Un año de República

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 29 de abril de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Ha hecho un año. El pueblo de Madrid, ese sufrido pueblo que dejó escapar el corazón por la boca en gritos entusiastas el 14 de Abril de 1931, contempló los festejos conmemorativos de la jornada feliz, si no con indiferencia, sí un poco preocupado. El panorama nacional le inquieta; la terrible crisis económica vela y entristece los semblantes. Madrid, la ciudad que tiene resignación para sus desventuras y una frase ingeniosa para exponer eufónicamente cada una de sus tribulaciones, al recordar aquella tarde magnífica piensa en el porvenir y aplaza la explosión de su alegría en espera de que el horizonte se aclare y sus risas no tengan réplica de lágrimas.

Su optimismo inquebrantable le hace confiar siempre; el incumplimiento de no pocos puntos del programa revolucionario merece un «es pronto todavía». Y no es así; no es pronto… Acaso va siendo tarde. En los cambios de régimen la prudencia aconseja adoptar las grandes resoluciones en los primeros momentos, cuando los últimos baluartes de los vencidos acaban de caer entre nubes de polvo y exclamaciones entusiastas, antes de que el enemigo, repuesto de su descalabro, vuelva a parapetarse en sus tradicionales reductos.

Derribado un régimen, sus partidarios lo temen todo; y a quien cree próxima su muerte, la expulsión o la cárcel le parecen sanciones benignas; son «el mal menor» de cuantos pudieran sobrevenirle. Mas si en el comienzo los vencedores cambian la espada por la rama de olivo, la severidad por la indulgencia, la justicia serena por el perdón magnánimo, los vencidos —que no suelen agradecer la nobleza de los adversarios e incluso la niegan— atribuyen a temor lo que es simplemente generosidad. No debemos indignarnos por ello; es ley humana que se cumple en todas las contiendas y en cualesquiera lugar y tiempo; ley que, por lo evidente de sus efectos, no deben olvidar jamás los caudillos revolucionarios.

La República no puede cerrar sus puertas a quienes acaten sus leyes: Indiscutible. Un régimen de libertad y democracia no cumpliría sus fines, ni respetaría los principios en que se basa, proscribiendo a los adversarios arrepentidos. Pero tampoco se respeta a sí misma permitiendo que esos ex enemigos la definan y se erijan en curadores suyos, ni pactando transacciones, cuando aquéllos se rindieron incondicionalmente porque no podían resistir más.

Vemos por doquiera antiguos monárquicos expidiendo patentes de republicanismo, encaramados en las alturas y mirando con paternal conmiseración a quienes lucharon siempre en las antes poco nutridas filas republicanas. No aludimos a nadie concretamente; hay políticos que honradamente creyeron compatibles libertad y monarquía, y que tan pronto como vieron su error, lealmente, sin pensar en su particular provecho, vinieron a nuestro campo con bandera desplegada, públicamente… Mas… ¿y los que fueron monárquicos hasta las cinco de la tarde del 14 de Abril de 1931? ¿Y los que, amparados por la censura, protegidos por la fuerza pública, nos difamaron cobardemente y nos lanzaron al rostro insultos que no podíamos castigar?

Madrid, que por su calidad de centro oficial de España ve esto más de cerca que ningún otro pueblo de la nación, contempló los festejos con algún escepticismo. El Parlamento ha trabajado mucho; sin embargo, tal vez menor tarea, dedicada a problemas de más urgente solución, nos hubiera permitido conmemorar con mayor alegría la fecha gloriosa. Urgente era aprobar una Constitución; tanto como ella urgían medidas que resolvieran los conflictos sociales. Cuando en un pueblo hay millares de familias sin pan, más necesario es darles de comer que decirles que son libres, máxime cuando nadie lo es, aunque las leyes afirmen lo contrario, mientras su vida esté a merced de la voluntad ajena.

La reforma agraria, las obras públicas (en las que, a nuestro juicio, cualquier economía es, en las actuales circunstancias, una insigne torpeza o una lamentable equivocación), los Estatutos regionales (algo así como un arca de siete llaves sin nada dentro)…, múltiples cuestiones análogas que aún esperan ser resueltas, nos parecen infinitamente más trascendentales y urgentes que, por ejemplo, la secularización de cementerios.

Nada hay que desencadene más protestas que los ataques a intereses particulares, privilegiados —es decir, consagrados injustamente— por tiranías seculares y odiosas. Al ocurrir el cambio de régimen, la adopción de medidas radicalísimas hubiera sido apoyada por la actividad revolucionada del pueblo enardecido. Cualquier resistencia habría sido vencida inmediatamente. Ahora, un año después —no todos los años valen lo mismo en la vida de los pueblos—, el nuevo régimen habrá de luchar con sus enemigos de antaño (que han tenido tiempo y tranquilidad para reorganizarse), más con los nuevos, sin que pueda confiar mucho en esos flamantes amigos, sempiternos incondicionales de los vencedores. ¿Qué sucederá?

*

Con ansiedad y emoción escribimos hoy estas líneas. Todas cuantas trazó nuestra pluma fueron para defender los principios de Libertad, Democracia y Justicia social. Limpia, si humilde, es nuestra historia. Cuando, hace un año, en las calles de esta hidalga ciudad vitoreábamos a la República, gritábamos en favor de un régimen de equidad, sin privilegios y sin miseria…

Como Madrid, hemos contemplado los festejos con melancolía. Y como Madrid, como España entera, acariciamos la bendita esperanza de que nuestro sueño será pronto realidad.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Martes 3 mayo 2011.

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