La obra pedagógica del padre Manjón (V).— La didáctica manjoniana

V.— LA DIDÁCTICA MANJONIANA

No hallándonos especializados en la materia, preferimos, con objeto de suministrar a nuestros lectores datos fidedignos e interpretaciones correctas, acudir a fuentes autorizadas y que nos merecen entera confianza. En consecuencia, resumiremos, en breve espacio, lo que en sus luminosos libros Didáctica manjoniana (Granada, 1959) y Manjón, precursor de la escuela activa (Granada, 1958) escribe el culto sacerdote y entusiasta pedagogo don José Montero, hombre joven, animoso y dotado de una vocación digna del mayor encomio, quien tuvo la gentileza —muy agradecida por nosotros— de poner a nuestra disposición ejemplares de sus dos obras.

Su autor, con método y claridad insuperables, extrae de los escritos del P. Manjón los conceptos fundamentales de su obra pedagógica, que son los siguientes:

Didáctica pedagógica es «el arte de enseñar según principios…», «enseñar educando o desarrollando las facultades intelectuales del niño».

«Enseñar es mostrar el objeto o verdad, y es obra del maestro o del que enseña…», «Desarrollar facultades para aprender verdades», labor que ha de realizarse gradualmente. Y no consiste en «darlo todo hecho al alumno»; el maestro no ha de sustituir a éste, sino despertar y guiar sus facultades, «ayudar a andar, no… llevar a cuestas a los que enseña». Si el alumno se ve relevado del trabajo que, con ayuda ajena, podría él realizar, se hará tímido, poco espontáneo y sin iniciativas.

«Instruirse es aprender o adquirir conocimientos, y es obra del discípulo», escribe Manjón; con ello queda claramente establecida la distinción con respecto a enseñar, que es labor del maestro. Hay que estimular el trabajo personal del educando, dirigirlo y orientarlo. En este sentido, aprender es instruirse; instruir, transmitir conocimientos.

Desde el punto de vista intelectual, educar es «desarrollar nuestras facultades intelectuales»; quedan, pues, aparte, en este punto concreto, los aspectos más amplios de la educación. El maestro debe aspirar a «poner al alumno en condiciones de aprender por sí mismo».

Claramente se ve que Manjón establece una diferencia neta entre la educación intelectual y la instrucción, como atinadamente afirma Montero, quien, con harta razón, a nuestro juicio, se extraña de que algún autor (como Gálvez Carmona en su Antología, Madrid, 1943) diga lo contrario.

Para Manjón, la instrucción es «una parte de la educación, pero no toda: educar es instruir y mucho más, es enseñar a pensar, querer, sentir y vivir». De toda su obra se deduce que la educación del hombre no estriba en acumular ideas sino en desarrollar aptitudes.

Hay que saber enseñar: «No es el mejor maestro el que más sabe, sino el que, sabiendo lo necesario, tiene el don de saberlo enseñar»; el alumno «es un ser activo, y, por tanto, el maestro… no debe hacerlo todo». Debe guiar al niño, «pero yendo a su paso y sin anticiparse a los años y al desarrollo de sus facultades».

No hay que olvidar que el principal agente de la educación es el educando: que éste «piense con su pensamiento, que quiera con su voluntad, que sienta con su corazón, que hable con su estilo». Hay que respetar e incluso estimular la personalidad del alumno, evitando así que los educandos se conviertan en caterva de papagayos, imitadores, sin originalidad ni carácter. «Más vale —escribe Manjón— que resulten algunos raros y excéntricos que no carecer en absoluto de hombres originales y con propia personalidad o carácter».

En cuanto al método (orden que sigue la inteligencia para investigar y exponer la verdad…  «y sigue el maestro para ponerla al alcance o modo de ser de los niños»), abarca «toda la educación e instrucción en el sentido más amplio». Es de capital importancia, y Manjón, para fundamentar su método, señala una diferencia clara entre saber y aprender. «Saber es poner la fórmula general de los hechos o las normas, reglas y causas de los fenómenos; mientras aprender es ir de lo particular y concreto a lo general y abstracto, de los hechos a las reglas y definiciones, de los efectos a las causas». Opina, en consecuencia, que debe comenzarse por los hechos para llegar después a reglas y principios; tanto más cuanto que, si se procede a la inversa, solo los alumnos dotados de gran inteligencia serán capaces de comprender tales principios, y los otros no aprenderán nada.

El lema de Manjón es «educar enseñando», lo cual, para él, «significa tanto como enseñar desarrollando facultades y construyendo con ellas y los conocimientos por ellas adquiridos y ordenados, el edificio mental dentro del cual ha de vivir el educando toda su vida». Instruir no es educar: «hay hombres instruidos que no saben pensar, esto es, que no tienen educada la facultad de pensar».

La «trilogía didáctica» de don Andrés era —según, siempre, don José Montero— «la palabra, la intuición y la acción». La palabra será «el auxiliar del maestro en su tarea de hacer trabajar al alumno». Dice el fundador que «no es el mejor maestro el que todo lo explica, sino el que explica lo que el alumno necesita». No quería maestros que hablasen, incesantemente, con lo que los alumnos se cansan, se distraen… y, en consecuencia, no aprenden.

Hay que hacer «un uso racional de la palabra». Lo primero es convencerse de que «nos entienden« aquellos a quienes hablamos. Recomienda el diálogo que deja al niño libertad de expresión; y que permite al maestro calibrar el grado de comprensión y de expresión de sus discípulos. «En resumen, la palabra es un instrumento indispensable; pero ha de usarse con mucho tacto para no incurrir en el verbalismo». En su libro El maestro mirando hacia dentro aconseja al educador que «hable poco y en el tono debido y ni en sus palabras ni en sus gestos se muestre altanero, henchido de saber y lleno de competencia».

La intuición «significa visión o percepción clara de una idea o cosa». «No debe limitarse a la percepción sensible». «Los sentidos son las ventanas del alma, por donde penetran las imágenes del mundo sensible, que dan lugar a despertar la actividad del espíritu y sus facultades superiores».

«La intuición es un medio aplicable a la mayor parte de la enseñanza, sobre todo al principio de la vida, cuando el niño no conoce otro mundo que el de lo sensible que lo rodea». El maestro debe dirigir la observación del niño, mediante preguntas acerca de la naturaleza y las propiedades del objeto designado. Ha de poner a contribución su iniciativa para no hacer monótono, insulso o rutinario el procedimiento.

En resumen: ha de evitarse el verbalismo estéril, la avidez. Hay que tener el objeto delante, para excitar la curiosidad y la atención, o, al menos su representación gráfica, lo mejor posible. «Todos cuantos instrumentos se usen, no son más que medios para que el niño se interese y ame el estudio y con eso tome una parte activa en su educación».

La acción es «la esencia de la pedagogía manjoniana», puesto que «la actividad es lo principal en ella». La acción es la clave de la educación. «Es un medio de enseñar y de educar al cual nadie resiste» (Manjón). El niño es «un organismo en desenvolvimiento, cuya tendencia es la de actuar y hacer o expansionarse». Y agrega: «el ejercicio es necesario y en la calidad y modo de él está la ciencia del desarrollo y de la educación».

Es preciso que el niño tome parte en la tarea educativa. Es mejor «el diálogo bien dirigido que el discurso mejor hablado». «No hay niño que resista a la acción o representación de una lección cualquiera, y quien atiende aprende, si quien enseña lo entiende» (Manjón).

«Se observa —escribe Montero— que la acción es lo esencial en la pedagogía manjoniana». La palabra es «el principal instrumento de la enseñanza»; pero, si es posible, se ha de apoyar en la cosa misma, que se toque, se vea, o, al menos, la representación más perfecta que se pueda. «Acción y movimiento», es lo deseable para la enseñanza.

El padre Manjón considera gravísimo error «antipedagógico» comenzar, al enseñar a los niños, por «fórmulas generales»; «hay que comenzar por los hechos…», «primero los ejercicios y después las definiciones; antes los hechos y después las reglas y principios». Así, además, «se aprende de una vez para siempre»; y «lo que queda de cuanto se estudia es lo que se practica» (Manjón). «Para educar enseñando, hay que educar haciendo» (Ídem). Ahora bien: «el que debe hacer es el niño».

En juego es, no sólo un complemento, sino también un instrumento de la enseñanza. El maestro debe recordar su propia niñez: «Recordad vuestra pasión por el juego, y enseñaréis jugando; recordad vuestro mal humor al hallaros encerrados en casa, y optaréis por enseñar y jugar en el campo». El maestro debe ponerse al nivel del niño, sin dejar por ello de mantener la dirección: «Jugad con vuestros alumnos, pero no olvidéis que sois el niño mayor, cuyo oficio es dirigir los juegos a algún fin práctico, sin violencia…».

Dice, con certera frase, Montero: «Manjón respetaba la manera de ser del niño y quería amoldarse a su psicología… quiere adaptarse a él». De ese modo se le facilita el estudio, «trabajo duro y penoso».

Tan fundamental estimaba esto don Andrés Manjón, que llega a escribir este rotundo párrafo: «El juego es la única asignatura del niño hasta los cinco años; la principal, de los seis a los nueve años; la indispensable de los diez a los catorce; y la más saludable e higiénica hasta los veintiún años; y el educador que de ella no se ocupe ni preocupe, no sabe ni vale para educar».

Indudablemente, como reiteradamente hemos indicado en otros pasajes de este libro, el triste recuerdo de la mal llamada escuela de Sargentes influyó de un modo decisivo en toda la labor manjoniana y, como es lógico, principalmente en su didáctica. El horror del infecto tabuco y de los palmetazos, le hace escribir al buen don Andrés: «Maestro triste no es buen maestro; enseñanza sin alegría es aburrimiento; escuela sin juego no es escuela, sino especie de calabozo o cementerio. ¿Queréis vosotros, maestros, asemejaros más bien a cabos de vara o sepultureros que a custodios y directores de ángeles humanos, para quienes la vida es alegría y la escuela debiera ser antesala del Cielo?».

¡Magníficas palabras, más elocuentes que el más pulido discurso!

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Manjón es, indudablemente, el precursor de la denominada «escuela activa». Sin perjuicio de examinar algunos aspectos particulares de este asunto, en las páginas siguientes, indicaremos aquí determinados puntos, de gran interés para establecer la prioridad respecto a la iniciación de dicha escuela.

Conviene recordar que el plan de fundación de las ya famosas escuelas del Ave María fue redactado por don Andrés Manjón en 1890, después de haberlo meditado durante largo tiempo; concretamente, desde 1886 cuando, como él dice «subí de canónigo al Sacro Monte y vi despacio aquellos caminos, cármenes y cuevas». Fue cuando «descubrió» a la famosa «maestra Migas», incidente del que ya hemos hablado. Lo cierto es que su primera escuela, según también hemos dicho, se estableció en octubre de 1889, «en una cueva de gitanos», por no poder hacerlo en otro lugar mejor.

En el mismo año fundaba su primera «New-School» Reddie en Abbotsholme (Inglaterra). En Francia le secundó Demolins, en 1899. Tres años antes, en 1896, Dewey había establecido otra escuela similar en Chicago. Algo semejante habían hecho en Italia, en 1894, las hermanas Agazzi. Y fue Ferrière, en 1899, quien, deseando coordinar los desparramados esfuerzos, fundó, con generoso intento, la «Oficina Internacional de las Escuelas Nuevas».

Con admirable ecuanimidad, el P. Montero admite: «Es indudable que el honor de haber iniciado este movimiento tan rico en ideas y en realizaciones corresponde, al menos en gran parte de Europa, a J. J. Rousseau». Luego, numerosos pedagogos –en cabeza de los cuales figura don Andrés Manjón– [lo] han desarrollado, extendido, rectificado y perfeccionado, cada cual a su manera y siguiendo su peculiar orientación: tales fueron Ferrière, Chaparède, Bovet, Dewey, Stanley, Decroly, James, Renard, Leloir y otros muchos.

El mismo P. Montero dice, en nuestra opinión, la última palabra sobre este punto de la prioridad de Manjón, cuando escribe: «…poseemos un documento publicado en lengua francesa, española y neerlandesa sobre la Escuela nueva en España, editado por Edward Peeters, director del “Bureau international de documentation éducative”, en el cual afirma claramente, refiriéndose a las escuelas del Ave María, que nadie creería que la primera escuela al aire libre, al mismo tiempo que escuela nueva de las más interesantes y más democráticas se había creado en España» (E. Peeters, L’école nouvelle en Espagne, Brujas, 1910).

Resultaría importuno en este libro nuestro adentrarse en distingos y comparaciones de la didáctica manjoniana y otras de diversos pedagogos. Nos limitaremos, pues, a hacer patente la indiscutible originalidad y la independencia absoluta de don Andrés Manjón, que no pudo estar influido por ideas ajenas que, en su inmensa mayoría, no pudo conocer siquiera, por razones de tiempo y de espacio.

En las páginas siguientes, no obstante, haremos referencia a las fuentes en que el fundador del Ave María pudo beber —y bebió seguramente— por ser muy anteriores a él y cuya existencia no podía ignorar un hombre tan ávido de conocimientos y tan deseoso de llevar a cabo, de la mejor manera posible, su obra de educación de los desvalidos.

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Huye Manjón, en todas las disciplinas, del «memorismo estéril». Hay que evitarlo, a toda costa. Debe desterrarse «el sonsonete, que hace semejar al niño a un fonógrafo, que sólo sabe repetir las cosas en el mismo tono». Debe emplearse el diálogo y la explicación, aduciéndose ejemplos prácticos siempre que sea posible. «Los párrafos largos no se han hecho para cerebros chicos».

En la enseñanza de la Religión, aconseja las narraciones históricas: «Lee la Historia —le dice al maestro—, estudia la Historia, enseña la Historia de la Religión antes que el catecismo y cualquiera otra asignatura, porque es lo que más interesa y mejor aprende el niño y también es lo más conforme con el procedimiento de Dios y su Iglesia y con la naturaleza de las cosas. ¿No veis con qué afán escuchan los niños las historias y cuentos y cómo se privan del juego por oírlas? Aprovecha esa lección y hazles tú relaciones interesantes y provechosas de la Religión, y las aprenderán sin violencia y las grabarán en sus almas sin esfuerzos». Hay que llevar a los niños «por la historia y el ejemplo, el símil y la parábola, el cuadro y la imagen, a las verdades más sublimes de la Religión».

El idioma debe enseñarse de un modo práctico, «con pocas reglas y muchos ejercicios». La gramática no ha de considerarse como punto de partida sino como un punto de perfección. Esta opinión es absolutamente lógica, ya que el lenguaje fue muy anterior a la gramática; y ésta se «sacó« de aquel, de los buenos hablistas y escritores. Anticipándose en muchos años a los pedagogos actuales, quiere «enseñar la lectura por la escritura». «Enseña a leer escribiendo —dice— y termina por hablar con sentido y expresión lo que está escrito […]. Que el niño escriba a la vez que lea». El maestro debe explicar las palabras no conocidas; se leerá «poco, pero lo mejor posible», para no convertir la lectura en un mero trabajo mecánico. Lo importante «no es lo que se enseña leyendo, sino lo que puede aprender sabiendo leer». «Mientras de la escuela no se salga con afición a leer, el maestro y los discípulos han perdido el tiempo». En cuanto a la escritura, Manjón, fiel a su criterio de aprovechar las tendencias infantiles, en lugar de contrariarlas o torcerlas, señala cuánto partido puede sacarse de «la afición que los niños tienen a borrajonear y pintar». Afirma que la enseñanza de la escritura debe comenzar «desde el primer día que el niño se presente en la escuela».

Opina que la Geografía debe comenzarse a enseñar a los párvulos: «No hay cosa más simpática ni fácil para el niño que la Geografía», escribe. La enseñanza ha de ser convenientemente intuitiva; y se comenzará, no por los astros, «demasiadas alturas para niños pequeñitos», sino «por donde el niño está». «Estudiar geografía sin mapas es perder el tiempo y cargar la memoria en balde». «No tratamos de enseñar geografía, sino de decir cómo se debe enseñar…». Desea que los niños «vean y toquen los montes, y miren correr las aguas». Si en las escuelas no hay mapas hechos de relieves «pueden hacerse en el suelo… pues se aprende más haciendo que mirando lo hecho». Moviendo a los niños en estos juegos geográficos se obtienen grandes ventajas: «A los diez minutos —dice— no hay niño que no sepa los límites de España, y los sepa de modo que jamás se le olviden. Ha conseguido, pues… fijar la atención, grabar la idea y unir inseparablemente idea y palabra…». Respecto al modo de enseñar la geografía —escribe en otro lugar— «procuro ir de lo conocido y visto a lo por conocer; y empiezo por la escuela y lugar de ella, haciendo un croquis, que voy ampliando, pasando a la provincia, región etcétera, y mapamundi, en el cual sólo enseño la parte física y con pocos detalles al principio». «Multitud de ejercicios… que requieren inventiva por parte del niño. Al mismo tiempo son como un juego y el niño desarrolla en ellos toda su energía». «Lo poco o mucho que de esto se enseña, que sea visto y, a ser posible, hecho, palpado, pisado por los alumnos».

En cuanto a la Historia, hay un párrafo de Manjón que, en realidad, comprende todo su criterio sobre la materia: «Preparar los hombres del porvenir es la misión de la escuela; y para preparar los hombres del porvenir se ha hecho y escrito la Historia, y así debe enseñarse». Simplificando sus conclusiones, las resumiremos así: El interés de la Historia, no está tanto en lo pasado cuanto en lo porvenir… si el pasado lo hicieron nuestros abuelos, el porvenir lo haremos nosotros. Lo que hemos de estudiar preferentemente del pasado ha de ser lo que más y mejor aproveche para el presente y el porvenir. Hay que conocer los problemas nacionales, para tratar de resolverlos. Hemos de tomar los hechos mejores, evitando los que puedan servir de «piedra de escándalo». Finalmente, se elegirán biografías, actos y lugares, que, representados, «se contemplan y sienten y dejarán más en el alma que una serie interminable de nombres, fechas y lugares». Insiste en la utilidad de las biografías que, dice, «son bella e interesante manera de grabar y ampliar los conocimientos elementales de la Historia y de otros estudios…». Hay que explicar los hechos «con causas, efectos y enseñanzas morales y cívicas», ya que «historia que no educa, no es historia pedagógica».

La Aritmética es abordada por Manjón con espíritu práctico —según su costumbre— con vistas al resultado efectivo. «Pocas reglas y muchos problemas; poco de números abstractos y sus definiciones y todo cuando se pueda de números concretos aplicados a los usos de la vida del niño y sus probables aplicaciones». Debe enseñarse lo más intuitivamente posible, mediante ejemplos prácticos, que se vean y palpen. Ha de procurarse que los maestros «hagan lo que dicen o enseñan», valiéndose de objetos tales como «bolas… avellanas, nueces, naranjas, manzanas, queso o pan. Los pesos y medidas, se enseñarán también de un modo práctico, visible, tangible, ponderable, en suma». Por lo que se refiere a los problemas, ejercicios o cuentas, se deben hacer «y al final, dar la definición o regla de tal modo que los chicos mismos la vean y adivinen y aun formulen». «La aritmética —añade— es gimnasia de la razón y hay que enseñarla razonando», y no es buen maestro en que enseña números y cuentas «sin que los niños aprendan el porqué ni para qué de tales combinaciones de números». Dadas las características de vivezas de los españoles, estima que las matemáticas son «un medio pedagógico para contener la ligereza y viveza de la imaginación dentro de la razón y del juicio». Finalmente, los problemas deben recaer «sobre los hechos de la vida práctica» porque, en definitiva, «cuanta mayor aplicación tengan, será más grande el interés que despierten».

Es curioso (y esto lo exponemos por nuestra exclusiva cuenta, sin que, en modo alguno queramos hacer responsable de esta opinión al P. José Montero, de cuyos libros hacemos uso para el presente resumen de la didáctica manjoniana) que don Andrés dedique menor atención a la Geometría, en sí, que a otras disciplinas, menos «prácticas» que ella. Diríase que la incluye en sus planes de estudio por necesidad. E indica que esta materia «no debe pasar en la escuela de una iniciación» (Montero). Hace —análogamente a con la Aritmética— que la figura preceda a la definición. Se procurará siempre acudir a los ejemplos, utilizando, preferentemente, los objetos de la escuela, con los que ya están los niños familiarizados. Sin embargo, el P. Manjón, que siempre, certeramente, busca en todo más la educación que la instrucción, busca el fruto moral, normativo en esta como en las demás materias; y, con un sorprendente pero exactísimo símil, dice: «El maestro que educa utiliza la geometría para educar, no solo la inteligencia sino la voluntad, elevándose, verbigracia, de la línea recta que es la menor distancia entre dos puntos, a la rectitud, que es la línea de conducta que une la acción con el deber, al hombre con Dios».

Las Bellas Artes, como parte integrante de la educación, son consideradas necesarias por don Andrés. «La educación —escribe— debe desarrollar todos los gérmenes que Dios ha puesto en el educando; la educación debe ser artística para que sea integral o completa». El gusto artístico se advierte en todos los pueblos, en mayor grado cuanto más cultos son; «las mismas diversiones y placeres de los hombres dependen de su educación, siendo más nobles y dignos en los que más cultivado tienen el gusto de lo bello». (Cabría en esto —y volvemos ahora a hablar por nuestra cuenta exclusiva— objetar que hallamos en la Historia casos que parecen desmentir la aserción, tales como las épocas de decadencia viciosa en algunas civilizaciones: Babilonia, Grecia, Roma, la Italia renacentista, la Francia del Rey Sol etcétera. Parecen, decimos, porque no es así, en realidad. El uso y abuso de la palabra bonito nos ha hecho olvidar que es, ante todo, y por etimología, un diminutivo del calificativo bueno, es decir útil, provechoso. De donde, en sana lógica, se deduce que lo que no sea bueno, no merece la calificación de bonito). «El hombre es artista por naturaleza, pues le gusta lo bello, y el pedagogo deberá serlo, por ser el arte un poderoso medio de educación intelectual, moral y religiosa, y en general, de todos los sentimientos delicados». Y afirma, en otro pasaje: «Música, dibujo y poesía, con sus derivadas y contenidas, son tres bellas artes que debieran cultivarse en mayor o menor grado por todo hombre culto, y la escuela hallaría en ellas un recreo y el descanso de faenas más rudas». La música, el dibujo y la declamación son utilizados eficazmente por la didáctica manjoniana.

Los trabajos manuales son también objeto de preferente cuidado para el P. Manjón. Hay que enseñar a los niños «a hacer, a trabajar, a obrar». «Conviene hacer y seguir y utilizar la tendencia del niño a la acción, para favorecer la instrucción y la educación por ella». Existe «el deber de ejercitar y cultivar todas las fuerzas que Dios nos ha dado y residen en las manos y el cerebro; o, lo que es igual: unamos el trabajo manual al mental, la práctica a la teoría». De este modo, también, se prepara, insensiblemente, el camino para el aprendizaje de los oficios; pero habrá de evitarse el caer en el error de conceder importancia predominante a los trabajos manuales en la educación infantil.

Por último, quiere Manjón que el niño se familiarice con la Naturaleza, que conozca las rocas, las aguas, las plantas, los animales, que se inicie en los fenómenos de la física y la química; que vea cómo se cultivan los campos y se laborean las minas. Habrá de procurarse que el educando aprenda «con sus propios ojos» y, a ser posible, de un modo activo y directo. Se acudirá a los campos, a los museos, a los mapas, a los grabados y a los experimentos de laboratorio. La llamada Historia Natural, la anatomía, la fisiología, la agricultura, interesan a los niños, excitan su curiosidad, le divierten… lo que facilita su enseñanza.

La didáctica manjoniana tiene como Directriz constante educar al instruir, siempre y sea cual fuere la asignatura de que se trate.

Luis Hernández AlfonsoUna vocación pedagógica, o la vida y la obra de don Andrés Manjón,  Madrid 1961 (texto mecanografiado inédito), pp. 104-113.

La obra pedagógica del padre Manjón (VI).— Problemas arduos 

~ por rennichi59 en Martes 25 junio 2013.

4 comentarios to “La obra pedagógica del padre Manjón (V).— La didáctica manjoniana”

  1. Muchas gracias Pablo.  Leeré este documeto con cuidado y si me autorizas lo utilizaré con mis alumnos de Maestria en Educación.   Juan Carlos       

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    • Sabes, querido Juan Carlos, que puedes contar siempre con mi más amplia autorización para emplear estos textos de mi abuelo. Más que autorizar, agradezco que a través de su utilización por parte de pedagogos como tú sigan teniendo vigencia o, mejor dicho, al tratarse de una obra inédita, que empiecen a tenerla, más de medio siglo después de su concepción.
      Por todo eso, y por el interés con que nos sigues, muchas gracias y un fuerte abrazo desde España.

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  2. Buenas tardes, Pablo: Una maravilla de documentos, tanto el anterior como este y que nos haces el honor de deleitarnos con su lectura. Muchas gracias de corazón.
    Un abrazo.

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