Nuestro deber

ISTA_8_Nuestro deber

Una vez más hemos de aludir al fracaso de la primera república española porque conviene mucho señalar las circunstancias en que ocurrió y las causas que lo determinaron. Así lo exige nuestra leal y firme adhesión a la forma de gobierno republicana y la necesidad en que nos hallamos cuantos militamos en las filas del liberalismo, de defender nuestro ideal contra los ataques sofísticos de los que, con no muy buena fe quieren unir indisolublemente la república con los defectos que en su realización práctica tuvo entonces. De tal manera se ha llegado a embaucar a los incautos haciéndoles creer que en España decir República es decir «caos, desorden, fracaso». Y eso es ya intolerable.

Nuestro compañero y amigo Felipe Ibáñez Kábana, en sus artículos publicados en los números 4.º y 5.º de EL PRESIDENCIALISTA, hizo un atinado examen de tan importantes extremos, señalando que el superparlamentarismo que saturó aquel ensayo democrático fué la causa de su caída rápida y turbulenta.

Pues bien: aquellas manifestaciones de nuestro correligionario acaso parecieran parciales a quienes no hayan profundizado en el estudio de la época y, por ende, fuesen a sus ojos una afirmación gratuita e interesada. Pero he aquí que desde las columnas de un diario madrileño nada sospechoso, el A B C, el ilustre escritor Augusto Martínez Olmedilla expone los hechos con imparcialidad que le honra, y en su trabajo concienzudo y documentado indica como causa determinante del golpe de Estado de enero de 1874 («la paviada») la incompatibilidad de un gobierno enérgico con un Parlamento cuya misión principal parecía ser la de poner dificultades a la obra ejecutiva, dentro de un régimen que, a fuerza de querer ser democrático, carecía de todas las garantías necesarias para su buena marcha.

Entonces no se vislumbraban apenas otros sistemas que el dictatorial o el parlamentarista extremado. En la alternativa, Castelar prefirió hundirse él con la República. ¡Lástima grande!

No; no fué la República lo que fracasó: fué ese absurdo superparlamentarismo el que dió en tierra con la obra de tantos grandes hombres. Luego si queremos que no fracase cuando de manera (por suerte) inevitable vuelva a nuestra patria, fuerza será que abandonemos aquellas falsas garantías para dotarla de eficacia en lo ejecutivo sin perjuicio de que tanto en este orden como en el legislativo, el régimen lleve el insustituíble marchamo de una Democracia «de hecho», no solo de nombre, como lamentablemente ocurre en Francia.

Basta ya de lugares comunes y de tópicos vulgares, tan falsos como deslumbradores de incautos. No es Gobierno más democrático el más débil, aquel cuya vida está pendiente, no ya de la voluntad del pueblo, sino del capricho obstruccionista de una minoría descontentadiza o de una mayoría hija del atropello de los derechos ciudadanos y de la mixtificación de la misma voluntad popular cuya representación se arroga gratuitamente. Los escándalos parlamentarios no son el índice de la libertad de un pueblo; las crisis no son jalones del progreso de una nación. Son simplemente el síntoma de una gravísima dolencia del Estado, reveladores de un fondo en el que las malas pasiones, la concupiscencia, la tiranía y los bajos intereses medran y viven en un medio favorable a su desarrollo.

Un sistema de gobierno que permite y ampara tan lastimosas lacras, dista mucho de ser el régimen ideal que sus defensores nos pretenden presentar. Si todos los hombres fueran buenos, cualquier forma de gobierno sería aceptable e incluso habría que opinar como los anarquistas que no es necesario el Estado. Porque los hombres no suelen ser buenos, es por lo que hay leyes que les impiden ser malos. Todo lo demás es ganas de perder el tiempo con frases muy bonitas quizás, pero que causan un terrible daño a los propios ideales que quieren defender.

Somos republicanos por convencimiento y en toda nuestra actuación nadie podrá advertir una sombra de decaimiento ni de duda; firmes en nuestra senda, hemos luchado, luchamos y lucharemos por la instauración de una república presidencial que a nuestro juicio, reúne las garantías de democracia y eficacia y que permite, de manera normal, sin desórdenes, escándalos, crisis ni otras perturbaciones, el ejercicio continuado de los derechos ciudadanos y el cumplimiento sin violencias ni coacciones de los deberes que todo hombre tiene para con la colectividad en cuyo seno y a cuyo amparo vive y progresa.

Luis Hernández Alfonso

«El Presidencialista», n.º 8 (agosto de 1928)

~ por rennichi59 en Domingo 18 agosto 2013.

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