La obra pedagógica del padre Manjón (I).— Manjón y la crítica

Pese a su ideario abiertamente agnóstico, Luis Hernández Alfonso fue un rendido admirador de la figura y de la obra educativa del padre Andrés Manjón (1846-1923), fundador en Granada de las Escuelas del Ave María. Dicha simpatía cuajó, en 1961, en un libro titulado Una vocación pedagógica, o la vida y obra de don Andrés Manjón, escrito inicialmente por encargo de la editorial Morata y que, por motivos hasta ahora desconocidos, permaneció inédito. De él se conserva en el archivo del autor un único ejemplar mecanografiado, con correcciones manuscritas de su puño y letra. A la espera de poder editarlo un día en su integridad, iremos publicando en estas páginas los capítulos que Hernández Alfonso dedica a la obra pedagógica del insigne fundador del Ave María.   

Vida y obra de Manjón. Portada

I.— MANJÓN Y LA CRÍTICA

Es achaque ordinario en los críticos buscar, aunque fuere trayéndolos por los cabellos, «antecedentes» a toda labor original, tal vez con el casi inconsciente (mejor, quizá, «subconsciente») propósito de restar méritos a ella presentándola como una derivación vulgar de otras anteriores, cuando no como una imitación burda y desprovista de valor.

Dios nos libre de incluir a todos los críticos en esa categoría, y también nos libre del peligro opuesto, que consiste en convertirse en panegiristas de apasionamiento rayano en perniciosa y estéril idolatría. Difícil, muy difícil, es conseguir la ecuanimidad, la serenidad de juicio necesaria para practicar, en ese terreno, la norma jurídica romana «suum cuique tribuere», es decir, dar a cada uno lo que en justicia le corresponde.

Los dos extremos son nocivos: aquél, porque denigra a quien merece ser ensalzado, a quien se hizo acreedor a la gratitud humana; éste, porque, involuntaria e indirectamente, niega valor a las obras de los demás para acumular méritos en el haber del panegirizado. Ambas posiciones son infecundas: la primera lo es —sobre ser repulsivamente injusta— porque mata el estímulo y puede influir en desánimo de los que, con entusiasmo, laboran; y la segunda, porque declarando perfecta e intangible la obra, impide o, cuando menos, dificulta, que otros la prosigan e intenten perfeccionarla.

La imperecedera máxima latina «nihil novum sub sole» («nada hay nuevo bajo el sol») es de vigencia en todos los casos. Pretender que un invento, por ingenioso que fuere, sea totalmente nuevo es, indudablemente, absurdo. Ningún hombre, en particular, puede ufanarse de haber hecho, él solo, sin precursores, sin antecedentes, una obra absolutamente suya. La más complicada y eficaz máquina que hoy se invente, hubiera sido imposible si «alguien», con anterioridad de muchos siglos, no inventara (inventar es descubrir, en su verdadero sentido) el plano inclinado, base de otros muchos elementos, como, verbigracia, el tornillo, imprescindible en la mecánica actual.

Viene aquí, a cuento, como anillo al dedo, el verso de la famosísima fábula de Iriarte: «Gracias al que nos trajo las gallinas». Y así debe ser, en sana lógica. Cada «inventor», cada innovador, cada divulgador… no hace sino aportar un grano de arena a la ingente y admirable obra común.

Desde los albores de la civilización, los hombres han ido elaborando medios para vencer los obstáculos que en su lucha por la vida encontraban. De generación en generación han heredado los descubrimientos y las conquistas de sus antecesores. Cualquier cultura, en cualquier época, debe que lo sea al trabajo de quienes vinieron antes; el acervo cultural no puede ser obra de ningún individuo aislado, aunque alguno haya podido, por sus condiciones o sus circunstancias, influir más decisivamente que otros en el ritmo del progreso humano. Todos los hombres, por geniales que sean, han de basarse en hechos y experiencias anteriormente dados. La civilización es la resultante de muchos esfuerzos, de la tarea común; cada conquista de la ciencia se apoya en las que la precedieron. El esfuerzo individual de cada hombre es como la molécula de agua en el océano: sola, nada vale; mas, sin ella y sin las demás, el océano no existiría.

Esta verdad, incontrovertible, ha de ser reconocida en todos los ámbitos de la actividad de los seres racionales.

Durante algún tiempo los detractores de la fundación manjoniana han lanzado contra su creador acusaciones —en materia pedagógica, se entiende, ya que la moralidad intachable y notoria del gran sargentino le libró casi siempre de ataques de tan despreciable índole— apasionados y sin fundamento.

Quienes estas líneas escribimos no somos, ciertamente, sospechosos de parcialidad de tipo confesional o retrógrado. Pero, como dice la vieja máxima castellana, «la verdad no tiene más que un camino»; y a ese único y real camino hemos de atenernos. Quien se atreva a enjuiciar la ajena labor, está obligado, previamente, a desligarse de cualquier prejuicio que pueda enturbiar, deformar o entorpecer la serenidad de su análisis.

Tampoco es lícito para el que trate de aquilatar los resultados del trabajo de otro, atenerse a su propio y particular «punto de vista». Ha de situarse, por el contrario, en el terreno en que actuó la persona cuya labor examina. Pretender juzgar a Platón, Aristóteles, Catón, Maquiavelo, Erasmo, Robespierre, Napoleón, Cavour y Víctor Hugo —por ejemplo— con «el mismo rasero», es un absurdo inadmisible. Sería tanto como querer fijar un patrón o tipo único de hombre, aplicándolo indistintamente a un Tomás de Aquino y a un Lutero; a un Alejandro Magno y a un Wellington; a un Francisco de Asís y a un Calvino…

No quisiéramos incurrir en tamaño dislate. Deseamos permanecer fieles a la objetividad que nos hemos propuesto, dejando aparte nuestras personales convicciones —que bien pudieran, como las de otros, ser equivocadas— para juzgar desapasionadamente el asunto de nuestro trabajo. En nuestra opinión tan estúpido resulta enjuiciar a los herejes con el criterio de un Torquemada, que juzgar a éste con el criterio de aquéllos. Trasplantado esto al terreno que estudiamos, tan estúpido sería pedir que Manjón entendiese la labor pedagógica igual que los profesores de la Institución Libre de Enseñanza, como que éstos adoptasen los puntos de vista de las escuelas avemarianas.

Examinemos, pues, ecuánimemente, la obra de don Andrés Manjón.

El veneno partidista ha hecho que los adversarios del Ave María pretendieran atribuir a los métodos de educación manjonianos fuentes contrarias a la ideología del fundador. Otros se han contentado con negarles todo asomo de originalidad.

Los defensores del gran sargentino han contestado adecuadamente a la impugnación; e incluso, algunos de ellos, en muy disculpable exceso, han llegado a afirmar que «Manjón es el creador de la Pedagogía moderna». No necesita don Andrés que se le atribuya más de lo que en realidad hizo; con ello hay bastante para que su fama sea imperecedera y su nombre brille como astro de primera magnitud entre los ilustres campeones de la educación infantil.

Se ha dicho, reiteradamente, que tomó lo fundamental de sus métodos de J. J. Rousseau, de Fröebel, de Pestalozzi… La argumentación, utilizada con maligno propósito, es verdaderamente pueril. ¿Quién no se inspira en algo que le ha precedido? Todos, absolutamente todos, sin excluir a los seres tenidos por geniales, deben algo al pasado. En el terreno de la pedagogía, Bacon (por no remontarnos más lejos, a la antigüedad, es decir, a Zaratustra, Licurgo, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Séneca…) se inspiró en Vives y en Lulio; Rousseau, en Locke; Kant, en Rousseau; Basedow, en Locke y en Rousseau; Pestalozzi, en Comenio y Basedow, como Wolke y Salzmann;  Campe y Cuts, en Salzmann; Girard, Fichte, Herbart y Fröebel, en Pestalozzi; Diesterweg, en Pestalozzi, Girard y Lasalle… ¿A qué continuar?

Ni siquiera cabe aducir, en esto (como en otras muchas cosas), el famoso y ya citado verso de Iriarte «gracias al que nos trajo las gallinas», porque, en la historia de la civilización es imposible fijar «el comienzo» de ninguna invención, de ningún descubrimiento ni, aun, de ningún sistema.

Por lejos que el investigador se remonte, retrocediendo en la evolución humana, cabe siempre encontrar a un precursor de todos los precursores; cada invento tiene un antecedente: y cuando se busca el origen de éste, aparece otro… y así en una cadena cuyo principio se pierde en el nacimiento de la Humanidad.

Resulta, pues, de una puerilidad absoluta, el afán de reivindicar prioridades en la labor creadora: si bien se mira, la máquina más perfecta y, aparentemente, más original, no es sino el resultado de la acertada utilización de invenciones o descubrimientos anteriores. Y, de escalón en escalón, venimos a detenernos —por ahora— en la palanca, fundamento de todos los demás dispositivos mecánicos.

Otro tanto ocurre (y con mayor motivo, por tratarse de especulaciones que no reconocen límites) en el terreno de las ideas. La investigación «ab ovo», interesantísima y que debe hacerse, porque es de justicia reconocer el mérito de cuantos han contribuido al progreso humano, no conseguirá jamás establecer una creación absoluta del hombre.

La cadena de pensamientos no tiene solución de continuidad… afortunadamente para el hombre. Pensadores y pedagogos no son plantas sin raíces, hongos que broten al azar en el campo de la sabiduría y que desaparezcan sin dejar huella de su paso por el mundo.

Examinemos con serenidad este asunto; y digamos, ante todo, que aun cuando Manjón hubiera adoptado ciertos procedimientos de tales pedagogos, ello solo demostraría que era un hombre inteligente, que, con visión clara de su obra y criterio sanamente objetivo, buscaba lo bueno donde quiera que lo hallase. Otra conducta resultaría absurda en un talento de su categoría, en un corazón de su sinceridad y honradez.

Indudablemente conocía los sistemas de Rousseau, de Condillac, de Basedow, de Comenio, de Fröebel, de Pestalozzi, de Diesterweg… No los adoptó, a pesar de ello; unos —como el de Condillac— por su tendencia materialista; otros —el de Pestalozzi, por ejemplo— porque proclama la educación doméstica, imposible entre los gitanos del Sacro Monte o del Albaicín; otros, finalmente —como el de Diesterweg— porque descuidan aspectos de la educación para concentrar su interés en el desarrollo de la inteligencia.

Pudo tomar de cada sistema lo que viera aprovechable en ellos. Nunca tuvo el necio e imperdonable orgullo de creerse el primer educador en la Historia. No trataba de hacerse célebre, sino de redimir muchos cuerpos de la miseria y muchas almas de la ignorancia y el error. Los que le acusan de plagiar al filósofo ginebrino, omiten en cambio que el propio Rousseau imitó —copió, se diría más propiamente— las ideas expuestas por John Locke en su libro Pensamientos sobre la Educación, publicado en el año 1693, en Inglaterra. ¿No podría ocurrir que Manjón se hubiera inspirado, como el autor del Emilio, en la obra del pensador inglés, directamente?

Locke preconizaba los juegos infantiles como excelente vehículo para educar e instruir: ¿no lo son, acaso? ¿Por qué no habían de utilizarse en el Ave María, si la experiencia demostraba su eficacia?

Basedow entiende que «hay que formar el carácter» si se pretende educar: Manjón opina lo mismo. ¿Va a negar algo tan evidente, solo porque el pedagogo germano lo hubiese dicho antes que él?

Fröebel afirmaba que «toda educación es estéril, defectuosa e incompleta si no se apoya en la Religión». El fundador del Ave María sustentó el mismo principio: ¡Naturalmente! A nadie, que no sea un loco o un imbécil, se le ocurre negar —contra su propia convicción— que hay sol porque otros afirmaran con anterioridad su existencia. Nadie, de buena fe, puede reprochar que un hombre admita honradamente cualquier afirmación, acertada a su juicio, de los que, antes que él, opinaran sobre una materia.

Si en un adversario se encuentra algo digno de imitación o aprovechamiento, es necio rechazarlo, también, solo porque proceda de tal autor. Si un filósofo dice una verdad entre cien errores ¿no lo sería, y grande, refutar esa verdad como se refutaron las aberraciones? Los más denodados anatematizadores de Rousseau (el P. Gerdil, por ejemplo, autor del conocidísimo Antiemilio) no han vacilado en admitir algunas de las opiniones del pedagogo suizo, dando así muestras de un sanísimo criterio.

Los educadores cristianos no pueden, sin negarse a sí mismos, encontrar mal esta afirmación de Diderot, el «padre» de la Enciclopedia: «Lo primero que el niño debe aprender es a arrodillarse y a rezar un Padrenuestro», solo porque la haya escrito un revolucionario con tendencias al materialismo.

Desgraciadamente, es muy raro hallar ejemplos de esa deseable y magnífica objetividad. A cada paso encontramos gentes —no solo entre los incultos, cuya deficiente instrucción explicaría semejante actitud, sino también, y en mayor medida, entre los considerados como poseedores de una amplia cultura— que, antes de emitir juicio sobre una opinión, un argumento o una sentencia, preguntan «quién lo dijo», como si la verdad o el error no radicaran en la aseveración hecha sino en los labios que la formulan.

Tal conducta es reprobable, en «tirios y troyanos», igualmente enemigos de la ecuanimidad.

El inmortal sargentino decía, con su llaneza habitual: «Hay que aprender de los enemigos». Y, también: «Se rechaza lo malo o nocivo porque lo es, dígalo quien lo diga, defiéndalo quien lo defendiere». Lo hacía porque, desde niño, en su hogar, vio siempre confirmado el ya citado y viejo refrán de la recia, adusta y austera tierra castellana: «La verdad solo tiene un camino».

Con valentía y lealtad inimitables, aquel hombre profundamente cristiano, piadoso, enamorado de su Religión y de sus niños, escribía, en 1900, estas palabras, que dan medida de su alma gigantesca, de su temple de luchador y de sabio: «Si alguna doctrina hay mejor que la cristiana para educar a los hombres, que se presente y formule, y la examinaremos; si algún científico, revolucionario o apóstata, merece por su talla compararse con Cristo y reemplazarle como Maestro, Salvador y Libertador de los hombres, que salga al frente y lo tallaremos, para ver si vale o no como Anticristo».

Manjón, dijimos, no es un teorizante ni un mero «practicón» de la enseñanza. Elaboró su Pedagogía conforme ensayaba métodos y recogía experiencias. No pretendía ser infalible; con excelsa humildad, ensayaba sus creaciones y sometía las ajenas a comprobación práctica. No se aferró ciegamente a fantasías, a planes ideados sin base real. En esto difiere en absoluto de Rousseau. Éste, forjador de sistemas en los que no faltaban ni los detalles de cómo debía fajarse a los niños de pecho ni de qué forma habrían de ser sus gorros, no fue capaz de educar a sus hijos o no quiso hacerlo. Manjón, en cambio, poco amigo de teorizar, educó e instruyó a millares de hijos ajenos.

Tuvo clara idea (hija del estudio y la observación) del tiempo y del lugar; no cayó en el servilismo de la imitación. Se inspiró en Vives, «humanista de humanistas», y en San José de Calasanz, luminarias de la pedagogía española; mas lo hizo acomodándose a las necesidades del siglo en que vivía y de la tierra en que había de realizar su obra.

Dígase lo que se quiera, es incongruente la adopción de «patrones» universales, demasiado simplistas para que resulten eficaces en todos los tiempos y países. Y si esto es verdad en Política y Sociología, lo es, con características más acusadas, en materia pedagógica, donde siempre fracasará quien no tenga presentes, a más de los principios generales que convienen a todos los hombres del planeta, las circunstancias de idiosincrasia, herencia y medio ambiente.

Fundamentalmente, el ser humano es el mismo en todas las latitudes; sus características primarias existen a despecho de razas y de ambientes. Sin embargo, nadie puede negar las diferencias que los factores naturales imprimen en las criaturas. Se trata, simplemente, de la «diversidad en la unidad». Todos los seres vivos se ven afectados por el medio en que viven y se desarrollan: el famoso «baobab» del Tartarín de Alfonso Daudet ¡ocupaba una minúscula maceta! cuando, en su propio ambiente, habría sido un árbol gigantesco, cuyo tronco apenas hubieran podido abarcar cinco o seis hombres… Tan evidente es el fenómeno, que apenas habría necesidad de indicarlo. Solo la mala fe o el espíritu de contradicción son capaces de impugnar una verdad tan palmaria.

El fundador del Ave María era profundo conocedor de su patria; estudió a fondo no solo sus antecedentes, los vicios y virtudes de la raza, sino también las modalidades especialísimas de la comarca donde hacía su labor. No quería adoptar «modelos» importados (que no pasan, por lo general de «traducciones macarrónicas» inaceptables e incongruentes); por eso, por el ardiente, concienzudo y recio hispanismo de su gigantesca labor, son perfectamente justas estas palabras que le dedicó don Agustín Parrado, Arzobispo de Granada: «Ese parentesco con nuestra pedagogía verdaderamente nacional es el gran mérito de la pedagogía manjoniana».

Manjón procedió así: tomó, tras de someterlo a concienzudo examen y a comprobación práctica, lo que encontró bueno de sus predecesores; armonizó los métodos, creando los elementos necesarios para forjar un sistema nacional eficaz, fecundo. Sus «sueños» no eran lucubraciones divorciadas de la realidad. Corazón y cerebro, apoyados en una voluntad férrea, obraron el prodigio de forjar, simultáneamente, una sólida pedagogía y las Escuelas capaces de aplicarla.

No tenía el prurito de «hacer escuela» en el sentido de capitanear una cohorte de incondicionales «suyos»; quería, sí, fundar escuelas, dirigirlas, crear un magisterio capaz de secundar no a él, sino su obra.

No escribió un libro de pedagogía; ni siquiera publicó sus ideas sobre enseñanza antes de establecer su primera escuela. Según fue experimentando procedimientos, lanzó, sobre una base tangible y sólida, sus definiciones y sus consejos a los educadores. Quienes deseen formar un cuerpo completo de doctrina pedagógica manjoniana, habrán de reunir lo disperso en multitud de trabajo editados en distintas épocas (1).

Aparte de los libros escolares o de texto, escribió obras de orientación educativa tales como: El pensamiento del Ave María, Hojas circunstanciales, Hojas coeducadoras, Hojas catequísticas pedagógicas, El maestro mirando hacia dentro (la mejor de todas las que salieron de su certera y valiente pluma, en nuestra opinión), El maestro mirando hacia fuera, Hojas evangélico-pedagógicas, Hojas históricas, Diario del Ave María (donde recoge el fruto de sus experiencias), Las condiciones de una buena educación pedagógica, Modos de enseñar del Ave María, Educar es completar hombres, Los derechos de los padres en la educación de sus hijos y otras varias.

Tan enemigo de teorizar «a priori» fue, que hubieron de instarle reiteradamente sus discípulos y colaboradores para que se decidiera a escribir Ley, instrucción y reglamento del Ave María. Y cuando murió, en 1923, aún no había considerado suficientemente aquilatados los Apuntes de pedagogía que había escrito y que permanecieron inéditos… ¡después de más de un cuarto de siglo de prácticas incesantes e intensas de educación!

Le interesaba educar y enseñar, «formar hombres y mujeres completos y cabales», no ser tenido por un revolucionador de la Pedagogía. Caminaba cuidadosamente, estudiando más en los niños que en los textos, más en las realidades vivas que en los programas escritos por los pensadores, cuyo talento no desconocía ni negaba, pero que, llevados de su fantasía —frecuentemente bien orientada, mas, en ocasiones, fuera de lo que la naturaleza hace inevitable e imprescindible— sentaban como posibles no pocas normas impracticables.

Esto aparte de que los sistemas puramente teóricos, no apoyados en una experiencia, en una experimentación —mejor dicho—, suelen entrañar el gravísimo defecto de considerar al niño como «tipo único». Para muchos teorizantes, efectivamente, todos los niños son «iguales», es decir, los suponen con reacciones y posibilidades idénticas: lo cual, aunque allana el camino de la teoría, la divorcia de la realidad hasta el punto de convertirla en una concepción tan hermosa como inhacedera. Podría aplicarse a esos sugestivos sistemas la lamentación del poeta: «¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!».

Manjón, hombre cuyo idealismo no le impedía atenerse a las posibilidades y los obstáculos de la realidad, trataba de cohonestar aquél con ésta, único medio de obtener frutos efectivos. En el fondo de su cerebro, latía, con meridiana luz y fuerte ímpetu, «lo que debería ser»; pero, sin abandonar nunca la orientación a ese «desiderátum», veía los problemas prácticos y trataba de resolverlos lo más eficazmente posible, fiel a la vieja máxima de que «lo mejor es enemigo de lo bueno» y considerando que el «todo o nada» es siempre peligroso y, con frecuencia, estéril.

No era —ni quería serlo— un teorizante de la enseñanza. Caminaba, lenta, pero seguramente, por los senderos que la realidad le brindaba. No perdía de vista su ideal: pero buscaba, afanosa e incansablemente, los caminos que más pudieran acercarle al fin propuesto, habida cuenta de los obstáculos que esa inesquivable realidad oponía al cumplimiento del claro designio.

De los grandes pedagogos que le precedieron, aceptó lo que «al través de los niños» se demostraba como verdadero y útil. Por esa independencia de criterio; por esa honradez, por esa observación desapasionada, hecha cuotidianamente; por esa peregrina sinceridad, horra de todo personalismo, no incurrió nunca en contradicciones como las que apreciamos, en el mismo Pestalozzi, entre el procedimiento intuitivo que preconiza y la repetición, a coro, de frases y definiciones, que aconseja el gran educador helvético.

Hombre de firme voluntad y de ideales elevados, caminaba a un fin y ningún medio era por él desechado sin que un examen detenido y ecuánime le demostrase su inutilidad. No parece sino que fuese escrita, presintiéndole, aquella famosa frase tolstoiana: «El mejor maestro es el que halla más pronto medios para resolver las dificultades con que tropiezan sus discípulos: esto es, el que tenga más arte y talento…».

Hechas estas aclaraciones previas, que estimamos precisas para nuestro propósito, señalamos ahora, tan breve y sucintamente como exige la índole de este trabajo, los principios cardinales de la pedagogía manjoniana, tras de lo cual indicaremos, con igual brevedad, sus métodos y resultados.

Luis Hernández AlfonsoUna vocación pedagógica, o la vida y la obra de don Andrés Manjón,  Madrid 1961 (texto mecanografiado inédito), pp. 73-82.

La obra pedagógica del padre Manjón (II).— Los principios básicos 


[1] Esto ha hecho, recientemente, el P. José Montero en su breve, pero enjundioso libro Didáctica manjoniana (Granada, 1959), obra que nos ha servido para el examen que de los métodos pedagógicos de Manjón hacemos en el capítulo correspondiente de esta obra.

~ por rennichi59 en Domingo 20 enero 2013.

2 comentarios to “La obra pedagógica del padre Manjón (I).— Manjón y la crítica”

  1. Valoro la enseñanza del Ave Maria del Padre Majon. Siempre aprendes cuando te respetan y el respeto la cultura del Sacramonte y creo la pedagogia que el terreno requeria ,se situo su labor en amarlos como eran y el amor crea maravillas y eso paso entre el maestro, los alumnos y sus familias Pensadores y pedagogos enseñar respetando La verdad de este hombre me gusta porque respeta le verdad de otros

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  2. En efecto, tiene Ud. razón al hablar del respeto con que el P. Manjón se adaptó a esa cultura y a esas personas concretas. Muchas gracias por su comentario.

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