La obra pedagógica del padre Manjón (VII).— El ideal pedagógico manjoniano

VII.— EL IDEAL PEDAGÓGICO MANJONIANO

Como colofón de este breve estudio de la obra pedagógica manjoniana, conviene transcribir aquí las bases o condiciones que el fundador señalaba para sus Escuelas. La enseñanza que se da en ellas ha de ser:

«A.— Higiénica y, a ser posible, rústica o campestre».

No quería, como ya hemos visto, colegios en el corazón de las ciudades. «La escuela debe ser como un sanatorio». Aire puro, sol, espacio donde los niños puedan correr y jugar libremente. Cerca de la población, puesto que los educandos han de ir y venir diariamente, pero no en ella. «No robéis a los niños el aire, el sol y el campo al que tienen derecho y que es la mitad de su vida».

Estas afirmaciones de don Andrés son irrebatibles. Por desgracia, el enorme desarrollo de las ciudades modernas constituye un obstáculo casi totalmente invencible para la práctica de esta norma. Ésta es aplicable en poblaciones poco extensas; en capitales como Madrid, Barcelona o Valencia, resulta de dificilísima aplicación. Lo más que cabe —y así se procura hacerlo— es dotar a las escuelas de amplios espacios libres, donde los niños puedan expansionarse y disfrutar, en lo posible, las ventajas campestres.

«B.— Infantil o juvenil, esto es, adaptada a la edad, gustos, necesidades y aptitudes del educando».

Nada de viejos de ocho a diez años, ni de aquella disciplina férrea cuyo único resultado es entristecer a los niños, cuando no convertirlos en hipócritas y solapados. Ir contra la risa y el juego en los niños es ir contra la Naturaleza y aun contra quien dictó sus leyes supremas.

Cuando el gran pedagogo establecía estas normas, era aún frecuente la enseñanza rigorista, implacable, que asemejaba las escuelas a prisiones para pequeñuelos. Por fortuna, la pedagogía práctica ha perdido aquel aire disciplinario y ordenancista que inspiraba miedo —e incluso terror— a los educandos. Hoy, por lo común, los niños ríen y juegan en los colegios; el maestro ha dejado de ser un ogro malhumorado e inexorable. Y, como consecuencia, los chiquillos ya no suelen llorar cuando los llevan a la escuela, sino cuando no los llevan.

«C.— Práctica, esto es, que se eduque haciendo lo que se enseña y enseñando lo que debe hacerse o practicarse en la vida».

La enseñanza puramente verbal y teórica no echa raíces en el alma de los educandos si no va acompañada —y mejor aún, precedida— del ejemplo, que por sí solo es de gran valor didáctico. La instrucción debe orientarse en sentido práctico, de modo que el niño no crea que lo que se le enseña es algo aparte y distinto de la realidad.

«D.— Humana, esto es, respetando, perfeccionando la naturaleza humana con todos sus derechos y deberes, facultades y destinos».

Reconocimiento de la personalidad del niño, desarrollo armónico y equilibrado de sus facultades; por este camino se va hacia el «perfeccionamiento, físico y moral» del hombre, objetivo de la educación.

«E.— Libre para elegir Maestro y Escuela, método y sistema, en vez de ser esclava de todo esto y, por añadidura, tocada de la impiedad, cuando el Estado monopoliza la enseñanza o no responde de lo que enseñan sus maestros».

Manjón —ya lo dijimos— no niega al Estado el derecho a exigir a sus ciudadanos que se eduquen e instruyan; pero defiende el derecho de éstos a escoger lugar, método y orientación para ello, libremente.

«F.— Española o patriota, para ir formando patria».

Refiérese esta condición, principalmente, a la improcedencia de implantar sistemas «mal traducidos» del extranjero; los cuales, si aplicados a los naturales de su país de origen pueden rendir provecho, trasplantados a otro pueblo de diferentes condiciones étnicas, temperamentales y de ambiente, suelen ser, no ya estériles, sino que resultan frecuentemente nocivos. No niega Manjón, a fuer de inteligente y de honrado, que haya métodos buenos en los sistemas pedagógicos elaborados allende nuestras fronteras; y buena prueba de ello es que adopta una parte de los de Pestalozzi y Fröebel… pero adaptándolos a las condiciones particulares, no solo del país sino incluso de la región y aun de la localidad.

«G.— Cristiana o para hombres cristianos, no para moros, judíos, ateos ni indiferentes».

No se olvide que estas condiciones se refieren a lo que deben ser las Escuelas del Ave María, basadas, desde su comienzo, en el sentido religioso de la enseñanza. Lógicamente, no puede interpretarse la frase transcrita como una negación para los judíos o los moros, del derecho a ser educados. Se contrae a la necesidad de que la escuela española sea fiel a la tradición cristiana de la pedagogía nacional.

«H.— Popular y democrática, en el buen sentido que dan los hombres de bien a esta palabra, esto es, para todos».

Todos los hombres tienen derecho a vivir «decorosamente», que es la aspiración cristiana; en consecuencia, todos sin distinción de clase, deben ser educados, especialmente los pobres que carecen de los medios de que disponen los mimados por la fortuna. Tan partidario fue de ese carácter popular de la enseñanza que ni siquiera en el Seminario de Maestros quiso establecer distinciones ni categorías. «No hay matrículas de distinguidos», decía.

«I.— Gratuita o de balde, sobre todo, tratándose del pobre».

Esta condición es natural consecuencia de la precedente y ya en lugar oportuno hemos expuesto las razones en que se apoyaba don Andrés Manjón para defender la gratuitidad de la enseñanza. En sus escuelas imperó esta norma.

«J.— Paternal por el amor, la confianza y la libertad, y por representar la autoridad de los padres».

Es un error creer que el respeto de los educandos solo se consigue por medios de severidad y temor. Se ha de aspirar a que hogar y escuela se complementen y continúen. Los niños han de considerar la escuela como su propia casa; y en ella los maestros ostentar la autoridad que tenga en su hogar un padre cariñoso, amante de sus hijos. Una libertad bien regulada, sin excesos ni defectos, hace que los educandos amen la escuela y se encuentren allí a gusto, sin temores, alegres; con lo que la obra educadora se hará mucho más fácil.

«No hay que confundir la firmeza con la dureza ni la testarudez. La firmeza, como hija de una inteligencia convencida y de una voluntad bien asesorada, es justa y bienhechora, prudente y humana; tiene en cuenta la flaqueza del niño y no le desespera imponiéndole cargas ni castigos superiores a sus fuerzas…»; «En conciliar la firmeza con la mansedumbre, el rigor con la suavidad y dulzura, está la prudencia y discreción del maestro» (El maestro mirando hacia dentro).

Por ello, en el mismo libro aconseja que el maestro recuerde siempre que «no es un domador de fieras, sino un formador de hombres que piden razón, justicia y buenos modos, y no desplantes, bravatas, golpes ni sustos y encogimientos debidos al miedo».

«K.— Común u ordinaria, por el personal docente y discente, por lo que se enseña y para lo que se enseña, por el procedimiento y por todo».

No hacen falta grandes sabios, que atesoren muchos conocimientos, para hacer eficaz una escuela; pero sí maestros que sepan enseñar y cuyo lenguaje esté al alcance de las inteligencias infantiles. Tampoco ha de cargar éstas con ideas abstrusas ni con estudios innecesarios o excesivamente complicados. Hay que educar para la vida normal; si, andando el tiempo, los educandos se hallan en disposición de adquirir conocimientos especiales, centros también especiales hay para que satisfagan ese deseo o necesidad.

Esta norma que comentamos es fundamental. Ha habido —y quedan aún— maestros «sabihondos», muy ufanos de su ciencia y que sin duda estimaban indigno de su «altura cultural» descender al lenguaje vulgar y corriente; o bien que atendían más a hacer alarde de sus conocimientos que a inculcar en sus discípulos las primeras enseñanzas. Esta misma tendencia podía observarse en algunos libros escolares, redactados en forma y con léxico fuera del alcance de los niños.

De poco servirá que el maestro domine el griego, el latín, el árabe, el hebreo, el cálculo infinitesimal, la metafísica etcétera, si resulta incapaz de enseñar las primeras letras y los conocimientos elementales a sus alumnos. Cierto educador, amigo nuestro, opinaba que, en no pequeña parte, se debía ello al cúmulo de conocimientos exigidos en las oposiciones, como medio de eliminar a los aspirantes. Reputaba pernicioso el sistema, pues, según él, «alcanzan puestos personas sabias en todo… menos en el arte de enseñar; y quedan sin plaza muchas, de menor cultura pero muy aptas para las tareas pedagógicas». Y acaso tuviera mucha razón.

«L.— Socialmente informada en el respeto y amor a la familia, la Patria, la Religión y la Humanidad, y de las bases en que éstas y otras sociedades honestas descansan».

Esta norma define, realmente, lo que es o debe ser la escuela cristiana forjadora de «hombres y mujeres cabales», «en condiciones de emplear sus fuerzas espirituales y corporales en bien propio y de sus semejantes». Si esta base es apetecible para la enseñanza en todos los lugares y tiempos, lo es principalmente en países y épocas en los que dominen la incultura, el atraso, la miseria —con su inevitable secuela de relajación moral— y el abandono. En tales circunstancias —que, lamentablemente, eran innegables en toda España, hace años… y aún lo son en algunos sitios, por desgracia— la obra de una escuela asentada en esos principios, es regeneradora y de inmenso valor social.

«Ll.— Coeducadora, cooperando con los demás educadores en la acción compleja y una de hacer hombres, y no deshacerlos, perturbarlos ni perderlos».

Las escuelas cumplen, indudablemente, este deber. Mas, triste es haber de confesarlo, no existe reciprocidad por parte de los demás agentes que contribuyen —o deben contribuir— a la educación de los niños. Como ya dijimos, páginas atrás, suele acontecer que la honrada labor pedagógica del maestro sea anulada en la calle y aun en el propio hogar. Es verdaderamente asombrosa la despreocupación de gentes que, aun siendo amantes de la infancia, no se recatan de darle malos ejemplos, causando con su conducta censurable un daño de cuya magnitud acaso no tengan la menor idea. Es de esperar que, conforme las generaciones se sucedan, el mal disminuya, merced a los progresos en la educación social; y el ambiente extraescolar en que se muevan los niños vaya mejorando hasta llegar a ser verdaderamente coeducador.

Mientras el ambiente no mejore, sus perniciosas influencias frustrarán, en gran parte, cualquier labor educadora, por bien orientada y fervorosa que fuere. La terrible plaga que suele denominarse «gamberrismo» se inicia en la infancia; y es fruto del mal ejemplo de los adultos; de la mal entendida indulgencia de los padres y de su cómoda y culpable negligencia; y de la inhibición —también negligente y cómoda, cuando no aquiescente y alentadora— de la generalidad de las gentes.

Como siempre que se extreman las cosas, un rigor excesivo y una disciplina férrea y autoritaria producen, por reacción, el mismo efecto que la despreocupación absoluta y la benevolencia ilimitada. Si se sujeta, oprime y tiraniza al niño, impidiéndole hacer muchas cosas propias de su edad y no censurables en sí, se provoca en él una rebeldía, cuyos límites y cuya intensidad no sabe ni puede medir, como tampoco está a su alcance discriminar cuando es lógica y razonable o no lo es. El niño se rebela contra todo cuanto frena sus impulsos o se opone a sus deseos, convirtiéndole en un ser incorregible.

He ahí las condiciones señaladas para la «enseñanza educadora» en las Escuelas Avemarianas por don Andrés Manjón, brevemente comentadas por nosotros, ignoramos si acertadamente. Sobre tales bases se viene desarrollando durante bastante más de medio siglo, la pedagogía manjoniana, con frutos que acreditan la bondad del sistema y lo afortunado de su orientación.

Por esas normas se ha regido a lo largo de más de catorce lustros esa Fundación que ha adquirido tan extraordinario desarrollo y que nació, en 1888, en una miserable cueva situada sobre el camino del Sacro-Monte y que pagaba de alquiler cuatro pesetas con cincuenta céntimos mensuales…

Luis Hernández AlfonsoUna vocación pedagógica, o la vida y la obra de don Andrés Manjón,  Madrid 1961 (texto mecanografiado inédito), pp. 119-124.

Para compartir este texto:

~ por rennichi59 en Sábado 10 agosto 2013.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: