativos”, bajo las acusaciones más peregrinas y ridículas. Al más puro estilo Göbbels, que precisamente en aquellos días accedía al poder. Aquí Azaña quedó definitivamente deslegitimado.

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  2. Estimado Ramon:

    Gracias a ti por comentar esta página de mi abuelo. En efecto, se trató de una represión repugnante, que repetía —incluso agravándolos— modelos y conductas primorriveristas y que confirmaba ya de forma irreversible la deriva burguesa y filocapitalista del nuevo régimen. Y estoy de acuerdo con la deslegitimación de Azaña que ello supuso, aunque la cosa se veía venir ya de antes y ese señor había quedado deslegitimado ya en fecha tan temprana como diciembre de 1930, escondido en un piso de Madrid cuando todo el Comité Revolucionario y muchos otros republicanos —como mi abuelo— llenaban la Cárcel Modelo, y molesto, el día que pudo salir a la luz ya sin ningún riesgo, por no haber podido terminar cierta obra literaria de la que, afortunadamente, el tiempo ha hecho justicia. Como bien sabes, en la misma obra de la que procede este capítulo, Hernández Alfonso estigmatiza la conducta de quienes jaleaban a Azaña con aires de coro de zarzuela, como si la República fuera él. Lo malo es que, ochenta años después, gran parte de la crítica y de la ¿historiografía? sobre esos años sigue considerando al literato y al estadista (doblemente frustrado en ambas ambiciones) como la quintaesencia del republicanismo ¡de izquierdas! Cosas veredes…

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