La obra pedagógica del padre Manjón (II).— Los principios básicos

II.— LOS PRINCIPIOS BÁSICOS

Entresacándolos de sus numerosos escritos, recogemos a continuación los principios básicos de la educación, tal como el ilustre pedagogo la concebía.

Para él, la Pedagogía era: «El cultivo y desarrollo de cuantos gérmenes de perfección física y espiritual ha puesto Dios en el hombre». De aquí que el ideal de la educación sea «desarrollar física, moral e intelectualmente al educando», para hacer de los niños «hombres y mujeres cabales, esto es, dignos del fin para el que han sido creados y de la sociedad a que pertenecen». Podrá, pues, decirse que Pedagogía es el «arte de hacer hombres perfectos, con la perfección que cuadra a su doble naturaleza, espiritual y corporal, en relación con su doble destino, temporal y eterno».

La educación es «el gran medio» para conseguir ese fin, «no siendo la enseñanza sino un instrumento ordenado a formar hombres bien educados, esto es, inteligentes, laboriosos y honrados».

«Educar es procurar la salud y precaver la enfermedad de cuerpo y alma; es intentar la robustez, agilidad y vigor físico, y combatir la endeblez, la ineptitud y la anemia; es promover el saber y la cultura, y desterrar la ignorancia y la barbarie; es ordenar la vida hacia la honradez y santidad y apartarla de todo que sea inmoral e impío».

«El carácter de la educación debe ser formar caracteres», por lo que la escuela, si ha de cumplir su verdadera misión, será «un taller destinado a modelar los hombres del porvenir, una fábrica de caracteres incipientes o en formación». Debe educarse a «todo el hombre», del que el niño es germen y esperanza; «y hay que educarlo tal como es, tal cual Dios le ha hecho y quiere y no como a nosotros se nos antoje».

Destaca, en esto, el admirable principio, seguido siempre en la pedagogía manjoniana y practicado en sus escuelas, del respeto a la personalidad del niño, tan frecuentemente desconocida y atropellada por muchos que se titulan pedagogos.

Apresurémonos a consignar aquí nuestra convicción de que ese defecto, en la mayoría de los casos, no entraña malicia del educador. Es, por lo común, contrariamente, hijo de un error bien intencionado: el de «formar» al educando como el maestro piensa que debe ser, olvidando que no se manipula el elemento humano como el escultor la arcilla inerte, sin vida. En otras ocasiones, obedece a una especie de inconsciente egoísmo, como el que inclina a los padres a querer y procurar que sus hijos sean iguales a ellos y como continuaciones de su personalidad. Tales maestros no sospechan que, de ese modo, pueden, con la mejor intención, causar graves perjuicios, anulando o deformando la personalidad de sus alumnos; como el padre, que ama entrañablemente a sus hijos, puede, precisamente por viciosa orientación de ese gran cariño, truncar el desarrollo de la personalidad de sus vástagos.

Manjón no quería que las criaturas de sus escuelas estuviesen allí cohibidas y como amedrentadas. A quienes, al visitar los locales, preguntaban por qué los niños hablaban con voz fuerte, les respondía:

«—Es verdad: hablan a gritos, pero están en su casa y no molestan; así desarrollan el pulmón, y así chillan, jugando en libertad, los niños de aquí y los de Pekín…

—Parecen descarados en el mirar, y nada cobardes… —insistía el visitante.

—Pero su mirada es noble y franca —replicaba don Andrés—. ¿Y por qué han de ser cobardes? ¿Por qué han de temer, no haciendo nada malo?».

«La educación (que no es obra de creación, sino de cooperación) debe ayudar, dirigir, suplir y corregir al educando; pero no puede ni debe suplantarle ni sustituirle, sino respetarle tal cual Dios le hizo y para los fines que Él sabe». Un niño que no conserva su personalidad no es un niño, sino un autómata que repite e imita servilmente, sin espontaneidad ni gracia, lo que se le imbuye. Manjón se opone resueltamente a eso. «Que piense con su pensamiento —dice—, que quiera con su voluntad, que sienta con su corazón, que hable con su estilo y que obre en todo como quien es, con espontaneidad, con naturalidad, con carácter, no como un fonógrafo que repite, ni como un mono que imita, sino como un hombre más o menos perfecto, más o menos hecho, que tiene su alma en su armario para sacarla a relucir y hacerla funcionar».

No hay, pues, que obstinarse en convertir al educando en «réplica» del educador ni de ninguna otra persona. Lo que ha he hacerse es ayudarle a que llegue a ser «él mismo», a que alcance el máximo desarrollo de sus facultades; a que logre su plena personalidad, cultivando su inteligencia, estimulando su voluntad, elevando y vigorizando sus sentimientos. Lo contrario es tan funesto como la obcecación de los padres que eligen la carrera o profesión de sus hijos, sin tener en cuenta las aptitudes, las preferencias o la vocación de los mismos; con lo cual, o no llegan éstos a conseguir ningún título ni profesión, o se les lleva al lamentable resultado de que quien pudo ser un buen médico, sea un mal abogado, verbigracia. La historia está llena de ejemplos verdaderamente impresionantes: algunos de los contrariados en su vocación, optan por la rebeldía —harto justificada en este caso, pero siempre dolorosa— y han de tener un temple heroico para vencer tremendos obstáculos; mientras otros, sin ánimos para rebelarse, se frustran y malogran, al someterse.

La educación ha de ser armónica y total: «no se puede partir al educando o fraccionarle». Y como se es «hombre por la voluntad» y «se es carácter por el querer», sin formar la voluntad, no se educa.

Debe rechazarse todo afán excesivo de desarrollar la inteligencia infantil en detrimento de la voluntad y del sentimiento; y más que a la acumulación de ideas, provocando un desequilibrio que siempre es perjudicial, debe tenderse a «desarrollar aptitudes», no «achicar la naturaleza», no hacer hombres «enfermizos y enclenques», sino fuertes y sanos.

«Todos debemos ser fuertes —escribe Manjón— porque la vida toda es una batalla, en la cual no es lícito huir, sino que hay que triunfar o perecer» (El maestro mirando hacia dentro).

Hay un principio que el educador no debe olvidar nunca, por su importancia fundamental. El fin de la educación no es el mismo que el de la enseñanza, por más que ésta sea un instrumento de aquélla y parte integrante del todo pedagógico. El maestro pensará, en todo instante: «Son muy pocos los que nacen para sabios», porque así es en realidad; pero añadirá, inmediatamente: «Son aún menos los que nacen para tontos». De lo cual se deduce que «la misión del maestro… no es hacer sabios, sino evitar que haya tontos».

«La escuela es el gimnasio del cuerpo y del alma». Y es indudable que si la enseñanza no perfecciona o mejora, si no acierta a desarrollar las aptitudes y favorecer las buenas cualidades del educando, embrutece.

Si el hombre —del que el niño es promesa o, mejor aún, comienzo— tiene potencias y facultades cuyo conjunto le caracteriza, sólo mediante el desarrollo ordenado y armónico de ellas se logrará el fin de la educación. Ésta «debe armonizar todas las fuerzas educables y educadoras, sin desequilibrios ni contradicciones».

Si hay autores que, del hecho de que existan pueblos ilustrados más corrompidos que otros más ignorantes, deducen la conclusión de que «es buena la ignorancia», Manjón no opina como ellos. Separando, lógicamente, los conceptos de «educación» e «ilustración», afirma, con certeza: «Pueblos corrompidos son pueblos ineducados». No es mejor la ignorancia, puesto que también los hay «ignorantes y muy corrompidos». La ignorancia no es mejor que la ciencia para conservar la pureza de costumbres: «[El] que obra bien es porque se lo han enseñado y sabe hacerlo».

El sofisma de que la ignorancia es garantía de bondad llegó a ser considerado como una verdad punto menos que incuestionable en los comienzos del Romanticismo. Los salvajes, según los más fervorosos defensores de la nueva escuela, por el hecho de serlo, eran inocentes, puros, compasivos… buenos, en una palabra. Como en la mayoría de los casos, esa falsedad fue originada por un loable sentimiento de simpatía y de justicia; pero se desorbitó hasta lo inverosímil; hasta el punto de presentar al «hombre de la Naturaleza» como símbolo de la humana bondad. De ello a proclamar que la civilización y la cultura hacen malo al hombre, no había más que un paso; y no faltaron ilustres escritores que lo dieran. El salvaje —según ellos— era una especie de ángel terreno, un Adán antes del pecado. Es la época del Atala del vizconde de Chateaubriand, ¡uno de los autores más cultos y refinados de su tiempo!

«¿Será acaso mejor la ignorancia que la ciencia para conservar la pureza de las costumbres?» —pregunta Manjón—; y contesta: «Líbrenos Dios de pensarlo… Cuando un pueblo se conserva puro, honesto, fiel, amable, vigoroso y justo, es porque en esto ha tenido buenos maestros; y maestro es todo el que enseña». Y añade: «El bien y el mal tienen sus progenitores, pero con esta diferencia: que el bien es hijo del esfuerzo y al mal le basta el abandono». «Nuestros males proceden, en gran parte, de la ignorancia; somos malos porque no nos han enseñado a ser buenos; somos apáticos, fríos, indolentes y dejados en todo, porque la apatía, la frialdad, la indolencia y la dejadez han sido las asignaturas que más hemos cursado».

Por eso, por la necesidad de corregir tan gravísimos males, «la educación debe ser un medio de regeneración individual y social». A eso han de tender los afanes de la pedagogía.

He aquí un elocuente «Programa de educación moral»:

«Saber querer y obrar con acierto, energía y constancia, es lo más difícil y laborioso de la vida. Se necesita para ello:

a) Ver claros el fin y los medios.

b) Sentir hondo.

c) Tener hábito o costumbre.

Luego para educar la voluntad es menester:

a) Alumbrarla con la luz de la razón o de la fe.

b) Interesar en su favor el corazón.

c) Acostumbrarla a vencer a todos sus enemigos, chicos y grandes, interiores y exteriores, francos y encubiertos (indolencia, inconstancia, lujuria, orgullo, egoísmo, avaricia, ira, envidia, gula, respetos humanos, escándalos, errores de moda etc.) por la repetición de las buenas acciones, en gimnasia constante… hasta conseguir lo que se llama la virtud, que es la bondad habitual del sujeto».

Más adelante hallarán los lectores un capítulo dedicado a la didáctica manjónica, donde se exponen con brevedad los sistemas seguidos por el fundador de las escuelas avemarianas, es decir, las formas de llevar a la práctica, dentro de lo que permitían las circunstancias, los principios básicos que acabamos de resumir.

Luis Hernández AlfonsoUna vocación pedagógica, o la vida y la obra de don Andrés Manjón,  Madrid 1961 (texto mecanografiado inédito), pp. 82-86.

La obra pedagógica del padre Manjón (III).— Teorías y realidad 

~ por rennichi59 en Domingo 27 enero 2013.

2 comentarios to “La obra pedagógica del padre Manjón (II).— Los principios básicos”

  1. me ha gustado especialmente y me parece un principio “muy moderno” el del respeto a la personalidad del niño, muy bien explicado al indicar que procede de: un error bien intencionado: el de «formar» al educando como el maestro piensa que debe ser. Recuperar estas ideas clásicas es recuperar la esencia de la educación.

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  2. Muchas gracias por su comentario. En efecto, la aplicación del principio clásico «maxima debetur puero reverentia» a la personalidad del niño, y el señalar el error y la tentación —que suponemos muy extendidos— de querer forjar a éste a la propia medida constituyen, según parece, unas ideas clásicas que cobran importancia en la obra de Manjón, recuperadas aquí por Hernández Alfonso, y que van en ese mismo sentido de, como bien dice usted, «recuperar la esencia de la educación».

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