Los Estados diminutos

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Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de octubre de 1933 en el diario madrileño de la República «Luz». Texto, titular y figuras proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. Este mismo artículo se volvió a publicar unos días después, el 27 de octubre de 1933, en el diario republicano pontevedrés «El País», cuya señalación debemos a la  amabilidad y competencia de D. Eliseo Fernández Fernández, presidente del Ateneo Ferrolán, a quien va toda nuestra gratitud.

Los acontecimientos de Andorra pusieron hace poco sobre el tapete las curiosas circunstancias en que se desenvuelve la vida en la simpática República pirenaica, uno de los más pequeños Estados de Europa, con sus 452 kilómetros cuadrados y sus 10.000 habitantes. Y es el caso que en nuestro continente existen otros aún más pequeños: tales son el Principado de Mónaco, las Repúblicas de San Marino y Tovolazzo y el Principado de Liechtenstein.

En Mónaco, donde se alza Montecarlo, con su aureola trágica, metrópoli europea del azar, también hubo no hace mucho tiempo convulsiones políticas. Los monegascos, cuyo número excede apenas de 600 entre los 19.000 seres humanos que habitan los 21 kilómetros cuadrados que comprenden sus límites, son los únicos que no pueden jugar en el Gran Casino; la ley se lo prohíbe. Los cargos públicos son los del templo del juego, y su distribución, que los naturales hallan injusta, dió lugar a las mencionadas convulsiones.

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Curiosa, por múltiples causas, es la República de San Marino, pequeña nación de 61 kilómetros cuadrados, enclavada en una rama de los Apeninos, entre las provincias italianas de Forlí y Pésaro-Urbino, o, más concretamente, entre las ciudades de Urbino y Rímini. Dice la tradición (que los indígenas conservan celosamente) que un cantero de la costa dálmata llamado Marino, harto de sufrir vejaciones por sus creencias cristianas (no obstante correr a la sazón el siglo IV de nuestra Era), decidió establecerse en el monte Titán o Titano, elevación de 743 metros sobre el nivel del mar. Hízolo así, y vivió en la comarca, piadosa y ejemplarmente, hasta su fallecimiento, ocurrido en el año 336. Sus discípulos y admiradores fundaron una especie de hermandad o cofradía y dieron al país el nombre del santo varón.

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Desde entonces acá el minúsculo Estado ha sufrido numerosas vicisitudes, de todas las cuales ha salido triunfante merced a su arraigado amor a la libertad. Hubo éste de luchar contra los obispos de Montefeltro y de Rímini; el Papa necesitó protegerlo declarando en 1291 su derecho a la independencia. Napoleón la respetó, calificándola de «modelo de República».

El terreno es muy pintoresco. Se alzan en él tres montes coronados por sendos castillos, el principal de los cuales (el de la Rocca) sobre el pico del Titano, se puede admirar en la fotografía que ilustra estas líneas. La capitalidad de la República se halla extablecida en la pequeña ciudad de San Marino, cuya población es de 2.000 habitantes. Existen otros núcleos: el Borgo Maggiore (800 habitantes) y las parroquias de Serravalle, Faetano, Fiorentino, Acquaviva, San Giovanni, Chiesanuova y Montegiardino. El total de habitantes del Estado es, según los últimos datos, de 12.900.

Como ocurre en estos minúsculos países, la organización política es curiosa y complicada. Gobiernan la República dos «Capitanes Regentes», nombrados, para seis meses, por el Consejo general, que consta de sesenta miembros y es elegido por el pueblo para nueve años. Dicho Consejo nombra también de entre sus componentes a doce individuos, que han de constituir, renovándose por terceras partes cada tres años, cuatro Congresos: el Económico, el Legislativo, el de Estudios y el Militar.

El país no es rico; su industria (agrícola y ganadera, amén de las canteras, de las que se extrae buena piedra para construcciones) es de poca importancia, y ello hace que temporalmente hayan de emigrar no pocos naturales.

Más extraña es otra República, cuya existencia ignoran incluso personas de vasta cultura: la de Tovolazzo, isla cercana a Córcega, de ocho kilómetros de largo por tres de ancho, habitada por 200 pescadores, y que se rige de manera análoga, disfrutando de completa independencia. Su origen es medieval, y ni Italia ni Francia han intentado anexionarse la isla.

Hemos de referirnos aún a otro pequeño Estado: el Principado de Liechtenstein, situado en la vertiente occidental de los Alpes, entre Suizas y Austria. Comprende un territorio de 159 kilómetros cuadrados, con 10.213 habitantes, y se rige por la Constitución de Octubre de 1921. Hasta la revolución alemana y la desmembración del Imperio austrohúngaro estuvo mediatizado por Austria, cuyos Tribunales superiores entendían de las causas graves originarias de Liechtenstein; pero desde hace tiempo ha ingresado en la Unión Aduanera Suiza y ha adoptado su moneda, sin que esto signifique, de ningún modo, que haya hecho renuncia de su independencia.

Naciones como Andorra, San Marino, Tovolazzo y Liechtenstein tienen en su misma debilidad, en su insignificancia, la más eficaz arma defensora de su independencia. No constituyen amenaza para ninguna potencia; son como las hormigas, que no molestan al león, rey de los bosques.

Luis Hernández Alfonso

~ por rennichi59 en Sábado 27 diciembre 2014.

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