La piedra en el lago

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La juventud había emprendido otros derroteros. A la juventud apasionada, luchadora, romántica, saturada de impulsos renovadores y de acometividad, sucedió otra, fría, escéptica, calculadora, estática, con las arrugas de la senilidad en la fortaleza de los años mozos. Consecuencia de este fenómeno, que como todo en la Naturaleza y en la vida tiene sus excepciones, fué que la juventud se desentendiera de la vida pública.

Antes los jóvenes sentían la política, la necesidad de cooperar al engrandecimiento de la Nación, de anudar los hilos que solidarizan a la Humanidad, de sentirse ciudadanos de pensamiento libre, de conciencia libre, de acción libre para el derribo indispensable a la expansión y al progreso humano, y ese estado espiritual engendraba un espíritu de sacrificio, un sentimiento altruista que plasmaba en hondas convicciones democráticas. Para el hombre joven de su tiempo estas convicciones eran savia y oxígeno…

Después la juventud, confundiendo la religión y la política en una amalgama absurda, ya que no se debe mezclar lo divino y lo humano, se hizo reaccionaria y puso de moda la cofradía… Fué recortándose las alas. Más tarde de la cofradía saltó al Stadium en un retorno integral a lo humano en su expresión tosca o grosera. Y ha puesto de moda la pelota. Es como un río caudaloso que tuerce su corriente para no fecundar ya las tierras fértiles. La pelota ha vencido al libro. El púgil al mártir. Y la idea, la obra pura del cerebro, ha cristalizado, se ha inmovilizado en el músculo, haciendo la equivocada teoría de la fuerza física como suprema aspiración del hombre.

Otra consecuencia de tales promesas es la preponderancia de la Fuerza sobre el Derecho elevando aquella al rango primordial en la gobernación de las naciones, con menoscabo de la Libertad, cuyo concepto se bastardea en una definición tan elástica que todas las escuelas utilizan. El dominio de la fuerza ha paralizado las energías ciudadanas, y la juventud, llamada a agitarlas, se sometió también a una teoría que se identifica con la suya de exaltación de la victoria física. La juventud, sometida, engrosó el rebaño; y la rebeldía de la mocedad quedó como una remembranza de otras generaciones que la actual desdeña o vitupera por su romanticismo.

Paralizadas las corrientes, se formó el lago espiritual silencioso, de aguas estancadas, de aguas dormidas. Pero en el lago ha caído una piedra… Las aguas se agitan levemente, describen círculos concéntricos que se dilatan cada vez más perceptibles… La superficie lisa y quieta de la mocedad, se riza en ondas de creciente relieve. La juventud despierta. Hace algún tiempo que se advierte un rumor de agitación en la Universidad, en las Academias, en la Prensa. Es un rumor inicial pero henchido de voluntad. Como todas las iniciaciones adolece de falta de concreción, de líneas bien marcadas en cuanto a lo particular y de trazos bien definidos en cuanto a lo fundamental y común. Los muchachos se sienten agitados por el dinamismo de otras épocas y las antiguas ideologías inmutables, renovadas por los tiempos nuevos encarnan en organizaciones diversas pero abrazadas en la raíz vital de una fuerte orientación de extrema democracia.

Los grandes periódicos refrescan sus columnas abriendo secciones dedicadas a este movimiento liberal y renovador de la juventud de vanguardia y empiezan a fundarse periódicos por jóvenes escritos y sostenidos como demostración de que la juventud conoce otros caminos que el del Stadium. Los ideales eclipsados, reaparecen. Entre otros, por sus características especiales, hemos de citar dos: EL PRESIDENCIALISTA, que muestra a un núcleo de jóvenes no sólo dispuesto a luchar si[no] que preocupado por las formas a que se ajustarán las futuras organizaciones; y Juventud, que reúne en un haz apellidos gloriosos de la antigua prensa y de la intelectualidad en pleno vigor y en pleno triunfo y que da la impresión consoladora de que contra las añosas encinas nada podrá la escéptica podadora del tiempo que pasa.

Son ejemplos que deben imitarse. Los compañeros de estos jóvenes lanzados a la acción para mantener los prestigios históricos de la juventud española, deben encontrar un eco de simpatía entre la gente moza para alentarlos e imitarles, y entre la gente vieja para darles el calor de su experiencia, de su consejo y de su dirección espiritual.

La piedra ha caído en la lago… Las ranas, asustadas, empiezan a saltar y croan. Las aguas se estremecen. El silencio se turba. Ya era hora. A los que mantenemos la vieja fe en la Libertad y estamos convencidos de que de ella es el triunfo definitivo por simbolizar la realización de la Justicia social, el desperezar de los durmientes no nos extraña. Cuando sobreviene un eclipse, aunque sea tan largo como el que ha inutilizado la lozanía de varias generaciones, no nos desesperanzamos. Estamos seguros de que la nube se disipará. Las inversiones de los hechos naturales, son también eclipses. Una inversión es la juventud estática y escéptica ante las ideas. La juventud se rige por una ley de gravedad. Por muy poderoso que sea el impulso que lance la piedra, no logrará que ésta permanezca en el aire indefinidamente. Por muy vigoroso que sea el fenómeno que desvió a la juventud arrebatándola sus prerrogativas inherentes y consustanciales, no habrá de someterla eternamente a su dominio. La indiferencia, era el fenómeno que la vencía. Ya la indiferencia se colora de actividad. La ley de gravedad triunfa…

Aunque este esfuerzo tan noble y tan marcado fracase y a él se sobrepusiese el hábito del egoísmo, poco importaría: otros esfuerzos sucesivos habrían de venir. Pero es conveniente que el esfuerzo no se malogre. El movimiento que se aboceta en el campo dilatado de la juventud estudiosa, está muy generalizado. De Madrid parte la iniciativa. Debe repercutir en toda España. Los estudiantes se dispersan de las capitales a los pueblos. La vacación estival, hora de descanso, ha de ser aprovechada por los jóvenes para medir su responsabilidad ciudadana y organizar su acción cuando llegue el momento de reanudar la vida escolar en la que palpitan los gérmenes del porvenir.

Darío Pérez

«El Presidencialista», n.º 8  (agosto de 1928)

~ por rennichi59 en Martes 13 agosto 2013.

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